Reflexiones sobre Mateo 3, 1-12 (2ndo Domingo de Adviento)

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Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.» Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.

Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?

Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: “Tenemos por padre a Abraham”; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.»

Se han ido desplegando durante estos últimos días adornos y luces que anuncian la proximidad navideña. A pesar del frío exterior y físico, nuestro sentir interno se ha ido tornando cálido y afectivo; el ritmo del devenir se hace con un sabor diferente al estar próximas las fechas donde compartiremos un espacio con nuestras familias y seres queridos. Por esta inercia,  la filiación cristiana  nos hace partícipes de la alegría de celebrar que Dios, encarnado en la fragilidad de un niño, se ha manifestado completamente en nuestras vidas; una epifanía irrumpe en nuestra historia de la salvación para caminar y personificarse con nosotros, en nosotros y por nosotros. Así, las fiestas y los regalos no son fines en sí mismos sino medios para patentizar este vórtice de salvación y de buena noticia que no sólo nos redime sino que restaura al mundo, ayer, hoy y siempre, tal y como nos los muestra la inmemorial liturgia ad matutinum del Adviento:

VERBUM supernum prodiens
a Patre lumen exiens,
qui natus orbi subvenis
cursu declivi temporis:

[Palabra suprema,
partiendo del seno del eterno Padre,
tú naciendo salvas el mundo
cuando se esconde el paso del tiempo]

Para no perdernos en la superficie, para ser originales —esto es, estar anclados a un origen— la Iglesia, la asamblea relacional de creyentes, nos propone un itinerario mistagógico que permita concienciarnos eficazmente de este momentum adventicio para que re-cor-demos —repasemos por y con el corazón— al Niño de Belén que nace, si así lo permitimos, en nuestro epicentro más íntimo y auténtico de creaturas criadas. Este domingo esta invitación la patentiza Juan: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”.

Estamos así invitados a ser partícipes de este parto salvificante: “Preparad el camino del Señor, allanad los senderos…”, reenfocando los obstáculos para crear condiciones favorables para la venida de este Niño, símbolo de la realidad más plena que relaciona al hombre, al mundo y lo trascendente.

Aceptar esta gestación implica dolores de parto, esto es, aceptar las consecuencias éticas de este advenimiento, de este impregnarse del estilo de Jesús, haciéndonos cargo de la realidad, removiendo injusticia, marginación y desequilibrio. Y aquí no caben medias tintas: es necesaria una actitud radical que reestructure los modelos sociales de todas las personas para que puedan así tener acceso a una vida digna acorde a este status, reconociéndoceles sus derechos humanos, sociales, económicos y culturales. Las desigualdades socio-culturales de nuestro mundo están en directa oposición con el proyecto de Dios para con el mundo, que implica un destino universal de solidaridad y de bienes compartidos justa y misericordiosamente.

Y, precisamente, a la luz de estas notas de compromiso con la justicia social, el profeta Isaías nos señala la necesidad de ser justos misericordiosos, evitando la tentación de juzgar  y de sentenciar. En el camino revelado por Jesús no hay lugar para cualquier cosa que corte nuestra profunda relación de hermandad, incluyendo juicios que nos demarquen e individualicen los unos de los otros; sabemos que Dios, lo absolutamente real, es el único juez y criterio de discernimiento para nosotros, y que nuestra religación con este fundamento se hace en clave siempre misericordiosa, sobrando así —en función de este abismo desbordante e inagotable por nuestros juicios egóticos para con los otros— cualquier intento de condenar o etiquetar al prójimo. El horizonte compasivo revelado por Jesús nos destapa como esencias abiertas y relacionales, que dependen de un tú, de un Otro, para ser;  esta invitación nos enfoca a reconocer en ese otro que ha errado un proceso de conversión que debemos acoger con ternura, fraternidad y reconocimiento. Cuando el corazón marca la ruta es porque nos hemos dejado afectar por este horizonte salvífico  universal abierto con Jesús.

Así las cosas, el profeta Isaías nos invita a abrir caminos hacia la paz y el desarme de la incomprensión entre prójimos:

“Entonces el lobo y el cordero irán juntos, y la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos; un chiquillo los pastorea; la vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas, el león comerá paja como el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente” (Is. 11, 6-8).

Se nos dibujan aquí imágenes de una sociedad reconciliada, que ha “re-cor-dado”,  y que tiene dos síntomas claves:

  • El cese total de los conflictos bélicos causados por una ética animada por el petróleo, el domino geopolítico y los conflictos de auto-afirmación identitaria: si somos capaces de abrirnos al otro, de reconocernos sumergidos en un fundamento común, es posible comenzar a construir un mundo de generosidad y de perdón, un mundo donde el error pueda redimirse con confianza.
  • El respeto por el pluralismo cultural y religioso: la creación de Dios no se entiende en párametros de blanco y negro. El espectro es mucho más amplio, diverso y sinfónico, y esta riqueza nos invita a reconocernos como notas de “algo” que nos supera y que no se agota en nuestras creencias. Para vivir con respeto y amor mutuo es necesario relativizar nuestros sistemas de referentes últimos, nuestras creencias. Esto no es una invitación a un relativismo sino a una relatividad. No es que haya una pluralidad de verdades, sino que la verdad es plural, dinámica y relacional. Los dogmas de nuestra fe son también llamados “símbolos de fe”: símbolos porque están allende el concepto y la ideología; símbolos porque hacen entrar en “sym-bio-sis” diversas  partes de un sistema. Vivamos con respeto, con amor, comprensión, con curiosidad por sumergirnos en el misterio fascinante que significa el prójimo. Tengamos vocación de personificarnos en ser totalmente humanos.

Permitámonos gestar al Niño de Belén, allanemos caminos que nos hagan entrar en bondad, verdad y belleza que nos plenifiquen.

