La comunidad ideal según los sumarios de Hch

Saludos, amigos. Continuamos con nuestro taller de Hechos. En el libro de los de los Hch se nos presentan tres resúmenes o sumario bien interesantes que nos hablan de las primeras comunidades. O bien reflejan el modo en que vivían, o bien el ideal que Lc plasmó como modelo para las comunidades venideras. Éstos están en 2,42-47, en 4,32-35 y en 5,12-16.

Iremos leyendo y analizando cada uno de los tres y sacando conclusiones que nos sean válidas para nuestras actuales comunidades.

1.     Primer sumario (2,42-47)

42

Es un versículo breve pero muy concentrado en cuanto a contenido. Describe la comunidad cristiana de Jerusalén con cuatro elementos: a) su adhesión a la «enseñanza de los apóstoles», b) «la forma de vida en común», c) «la fracción del pan» y d) «las oraciones».

1.1. LA ENSEÑANZA DE LOS APÓSTOLES

Los primeros discípulos y discípulas se aferraban fuertemente a la enseñanza de los apóstoles. Hay que distinguir tres términos: ‘didajé’ (enseñanza), ‘kerigma’ (anuncio de la muerte y resurrección de Jesús) y ‘katequeshis’ (la instrucción que se daba a los catecúmenos). La enseñanza (‘didajé’) es la base de la doctrina cristiana, edificada sobre la palabra y persona de Jesús y sobre la instrucción de los apóstoles. Era aquél conjunto de dichos y hechos de Jesús que enseñaban los discípulos, como testigos acreditados que eran. Sus testimonios daban seguridad de la veracidad del contenido anuncio de la Buena Noticia. Pensemos que, históricamente, aún no existía ninguno de los escritos del N. T. Las fuentes del mensaje estaban en los apóstoles y discípulos, testigos oculares de Jesús, desde el bautismo de Juan hasta la ascensión del Señor (Hch 1,21-22). Así pues, escuchar la enseñanza de los apóstoles era conectar con el mismo Señor Jesús, del cual habían recibido el poder del Espíritu Santo y la misión de anunciar el mensaje mediante el testimonio (Hch 1,8).

1.2. LA FORMA DE VIDA EN COMÚN

El término griego empleado para expresar esta realidad es la de ‘koinonía’, «comunión, (común-unión), fraternidad, alianza». Este término se usaba mucho en el mundo griego contemporáneo para describir varias relaciones íntimas entre personas, así como la forma de vida en común vivida por los seguidores de Pitágoras.

Nos hace recordar la vida del grupo de discípulos y discípulas durante la vida terrena de Jesús. No cabe duda, que la comunidad de después de la resurrección sigue el estilo de vida que ya marcara el Maestro durante su vida pública por los caminos de Galilea, Samaria y Judea. Por tanto, no se trata de un modo nuevo de vida provocado después de los acontecimientos pascuales, sino que simplemente, los discípulos siguen el modelo comunitario marcado por el mismo Jesús, pero esta vez fortalecidos y guiados por el Espíritu Santo.

1.3. LA FRACCIÓN DEL PAN

Esta expresión ya la había empleado Lucas en la primera parte de su obra, en el evangelio (Lc 24,30.35). Se trata de una fórmula abstracta que se convierte en la forma usual que Lucas tiene para referirse a la celebración eucarística entre los primeros cristianos.

Esta acción no se refiere al rito inicial de una comida judía en que el padre de familia cogía pan, daba gracias a Dios con una oración de bendición y lo repartía entre los miembros de su familia. Se refiere a la comida entera. Tampoco ha de entenderse simplemente como una comida de hermandad (ágape), ni una comida ordinaria. Sino que más bien parece que es el modo en que Lucas se refiere a la celebración de la Cena del Señor. Esta misma expresión la usará Pablo en 1Cor 10,16.

  1. LAS ORACIONES

Posiblemente se refiera a las oraciones que se hacían en el Templo de Jerusalén, en concreto las de la mañana y las de la tarde que acompañaban los sacrificios rituales. Pero también podría estarse refiriendo a oraciones específicas de los primeros cristianos. Estas oraciones eran expresión de la comunión con Dios, elemento importante de todo discípulo.

Es importante subrayar las primeras palabras del v. 42: «perseveraban asiduamente» indicando la tenacidad y constancia de la comunidad en estas actitudes descritas anteriormente. Así pues, podemos decir que era un grupo permanente, constante y perseverante.

2, 43 “Y toda alma es entrada en temor; y se obraban muchos prodigios y señales por medio de los apóstoles en Jerusalén; y un gran temor sobrecogía a todos”.

Este versículo muestra un hecho algo desconcertante: el sentimiento de temor a causa de los prodigios y señales que se hacían por medio de los apóstoles. No se trata tanto de un miedo servil, sino más bien de un temor reverencial. Se trata de una reacción común descrita en muchos pasajes de la Escritura como respuesta a algo que pertenece a la esfera de lo divino, ante la manifestación misma de lo divino. Se trata, pues, de una especie de mezcla entre temor y admiración.