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Diálogos con el P. Arturo Sosa SJ

Arturo Sosa SJ,  el nuevo superior general de la Compañía de Jesús, conversa en Diálogos de Medianoche, un programa de Radio ECCA, con Lucas López SJ. Nos comparte notas sobre su biografía, como sus inclinaciones tempranas como jesuita su formación, la experiencia de su carisma dentro de la misión de la Compañía de Jesús, etc.   ¡Click aquí!

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Reflexiones sobre Mateo 24, 37-44 (1er Domingo de Adviento)

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Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado;dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.

Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.

Es tiempo de que se inicie el Adviento y da comienzo ahora una época caracterizada por un abundante lenguaje publicitario y comercial, cuyo enfoque estratégico consiste en despertar anhelos, expectativas y deseos en la audiencia (clientes potenciales) para vender el producto de la campaña de moda, ya sea con el último Apple o con el “Black Friday” de turno.

Es tiempo de venir a Cristo Jesús, y para ello Él ha de advenir a nosotros, tal y como patentiza santa Teresa en sus coloquios con el Señor:

Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
No andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres,
a Mí buscarme has en ti

En tiempos de Jesús el Adviento estaba entretejido en un contexto de sufrimiento y desilusión por un pueblo oprimido y escindido, un pueblo que veía cómo su identidad y cultura, cómo su fundamento teologal eran pisoteados por el imperio dominante de turno. A la luz de este paisaje desolador, los profetas proliferaron en este tiempo para levantar la voz y anunciar la irrupción de un Mesías que cambiaría todo: declaraban una teofanía salvífica y liberadora.

Dicha expectativa esperanzante comienza a sembrar un horizonte de consolación, y aquél clima de desolación se ve con los ojos de la fe, es decir, con unos ojos atentos, preparados y vigilantes para que cuando venga el Mesías esté todo dispuesto para la llegada de un nuevo kairós plenificante. Al desplegarse el Adviento, el Evangelio nos enfoca hacia dos actitudes necesarias de cultivar.

Una de ellas es alimentar la esperanza necesaria en tiempos de crisis y desolación que nos hacen creer que todo está perdido, que ya no vale la pena luchar por nada. Más aún, si permitimos el despliegue del Espíritu de Jesús en cada uno —si permitimos su advenimiento—, podemos proyectar una lectura creyente del devenir en clave providencial, actuando así acorde a este conocimiento salvífico y esperanzador, no bajando la guardia, sino siendo signo (y no anti-signo) de la presencia real y liberadora de Jesús, encarnando su espíritu al comprometernos con las causas justas que son las que convierten al reinado de Dios en un agente eficiente de cambio, capaz de revelar nuestros más radicales vínculos de cooperación compasiva al recordarnos que estamos gestados todos en las entrañas del Eterno (Is 43, 1), al recordarnos que, como hijos de un mismo Dios que es amor (1 Jn 4, 16), pertenecemos a una idéntica categoría integral de filiación y fraternidad.  

Esperar ante y en el Dios que ya está entre nosotros es una actitud fundamental para que los anhelos por un futuro liberador y más digno se cultiven y nuestro kerigma apostólico se despliegue a sus anchas, para que nos reconozcamos como capax Dei. Y todo parece indicar que para muchos cristianos vivimos en tiempos donde se hace necesario encarnar una praxis misericordiosa traducida en realidades concretas y materiales, proponiendo modelos alternativos para la construcción de estructuras sociales más afines al reino de Dios. El cultivar este tiempo de misericordia nos ha permitido ver que sí es posible hacer un mundo diferente, más acogedor, compasivo y que respete la diversidad.

La segunda propuesta del Evangelio consiste en tener los ojos abiertos y dejarnos afectar por el Dios humanísimo que anuncia la Buena Nueva, reconociendo y discerniendo así el modo y código con el que ese Dios personal nos habla, inspira e irrumpe en nuestra propia y concretísima historia de la salvación. Es decir: es una invitación a ser “místicos de ojos abiertos”, capaces de leer los signos de los tiempos y actuar acorde a la voluntad divina vertebrando así nuestra vocación concreta, siendo agentes efectivos de transformación y conversión como miembros activos de una misma ekklesia (asamblea).  Esta mística de la atención exige una praxis sensible de discernimiento que nos permita ver y actuar “al estilo de Jesús, el Cristo”. Ser consciente de que somos amados por un Padre que es misericordia no puede hacernos caer en un quietismo esperando a que venga “la Parusía”. No. La espera es activa, pues la fe es es un constitutivo existencial del hombre —pues no hay hombre sin fe—, es obertura hacia lo que le trasciende, hacia el más allá, y por tanto es respuesta y praxis a una llamada de Dios que se lanza a un encuentro “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”, como nos recuerda san Agustín.  .

Así las cosas, en virtud de esta espera activa, de este dejar todo preparado para dar a luz al Logos hecho carne, el Evangelio termina diciendo que estemos preparados pues a la hora menos pensada viene el Hijo del hombre. En este prepararse de la Navidad sería fantástico que todos nos dejáramos afectar por este advenimiento de compasión y obertura. Que este advenimiento del Hijo del hombre nos pueda enfocar hacia una sociedad que ya no necesita palabras como exclusión, discriminación y pobreza, sino que sea una invitación a la justicia misericordiosa, a la filiación comprensiva y a la paz.  De seguro que si nuestra casa está dispuesta de está manera habrá un hueco para un niño pobre que nacerá en Belén.

Feliz Adviento.

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Inhumanos e infrahumanos, por J.I. González Faus

Inhumanos e infrahumanosEl último cuadernillo publicado por Cristianisme i Justícia, Inhumanos e infrahumanos, escrito por  J.I. González Faus, Jesuita y miembro del Área Teológica de Cristianisme i Justícia, está recién salido del horno y puedes ojearlo en este enlace. ¡Una joya!

Las cosas están montadas de forma que las ventajas las disfruta una minoría de privilegiados mientras que los inconvenientes afectan a una mayoría de desesperados. Con ello, los privilegiados se deshumanizan porque solo conocen valores de cambio; y aquello que nos hace verdaderamente humanos (la razón, la igualdad y la solidaridad) no son valores de cambio sino valores de otra clase. Y los empobrecidos se deshumanizan también: porque solo viven braceando desesperadamente, para no ahogarse en un inmenso mar de necesidades materiales. Tomando como referencia el libro Economía sin corbata. Conversaciones con mi hija, del economista griego I. Varoufakis, González Faus reflexiona sobre las consecuencias antropológicas y teológicas del sistema económico actual.

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Reflexiones sobre el eschatón, el reino y el Apocalipsis

Tanto Juan el Bautista como Jesús consideraban que Israel estaba encaminado a una catastrófica destrucción  en un futuro próximo. Ambos enfocaron la situación de maneras opuestas: Juan de una manera pesimista, intentando avisar a quien estuviera dispuesto a escucharle y a salvar a algunos pocos antes de que aquel fin se realizase; Jesús, en cambio, optó por una respuesta positiva y esperanzada: aquél momento era el momento definitivo. Aquella amenaza próxima suponía la oportunidad para la venida del reino.

Ante la amenaza de aquél mensaje de destrucción total, Jesús, a la luz de lo signos de los tiempos, vio la oportunidad de invocar una transformación radical (“desde la raíz) e inmediata: “Si no cambiáis, todos seréis destruidos” (Lc 13, 3, 5). Pero si cambian (metanoia), si creen verdaderamente, no vendrá su destrucción sino el reino prometido. La crisis inminente, por tanto, daba la capacidad de enfocar la vida o bien hacia el reino o bien hacia la destrucción total, y este es el acento significativo en la parábola del administrador infiel que asegura su felicidad futura (Lc 16, 1-8), mientras que el rico neciamente construye graneros para la felicidad en este mundo (Lc 12, 16-20), y la paradoja está en que ganarse este mundo implica perder la auténtica vida, como leemos en Marcos 8, 36. Es decir, quien no prevea la crisis inminente y no actúe en consecuencia, quien demore y siga sirviendo a este mundo sin un horizonte de cambio radical, se terminará llevando una sorpresa. El horizonte del reino despliega la llamada (vocación) a decidirse, discernir y actuar, no sólo para evitar meras trifulcas y tribulaciones, sino por la potencial alternativa o eschatón que se vislumbra: un ágape, un banquete, un gran tesoro, todas adjetivaciones que apuntan al reino. El no actuar urgentemente acorde a esta oportunidad, acorde a este momento decisivo, puede implicar perder la posibilidad de una alternativa plenificante para siempre. La inminencia del reino no era una promesa o un pronóstico, era una oportunidad que debía ser tomada ahora o nunca. 

Lo que sí es cierto es que para Jesús esta realización inminente patentizaba una disyunción: o actúan acordes a la venida del reino o todo se perderá, no hay medias tintas en su anuncio, de ahí la insistencia de la imposibilidad de servir a dos señores (Mt 6, 24). Este horizonte del reino que despliega Jesús constituye una profecía no definitiva sino definitoria: sustancializa un tiempo de actuar ahora, no a modo de pronóstico cuantitativo sino de tiempo cualitativo, un kairós que calificaba a aquél momento como el idóneo para que viniese el reino. Jesús jamás dijo a los pobres y marginados que el reino estaría a la vuelta de la esquina; no, lo que él profetizaba era que, cuando el reino viniera, ellos iban a ser la opción preferente, los bienaventurados, sin ninguna garantía de prontitud. Lo que estaba pronto al caer era una catástrofe si no se reconocían los signos de los tiempos (Mc 13, 2-4, 30; Lc 13, 3 y 5). Lo que era inminente, en lineas generales, era la venida del Hijo del hombre (Mc 13, 26, pars.; 14, 62, pars.; Mt 10, 23; 19, 28; 24, 37-39, 44, par.; Lc 17, 24; 21, 36), que apunta directamente a la venida de un juez (Mc 8, 38, pars.; Mt 10, 32-33, pars.; 19, 28; 24, 37-39, par.), juez que ya mencionaba Juan el Bautista. En resumidas cuentas, lo que se quiere hacer ver es un juicio inminente nada “aliviante”. Las pocas veces que se describe a este reino como cercano (Mt 24, 37-39) se hace en forma de advertencia y de ahí que el acento de Jesús ante tal inminencia sea el de promulgar una alarma al decir: “Arrepentíos, porque el reino de Dios está cerca” (Mt 4, 17; confróntese con Mc 1, 15 y Mt 3, 2).

De ahí esa urgencia tan acentuada en los evangelios. De ahí que los apóstoles dejaran inmediatamente las redes, sus trabajos, sus familias y siguieran a Jesús (Mc 1, 20, par.; 10, 28, pars.). No hay tiempo para esperar la muerte del padre (Lc 9, 59-60, par.), ni de echar la mirada atrás al arado cuando se predique  (Lc 9, 62). No hay tiempo porque Israel se desmorona, su fin es inminente y la única manera de evitarlo era despertando radicalmente una respuesta compasiva que diese un “giro copernicano” a todo aquello.