Ya el apóstol Pedro, en el discurso que dirige a los congregados por el estruendo de Pentecostés, les habló de cómo Dios acreditó a Jesús con milagros, prodigios y señales (Hch 2,22). Así pues, parece que es ahora la comunidad la que es acreditada del mismo modo, como continuadora de la misión de Jesús.

Lucas quiere subrayar, pues, la continuidad de la acción de Jesús con la acción de sus apóstoles. Jesús seguirá actuando por medio de ellos.

44 “Y todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas en común”

Todos los creyentes viven unidos y tenían todas las cosas en común. Una vez más recuerda al grupo de los discípulos y discípulas que siguieron al Maestro durante su vida terrena. De hecho, Judas, era el que llevaba la bolsa (la economía del grupo). No estamos ante nada nuevo, pero llama la atención el hecho de que el Espíritu de Jesús sigue impulsando a la comunidad a vivir del mismo modo que si estuviera Él presente físicamente.

45 “Y vendían las posesiones y los bienes, y las repartían entre todos, según que cada cual tenía necesidad”

No se especifica si era obligatorio para entrar en el grupo o si era voluntario, según el espíritu de generosidad de cada uno.

46 “Y día por día, asiduos en asistir unánimes al templo y, partiendo el pan en sus casas, tomaban el sustento con regocijo y sencillez de corazón”,

La mayoría de los cristianos de esta época eran procedentes del judaísmo. Aún  no se había dado la separación ‘oficial’ entre ellos. Así, pues, continuaban siendo judíos piadosos. Seguían acudiendo a diario al Templo de Jerusalén a las horas de oración y de los sacrificios (recordemos a Pedro y Juan en Hch 3,1).

De nuevo aparece la ‘fracción del pan’ que se refiere con mucha seguridad a la Eucaristía. Y después habla de tomar el sustento cotidiano o la comida, como hicieran tantas veces con el Maestro, con alegría y sencillez de corazón.

47 “alabando a Dios y hallando favor cabe todo el pueblo. Y el Señor iba diariamente agregando y reuniendo a los que se salvaban”

La alabanza a Dios se da no sólo en el templo, sino como una actitud que abarca todos los acontecimientos de la vida, como es el momento de la comida.

La armonía no sólo se da en el interior de la comunidad sino que es vista desde fuera y es causa de reconocimiento, respeto y estima de la gente.

Interesante es ver cómo el sumario cierra con la acción de Cristo resucitado. Él mismo en persona es el que va congregando a los salvados. Como dando a entender que, en el fondo de todas estas características de la comunidad se halla el mismo espíritu de Jesús.

2.     Segundo sumario (4,32-35)

Este resumen viene escrito después de que Pedro y Juan curasen en nombre de Jesús a un cojo de nacimiento en la puerta Hermosa del Templo. Pedro dice un discurso a todos los que han presenciado el milagro y el sanedrín manda sus soldados para apresarles e interrogarles. Pedro, lleno del Espíritu Santo, se defiende admirablemente ante el tribunal religioso. Después, la comunidad entorno a Pedro, unida por un mismo sentimiento, eleva una preciosa oración, produciéndose al final de la misma un nuevo Pentecostés.

En este sumario, Lucas presenta a la comunidad cristiana principalmente desde el punto de vista de la posesión en común de los bienes materiales. Entre medias, habría interpolado el v.33 que habla del testimonio sobre Cristo resucitado. Sigue sin quedar del todo claro si la posesión en común implicaba a dar los bienes voluntaria u obligatoriamente.

32 “La multitud de los que creyeron tenían un solo corazón y una sola alma, y ninguno decía ser propia suya cosa alguna de las que poseía, sino que para ellos todo era común”

Describe con poderosa fuerza la profunda unidad de la comunidad. “Todos a una”. Ya antes se ha manifestado dicha unidad en la oración (4,24). Es una unidad que nace de la fuerza del Espíritu y no de un esfuerzo de los miembros de dicha comunidad. Dicha unidad nace espontáneamente. Los discípulos y discípulas están aún viviendo una especie de luna de miel y se sienten llenos de la fuerza del Espíritu que les hace ser uno.

Lucas vuelve a presentarnos la comunión de bienes. No sólo se trata de una unión espiritual sino también material, tal y como aprendieron a vivirlo desde la estrecha convivencia con el Maestro durante su vida terrena.

33 “y con gran fortaleza daban los apóstoles el testimonio que se les había confiado de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos ellos de una grande gracia”.

Un aspecto importante de la comunidad es el del testimonio (‘marítyrion’). Parece reconectar con Hch 1,8 donde Jesús, antes de ascender encomienda al corazón de la comunidad el ser sus testigos hasta los confines del mundo, prometiéndoles la fuerza del Espíritu Santo que recibirían en Pentecostés.