Por otra parte, es cierto que si hubiera venido el reino en vez del final drástico de Israel, quienes no pertenecían a éste hubiesen vivenciado una aniquilación de lo que sustentaba su razón de ser, sucumbiendo así a una destrucción individual y personal envueltos en tinieblas exteriores (Mt 8, 12; 22, 13; 25, 30). El sujeto que hubiese fundamentado su felicidad y su razón última de ser en el dinero, el prestigio, en una casta social de poder, no tendría su sitio en el reino anunciado. En virtud de su autodeterminación, ellos mismos se excluirían del reino pues en éste no hay lugar para estas preferencias egológicas. Esta pérdida de su individualidad hubiese significado, a la luz de aquella época, la peor de las catástrofes y es descrita como un arrojarse a los fuegos de la Gehenna —en hebreo: Gai Ben Hinnom (“valle de Hinón”)—, el infierno o purgatorio judío, que era el nombre del valle hallado en la periferia de Jerusalén. La puerta del sudoeste de Jerusalén, abierta hacia el valle, vino a ser conocida como “valle del hijo de Hinom” (Jer 7, 31 pars. 19, 2-6 y 32, 35); el libro de Jeremías menciona a los residentes israelitas que adoraban a Moloch, profetizando la destrucción de Jerusalén (Jer 32, 35). En épocas antiguas los cananeos sacrificaban a niños al dios Moloch, quemándolos vivos; una práctica que fue proscrita por el rey Josías (2 Re, 23, 10). Al desaparecer por tanto esta práctica, se convirtió en el vertedero de Jerusalén donde se incineraba la basura, animales y los cadáveres de los criminales, así como los sacrificios a Yahveh que constituían la lógica retributiva del A.T. para Israel; era por tanto un lugar pútrido, impío y con fuego perpetuo. La Gehenna es el icono de la aniquilación más absoluta, y cuando Jesús recurre a éste, cuando por ejemplo reclama en Mateo 23, 33: “Vosotros, serpientes, generación de víboras, ¿cómo podréis escapar al castigo del Gehena?”, lo hace teniendo esta imaginería en mente: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehenna” (Mt 10, 28). Este infierno de la periferia es por tanto sinónimo de aniquilación de la entera personalidad, de todo lo que constituye la antropología del hombre: es lo que se considera como “segunda muerte” en el Apocalipsis (2, 11; 20, 6 y 14; 21, 8). En este sentido, algunas personas ya están muertas: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8, 22, par.). Y muy pocos son los que encuentran el camino a la vida, los que logran atravesar “la puerta estrecha”(Mt 7, 13-14).

La asimilación del pensamiento dualista griego por parte del cristianismo hace que se transplante la noción corpórea del hombre como unidad propia del pensamiento israelita a la idea de un ente constituido de forma y materia (hilemorfismo), patentizándose así la noción de un alma inmortal. Así pues, la Gehenna se reinterpretará a posteriori por la tradición cristiana como el infierno, un lugar padecimientos interminables para un alma indestructible e inmaterial. Pero esta noción era ajena al pensamiento de Jesús: la catástrofe aquí no es un destino terrible de ultratumba sino la urgente necesidad de responder a la inminente catástrofe socio-política que se avecinaba y que iba a arrastrar a culpables e inocentes sin distinción. Ni los inocentes podrían librarse de éste desastre (Mc 13, 14-20). Tal es así que Jesús les recomienda escapar a los montes (Mc 13, 14-16). Era urgente enfocar a los israelitas al reino y hacerles conscientes de los signos de los tiempos.

Pero, como sabemos, hicieron oídos sordos al aviso y Jerusalén y el Templo fueron destruidos sin piedad por el imperio romano en el 70 d.C. En el 135 se termina de expulsar a los judíos de Palestina y no quedaría rastro de Israel. Jesús acertó al leer los signos e Israel hizo caso omiso. Su profecía no era un pronóstico sino una advertencia que proyectaba un horizonte salvífico.  Y aunque se perdió aquella oportunidad de traer al reino no se perdería aquél horizonte liberador. Las profecías no son predicciones sino proyecciones que califican el tiempo en función de los signos de los tiempos particulares de cada periodo. Los primeros cristianos releyeron el mensaje de Jesús en relación a otras coordenadas espacio-temporales, trascendiendo los límites de Palestina con sus peculiaridades sociales y políticas. El mensaje por tanto se universalizaría —se haría “católico”— a cualquier situación, y para ello se le daría una dimensión apocalíptica. Esta tendencia ya se puede rastrear antes de la caída de los judíos de Palestina, como se nos muestra en Marcos: “Lo que a vosotros digo, a todos lo digo” (13, 37). Con esta universalización mediante la agencia apocalíptica, el eschaton se convierte en un acontecimiento que trasciende la historia concreta, en este caso la catastrófica situación sociopolítica palestina. En virtud de ésto el Apocalipsis pondrá el acento en el individuo concreto y no en lo social, y para ello hará uso de un horizonte moralizante. Mateo estira in extremis este recurso subrayando la idea de un juicio final con recompensas y castigos “per capita“. Pero Jesús no tenía en mente un horizonte apocalíptico sino profético, y para poder “rastrear” este mensaje sólo debemos traspasar el elemento apocalíptico de los evangelios para llegar a su núcleo profetizante.

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Reflexión sobre Lucas 23, 35-43

Cristo rey

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Me sías de Dios, el Elegido.» También los soldados se burlaban de él. Le ofrecieron vino agridulce 37 diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Porque había sobre la cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros.» Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo.» Y añadió: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.»

Con la celebración de la solemnidad de Cristo Rey se nos presenta el último domingo de este año litúrgico. Me gustaría compartir con ustedes una lectura en actitud de examen a partir de dos frases del Evangelio que me han consolado y movido, enfocándolas a modo de oración de petición que sirva para vehicular este año litúrgico que se cierra.

“Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino…”.  A lo largo de este año hemos podido rastrear y reconocer muchos signos que nos hablan de tu reino llenando nuestro espíritu de esperanza. Sería imposible pasar por alto este año de la misericordia, principio y seña que nos ha vertebrado como discípulos y que ha encarnado tu amor caritativo de Dios humanísimo.

Durante este año he visto desplegarse ante mi numerosísimas personas pobres, insignificantes ante los ojos de nuestra estructura social, marginados, discapacitados, enfermos que han vislumbrado esperanza, aunque sea por instantes, en su historia de salvación y que han sido tratadas con la dignidad de persona que merecen.

He visto el esfuerzo de numerosos grupos en mi sociedad que intentan crear las condiciones de vida necesarias para construir un mundo más acorde al Reino que nos anunciaste, más igualitario, compasivo y humano… 

No obstante, Señor, cuando proyecto el horizonte de tu Reino de misericordia y la obertura compasiva de tu entrega en la cruz, se disciernen realidades que merecen ser superadas al oponerse a tu presencia amorosa por otras acordes a tu promesa salvífica y liberadora. Así, Señor, te pido con mendicidad que:

Nos inspires a encarnar un mundo justo: la crisis ha dejado abandonados indignamente a muchos (a pesar de que los indicadores macroeconómicos hablen de progreso) sumergiéndolos en una pobreza indigna mientras ha aumentado el número de millonarios. La estructura económica que vivimos hace que para que unos pocos vivan en la opulencia otros muchos vivan en la miseria y la marginación. Recordemos a los refugiados que deben arriesgar su vida (perdiéndola muchas veces) lanzándose con impotencia al mar con la esperanza de una vida más digna y de una sociedad que abrace su sufrimiento. Inspíranos, Señor, a construir un mundo donde haya espacio para todos y donde no se discrimine al pobre, al oprimido, al marginado, al diferente. Un mundo sin más lágrimas negras…

Te pido que nos inspires para cultivar un mundo honesto y transparente: la corrupción, la mentira, la turbiedad, el descaro nos ahogan hediondamente y son ya intolerables. Vivimos en una época de sospecha hacia las instituciones que nos representan, hacia la cultura que nos referencia, hacia la sociedad que nos constituye y hacia las religiones que nos personifican. Esto es pernicioso y dañino para el desarrollo de nuestras vidas como seres relacionales.

Te pido que nos inspires a traer paz en el mundo: la locura, el egoísmo y la libido descontrolada hacen que sigamos generando guerras entre  hermanos y alimentando la carrera armamentística. Aún hoy se siguen oyendo deseos de levantar muros para dividirnos y odiarnos más. Señor, desfonda nuestros corazones, haz que cambiemos las armas por una tierra más libre y reconciliada.

“Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo…”. Tu proyecto de Reino es inseparable de un modelo concreto de organización, siendo el Rey un Dios que es la misericordia, por eso me gustaría pedirte para que los lideres de nuestra sociedad tengan esta compasión infinita como horizonte en sus proyectos, y así:

Que antepongan el bien común por el individual: tú, Señor, te subiste a la cruz para salvarnos a todos, por eso te hacías llamar “hijo del Hombre”, porque te identificas con la humanidad al completo. Jamás pensaste en tu propio bien sino en el mayor para todos los hombres. Ilumina nuestros corazones para que todos participemos de este Espíritu común, para que pasemos del “yo y ellos” al “nosotros”.

Que ubiquen, por otra parte, a la dignidad del hombre como compás en su discernir: ya basta de descuartizar la dignidad humana con una economía demente y una tecnología que nos mecaniza y nos convierte en meras cosas. El hombre y su dignidad han de ser lo prioritario, la tecnología y la economía no deberían esclavizar al hombre sino servirle.

Y que también sirvan con transparencia: necesitamos líderes que te imiten, que no impongan como verdadera su autoridad sino que, como tú, hagan de la verdad su autoridad, al servicio de los demás con preferencia hacia los pobres, marginados y oprimidos; tus favoritos.

Señor Jesús, que venga tu Reino. Que entre todos juntos, a la luz de un mismo espíritu, podamos construir tu Reino.

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Notas sobre la causalidad según Gaudapada (2)

Acaso uno de los elementos más contraintuitivos de la enseñanza de Gaudapada, el gurú de Shánkara y comentarista de la Mandukya Upanishad, es contemplar al efecto como la causa de la causa. En esencia, lo que se pretende con ésto es deconstruir la noción de causalidad hasta su derrumbe. Para Gaudapada es preferible deshacerse pragmáticamente de esta dualidad (causa-efecto) en vez de argumentar y debatir sobre cómo las cosas funcionan “realmente”.

La conclusión de Gaudapada apunta hacia que el Atman —nuestra naturaleza esencial— ni ha nacido de una causa existente ni de una causa inexistente. Sencillamente no ha nacido, no ha comenzado a ser. El Atman, la consciencia (cit), es. Continuar concibiendo la causalidad como algo realmente real y con existencia independiente nos aleja de este simple reconocimiento de lo que siempre es. Así que esencialmente la tarea de Gaudapada en su karika es deconstruir la “causa” mostrando como la causalidad es un sinsentido.  Y lo es porque la propia noción de causa-efecto hace que se crucen ambas nociones entretejiéndose multitud de confusiones en todo tipo de direcciones. Es, en esencia, un argumento deconstructivo.

En virtud de ésto, planteemos el siguiente experimento para intuir qué nos quiere decir Gaudapada:

  1. Una bola roja golpea una bola blanca.
  2. La bola blanca se mueve.

Así pues, ¿cómo puede el efecto (2) convertirse en la causa de la causa (1)?

Lo cierto es que, si enfocamos cuidadosamente el experimento, nos podríamos dar cuenta de que el primer evento tenía una “causa” como parte de su esencia, es decir, seguiría siendo una causa, en tanto que primer evento, si a segunda bola blanca no se moviera. Es decir, el primer evento no necesitaría de un segundo para establecerse como “causa”. Podríamos pensar en diferentes tipos de dependencias, incluyendo las físicas, conceptuales, morales, lógicas, lingüísticas, etcétera. Si (1) es el tipo de causa que posee su causa en su misma esencia —que es  hasta cierto punto lo que nos propone Gaudapada—, entonces no necesitaría ninguna relación con el “efecto” para establecerse como tal. Pero de hecho sí que se relaciona con el efecto, como aún veremos.

El status de causa en sí mismo depende de un efecto para constituirse como tal. Es una dualidad co-dependiente conceptualmente, convencionalmente, físicamente y lingüísticamente. El primer evento (1) es sencillamente un evento hasta que la presencia de un segundo evento (entre otros muchos fenómenos) aparece para sustanciarlo como causa.

Hay otra forma de verlo. ¿El percibir algo y el denominarlo hacen que algo sea algo? Desde cierto punto de vista podría decirse que sí. Démonos cuenta de que esta enseñanza, Ajati-Vada, se despliega ante el contemplante tras haberse familiarizado con la cuasi-idealista postura de la Drishti-Shrishti-Vada, es decir, una vez se haya embutido en la noción de que la percepción crea las cosas en el mundo.