Ellos habían experimentado la convivencia con Jesús resucitado durante cuarenta días. Esta experiencia, alentada por el Espíritu Santo, se convertiría en el motor del testimonio hasta el fin del mundo.

V.34-35 “Porque tampoco había entre ellos necesitado alguno; pues cuantos había propietarios de campos o casa, vendiéndolo, traían el producto de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía, dando a cada cual según uno tenía necesidad”

Esta era una señal del despojo de los bienes materiales y del sacrificio que los primeros cristianos hacían unos por los otros en la ‘koinonía’ (comunión); era también una señal de su unanimidad (una ánima) y unidad de mente con los demás hermanos y hermanas cristianos.

Insistimos en que esto no quiere decir que todos daban sus posesiones o que ésta era una práctica universal.

Por otro lado, vemos cómo en estos inicios de la comunidad, los apóstoles eran los administradores de la comunidad y también, en los casos de más necesidad, los que distribuían la limosna. También se deduce de este versículo que la necesidad no era igual para todos; pero tampoco se especifica en qué consistía esa necesidad. [Ya en el grupo de los seguidores del Jesús ‘terrestre’ de veía como se iban añadiendo al grupo de discípulos y discípulas, gentes de distintas condiciones, también gente más pudiente].

Son interesantes los dos ejemplos de conducta dentro de la comunidad que se exponen a continuación: el de José apodado Bernabé (Hch 4,36-37), como ejemplo positivo, y el de Ananías y Sáfira (Hch 5,1-11), como ejemplo negativo. Bernabé sacrificará la posesión de su campo en aras de la comunión, de la comunidad. Sin embargo, Ananías y Sáfira lo harán con engaño ni más ni menos que al mismísimo Espíritu Santo (Hch 5,3). ¿Acaso por aparentar ante la comunidad con un gesto de generosidad pero corrompido en su corazón por la codicia y la mentira? ¿Buscaban reputación y reconocimiento sin llegar a desprenderse totalmente de su posesión? Interesante el hecho de que Pedro les encara con la intención profunda de su corazón que está más en comunión con Satanás que con la comunidad. Dios sigue actuando en medio de la comunidad a través de los apóstoles (en este caso por medio de Pedro) para resolver una acción escandalosa. Es resuelto con un milagro punitivo (milagro normativo de castigo). Con el Espíritu santo y con la comunidad no se juega.

3.     Tercer sumario (5,12-16)

En este tercer sumario, Lucas se centra en la acción de los apóstoles. Ya no es sólo la acción de Pedro, sino de todos los demás apóstoles. Operan signos y milagros en medio del pueblo.

Se reunían en el pórtico de Salomón dentro del recinto del Templo. La comunidad sigue siendo eminentemente de procedencia judía. La realización de dichos signos y prodigios sigue siendo fruto del poder del Espíritu, prometido por Jesús antes de su ascensión y recibido en Pentecostés. Esta vez no se menciona la reacción de temor por parte del pueblo.

Nadie osaba unirse a ellos, ¿por temor?, ¿por falta de fe? La gente se haya a la expectativa ante algo extraordinario y aún no se ha dado lo necesario para el salto a la fe. La gente congregada aún no es cristiana. Sí obtienen los apóstoles una gran estima por parte del pueblo.

El v. 14 menciona como estos hombres y mujeres ‘iban siendo agregados como creyentes al Señor’. Ahora sí que estamos ante el influjo del Señor resucitado que es el que va a suscitar esa fe en el corazón de los presentes. Es la misma fuerza de Dios, el Espíritu Santo, la autora de los signos y prodigios y de infundir la fe en los corazones.

Otro aspecto importante es que la comunidad apostólica en este resumen se muestra especialmente abierta. Gana la confianza de la gente por su espíritu compasivo, especialmente hacia los enfermos.

Un hecho nuevo es que el poder curativo dimana de la ‘sombra’ de Pedro. Recordando Lc 1,35 en que el ángel anuncia a María que el poder del Altísimo le cubriría con su sombra, nos hace pensar en esta misma sombra de Pedro, lleno de Espíritu Santo, que ejerce esa fuerza curativa y eficaz que dimana de su persona. Ya nos sólo cura a los habitantes enfermos de Jerusalén, sino también a los de las ciudades circunvecinas que eran traídos a la presencia de los apóstoles. Éstos eran enfermos no sólo físicamente sino también los atormentados por espíritus inmundos. Se trataba de enfermos con enfermedades psíquicas y espirituales cuyas causas no se podían diagnosticas.

Así pues, la fuerza del Espíritu Santo no se queda en la comunidad, sino que también se benefician de Él los que no pertenecían a ella. Y esto provocaba el que fueran impulsados por el mismo Espíritu a abrazar la fe y a ser añadidos a la comunidad.

La comunidad, así, se convierte en fuente de vida y liberación a todos los que a ella se acercan. Y son, precisamente, los apóstoles, los llamados y enviados por el Señor, los portadores de esta fuerza vivificadora y sanadora.

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