Resumidamente, el argumento esencial de Gaudapada es éste: ya que la dependencia se despliega en ambas direcciones, la causalidad no es la cualidad esencialista que muchos defienden, teminándose por deconstuir ella misma como la aparente función objetiva que estructura lo real.

Por tanto, podemos decir que no hemos nacido y que como consecuencia no moriremos, así como nada ha comenzado a existir o ha dejado de existir en algún momento, siendo esta la esencia ultima del Vedanta Advaita. En el capítulo IV de su karika, versículo 25, Gaudapada nos dice: “Pero desde el punto de vista de la naturaleza verdadera de las cosas afirmamos que la aparente causa [de algo] no es después de todo ninguna causa”. 

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Notas sobre la causalidad según Gaudapada (1)

Las enseñanzas de Gaudapada (s. VIII d.C.), maestro de Shánkara,  en sus comentarios de la Mandukya Upanishad sobre la creación y causalidad son un intento de liberarnos de la noción de que nosotros y los fenómenos que nos rodean, en tanto que consciencia, se constituyen en función de una  causa-efecto independientes del conocimiento de éstos. La enseñanza de Gaudapada recibe el nombre de Ajati-vada o “no-creación” y se la considera la más “sublime” de los tres tipos de concepciones creacionistas del Vedanta Advaita. En el Vedanta tradicional, el buscador va trascendiendo etapas a medida que su conocimiento se hace más lúcido, penetrante y sutil, deconstruyendo así las etapas anteriormente investigadas (sublación). Así pues, las tres etapas a investigar son:

  • Shrishti-Drishti-Vada. Supone el comienzo de la investigación, donde el mundo causa las percepciones, a saber, percibimos lo que tiene una causa. Es decir, nuestra percepción de los objetos es un efecto o una causa anterior de algo. Esta concepción es congruente sólo cuando la persona y el mundo son vistos como dos elementos independientes.
  • Drishti-Shrishti-Vada. Es el siguiente paso, donde la percepción causa el mundo. Los objetos del mundo están causados por la percepción. Este nivel es más sutil y es congruente cuando los objetos no se consideran independientes y separados de la percepción. En esta etapa cuasi-idealista la dependencia pareciera ser del objeto hacia el sujeto y no al revés. Sin que esta consideración sea del todo cierta, este escalón ayuda a deconstruir la noción objetiva de causalidad que se siente en la primera etapa.
  • Ajati-Vada. La última etapa, donde no hay causalidad. No hay causa ni creación de ningún tipo. En esta etapa, la noción de ente separado y de causalidad dejan de tener sentido.

Gaudapada llega a esta última etapa deconstruyendo la noción ordinaria de causalidad. Lo destacable de su doctrina es la concepción de una causa de un objeto inherente a la esencia de ese objeto.

Es decir, si se entendía al Atman, al sí mismo, como algo que había nacido, nos cabe preguntar ahora cómo es esta situación posible. ¿Cómo puede nacer el Atman si su naturaleza esencial  es innacida? ¿Cómo pudo haber comenzado a “ser”?

Y si la naturaleza esencial del Atman fuese no-ser, entonces ¿cómo podría haber comenzado a ser? En tiempos de Gaudapada se desplegaron diferentes nociones sobre la causalidad, pues suponía un serio problema tanto para hindúes como para budistas.

A rasgos generales, ¿qué tipo de objeto comienza a existir? ¿Uno ya existente? ¿O uno inexistente? La causación pareciera imposible en ambos caso, cosa que hace notar Gaudapada en los versos 3 y 4 del cuarto capítulo de su karika (“comentario”) de la Mandukya Upanishad:

(3) Algunos contendientes postulan que sólo una entidad existente puede venir de nuevo a la existencia, mientras que otros contendientes postulan que una entidad inexistente puede venir a la existencia. Ambos entran en disputa de esta forma.

(4) Una entidad existente no puede comenzar a existir nuevamente (nacimiento); ni puede una entidad inexistente comenzar a existir. Así, disputando entre ellos, establecen la visión no-dualista de ajati (no-creación).

Así las cosas, las dos concepciones se cancelan mutuamente, dejando sólo una respuesta válida: no hay causación ninguna. El Atman, en tanto que consciencia, nunca ha nacido y no puede estar sujeto a la muerte.

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DEP, héroe(s)

Cuentan que Ellacuría se subió a la cruz

Tal día como hoy, hace 27 años, el 16 de noviembre de 1989 en la residencia de la UCA, asesinaron al P. Ignacio Ellacuría junto con los jesuitas Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López y López, además del personal del servicio del centro Elba Julia Ramos y su Celina, de 15 años. Fueron asesinados por un pelotón del batallón Atlácatl de la Fuerza Armada de El Salvador, bajo las órdenes del coronel René Emilio Ponce.

Gracias por recordarnos que hay que bajar a los crucificados de las cruces, que en el pueblo salvadoreño, que en los pobres de la tierra, Cristo sigue siendo crucificado. Gracias por abogar por la Civilización de la Pobreza e invitarnos a encarnar con entusiasmo el principio de misericordia. Gracias por tu ejemplo al subirte a la Cruz.

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Sobre abordar el fenómeno de la fe desde la psicología y la antropología

A pesar de que la fe sea “cosa de teólogos” se ha ido sintiendo la necesidad de tratar este hecho desde un punto de vista psicológico, sin que se agote en éste.

Dado que se trata de una posibilidad humana, la fe permite abordarse desde el psiquismo y la antropología, eso sí, siempre evitando confusiones y generalizaciones  donde se entremezcle a la fe entre otros fenómenos que nada tienen que ver con ésta.

Este precaución es necesaria ya que el punto de partida tendencioso de numerosos sociólogos y antropólogos ha sido el de incluir a la fe dentro de los rituales “mágicos”, lo “supersticioso”, lo “mítico” y, en definitiva, los ámbitos genéricos que se manifiestan en la vida “irracional”. Le resultará difícil a quien no la haya experimentado genuinamente el no confundir a la fe con otros fenómenos y manifestaciones de los paradigmas arcaicos, pero la fe es objetivamente diferente de éstos, y muchos sociólogos y antropólogos harían bien en informarse mejor antes de generalizar incompetentemente sobre lo que no tienen capacidad de juzgar.

Paradójicamente, además, es común entre antropólogos y estudiosos del hecho religioso el partir del Dios bíblico para usarlo como  patrón de lo divino y estudiar retropoyectivamente a las culturas prehistóricas a partir de este concepto, en vez de atender a las manifestaciones concretas y particulares de lo numinoso y divino en las etapas arcaicas. El resultado es un estudio descuartizado de la evolución de las religiones en las diferentes etapas culturales. Lo cierto es que el concepto monoteísta bíblico tuvo que recorrer un largo trayecto evolutivo para terminar de vertebrarse en el siglo VII a.C. en un concepto tal y como lo entendemos hoy. De la misma forma, es un error entender el politeísmo como una concepción primitivista de lo divino, cuando en verdad es el resultado bien tardío de sincretismos culturales. La concepción más arcaica de lo divino y numinoso es el henoteísmo, primero de tipo funcional durante la prehistoria (con “Madres de la fertilidad”, “Señores de los animales”, etc.),  y más tarde a partir del neolítico de tipo local con santuarios localizados para rendir culto al dios de ese territorio. Este principio territorial lo podemos apreciar en el libro de Reyes 5, 17, donde Naamán se lleva tierra de Israel para poder rendirle culto a Yahvé en Siria.

En cualquier caso, los antropólogos y sociólogos del siglo XIX y XX han caído en la paradoja de jugar con un concepto de divinidad bíblico ya muy definido y concreto para estudiar a Zeus o Yahvé, creando así un revoltoso melting pot donde la fe es juzgada bajo las mismas categorías que las creencias mágicas y arcaicas. Para el concepto de “Dios” usan como patrón una concepción bien tardía del Dios bíblico y para el de “fe” parten de concepciones prehistóricas y arcaicas sin pasar de allí, sin mencionar la preferencia que se ha sentido hacia “la exactitud” de las ciencias de la materia desde el siglo XIX hasta ahora tratando al saber humanístico y a todo lo que no tenga ese aparente “rigor” científico como algo secundario y contingente, sometiendo así a las humanidades en una angustia de encajar en un método concreto,  el de las ciencias materiales, que ni les pertenece ni les hace ningún bien.

La fe no puede encerrarse en las categorías genéricas de creencia, o al menos ha de tratarse como una forma de creencia muy específica, que implica una forma de vivir, a saber, una praxis, y una vía de conocimiento que resultan inaccesibles o inespecíficas para quien no se embute en ella.

Ya desde el siglo XVIII se ha tendido a descalificar sin rigor ninguno la validez de esta vía de conocimiento. A pesar de que el hecho religioso de la fe a la luz de la fenomenología demuestra todo lo contrario, existe un miedo, a raíz de nuestra “cultura de la sospecha”, de caer víctima de “autoengaños”. La situación se hace aún peor a partir del positivismo, donde lo único verdadero es lo que se “ve y se toca” —¿cuántas veces no hemos oído esto ya no sólo de académicos sino del hombre de la calle?—, haciendo de la fe una praxis incómoda para muchos. El resultado es un inquietante descuartizamiento de las posibilidades humanas al perder este horizonte existencial que posibilita al hombre la apertura de nuevas dimensiones y vivencias del mundo y de su vida psíquica. El hombre se encuentra con su potencial cognitivo y afectivo cercenado precisamente por haber reducido su “mundo” a lo cósico y talitativo, hasta el punto de que el mismo hombre queda agotado a una mera “cosa”.

Esta incredulidad proto-moderna se da, aparte de en las corrientes ilustradas y libertinas “agnósticas” (donde se concebía a lo divino como algo lejano e impersonal) del siglo XVII, en Feuerbach con sus tesis de Dios como “proyección del hombre”. Esta tesis se convertiría en su desarrollo en una ideología reaccionaria contra la filosofía de Hegel y fue tal el auge de su popularidad que aún hoy ateos “militantes” como Puente Ojea la siguen utilizando como última autoridad en el tema.

La concepción de Feuerbach es una cerrada y coherente, siempre y cuando se parta del presupuesto sistemático de Feuerbach y sus seguidores. Y aquí está el problema, que nadie discute este pre-supuesto, a saber: que el hombre “proyecta” a un Dios antropormofizado para salvarle del oscuro destino que supone la muerte. Pero lo que no se pone en cuestión aquí es el porqué de ese miedo a la muerte. ¿Acaso no es este uno proceso tan “natural” como el nacer? Si el hombre “teme” a la muerte es porque, por una parte, es una esencia abierta con capacidad de trascender lo fáctico (y material) de su mundo y de su vida, y por otra, porque intuye en la muerte algo más que el mero extinguir de su existencia. Ante esto la tesis de Feuerbach hace aguas.

Esto implica un psiquismo que, o bien supere todo lo dado e inmediato (lo biológico, lo fáctico y las experiencias inmediatas sensibles), o bien un psiquismo que cree fantasmagorías incongruentes y teme lo que no hay que temer; y todo esto de manera constante a lo largo de su devenir.

De ser así el hombre y su evolución quedarían como una incoherencia, pues su supuesta trascendencia y lucidez mental supondrían una trampa engañosa “contra-natura”. Esta capacidad trascendental del hombre, esta inercia constante de no limitarse a las meras facticidades, no se explica a la luz de un “desorden” o “accidente”, pues ni contribuye a la evolución y conservación de su especie ni tampoco le hace feliz (pues precisamente esta capacidad de auto-trascenderse es el motivo de muchas desgracias, barbaridades y crisis a lo largo de la historia de la humanidad). Esta paradoja no es congruente con la evolución económica de la naturaleza y de sus especies…

Y resulta aún más incoherente si fundamentamos al hombre como un “animal racional”, que en virtud de esta capacidad constitutiva debería ser capaz de tender económicamente hacia su evolución más óptima y práctica. Empero, si la capacidad psíquica del hombre de superar todo lo que le es dado, tanto en el tiempo como en el espacio, y de “inventarse fantasmas antropomórficos” tiene alguna racionalidad pragmática y congruencia con su economía vital, es porque esta capacidad de trascendencia cumple con una función adaptativa a dimensiones reales allende lo dado por los sentidos. Es comprensible que esta capacidad de trascendencia haya dado lugar a aberraciones varias  a lo largo de la historia del hombre, dada la multitud de posibilidades e inseguridad del hombre a la hora de interpretar y afianzarse en sus referencias. Lo que es totalmente ilógico es pensar en un desarrollo (“desadaptativo”) de las conductas religiosas del hombre si su realidad se limitase a lo inmediatamente dado por los sentidos si no es porque éstas precisamente le adaptan hacia formas y dimensiones de lo real allende la facticidad de sus experiencias inmediatas. Es decir, que lo realmente desadaptativo sería privar al hombre de esta capacidad de trascendencia por imposibilitarse el acceso a formas de realidad trans-sensoriales.

Así las cosas, resulta perfectamente lógico pensar que la especia humana, partiendo de su sistema biológico, haya tendido a superar el “velo de los sentidos” abriéndose de manera más plena a la realidad total, desarrollando por tanto sistemas de valores, de significancias, de dimensiones que superan la mera experiencia sensible. Este “salto evolutivo”, cualitativamente más amplio, suponía que el despliegue del hombre hacia estas nuevas dimensiones de lo real estuviese minado de miedos e inseguridades. Así, la historia de las religiones supondría un proceso reflexivo de apertura hacia nuevos territorios transensoriales, más específicamente psíquicos, personales, concretos, muy distantes de la mera mecanicidad ciega de la materia.

Si enfrentamos, pues, al hombre a dos modos de afrontar la realidad dispares y encontrados en su modus operandi todo se justifica. Y se clarifica además la grandeza del hombre de conjugar su aparato biológico con formas de realidad distantes de lo animal, quedando resuelta su conflictividad en función de esta apertura y adaptación a formas de realidad trascendentes, para nada anti-económicas ni imaginarias, sino necesarias y funcionales, y que sólo pueden desarrollar en virtud de una dialéctica constituida en esta superioridad cognitiva y adaptativa.

En virtud de esto, el fundamento y el fenómeno de la fe no puede ser algo tan absurdo como un miedo infundado a un proceso totalmente natural como lo es la muerte, sino que responde a una necesidad constitutiva del existir en el psiquismo del hombre. Si no fuera así, no podría explicarse la universalidad del hecho religioso ni de su seriedad.

Y lo que demuestra que la fe no es mera imaginación ni fantasía es que cuando el hombre prescinde de este constitutivo existencial limitándose a lo que “se ve y se palpa” la vida se convierte en insoportable. No es que la vida se soporte mejor porque se proyecte una fantasía antropomórfica que palie el sufrimiento y mitigue el problemático devenir del hombre hacia su extinción, sino que justamente se tiene miedo a la muerte y se hace insoportable el vivir porque el hombre pierde los instrumentos que le enfocan hacia una manera perfectamente realista (que no cosificante) de lidiar con este fenómeno, enfoque que hacen del morir un acontecimiento que no  sólo deje de producir miedo —que no habría de inspirarlo al ser un proceso totalmente natural—, sino que se enfoque como aquél acontecimiento “sobre-natural” que abre y dispone al hombre a una realidad más real, definitiva y plena.

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Ecclesia reformata, semper reformanda

Hace quinientos años Lutero clavó sus 95 tesis sobre las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg,  dando inicio así a la Reforma protestante, cuyo horizonte de protesta hacia una Iglesia decadente pretendía recuperar el genuino mensaje de los evangelios. Pero, acaso por el apego libidinal que el hombre siempre ha tenido hacia los sistemas de referentes que le definen —y constriñen cuando pierden su razón de ser—, la originalidad (lo que está enraizado al “origen”) de Lutero se desvía haca un conflicto de ideologías que dividiría a la Iglesia.

A la luz de este choque de cinco siglos, no cabe duda de que la presencia del Papa Francisco en Suecia constituye un cambio de rumbo, quizás no definitivo, pero sí definitorio. Cambio de rumbo que pasa del conflicto al diálogo, de la oposición a la conjunción y a la relación, de un “ellos” a un “nosotros”. Es abandonar un juicio centrado en el yo para ubicarlo en un Tú, dejándolo en manos de Dios para que sea Él quien vertebre el rumbo de la historia y de su ekklesia (“asamblea”). Supone, en definitiva, re-ubicarnos en la historia de la salvación salvando a la historia de discrepancias ideológicas a la luz de la unidad en Cristo Jesús.  

Dice Francisco que la experiencia espiritual de Lutero nos interpela: él proclamó que solo la misericordia de Dios nos salva, que Cristo es el único mediador, que la Palabra de Dios ha de tener mayor realce en la Iglesia.

Es mayor lo que une a católicos y luteranos que lo que los diferencia, pues comparten un una fe y un bautismo que esbozan un horizonte de comunión que anuncia el Evangelio de un Reino (y por tanto de un tipo de polis, es decir, de política) cuyo rey supone un Dios que es misericordia y cuya realeza la conforma el servicio preferente hacia el débil, el pobre, el oprimido, el marginado y el enfermo, combatiendo y redimiendo los remaches oxidados que el hombre clava en el cuerpo de Cristo, que es la realidad (Col 2, 17). El horizonte de la fe en Dios supone sostener por verdadera la certeza de que al final, a pesar de las catástrofes y desgracias que puedan acontecer, el Bien es más poderoso que el mal, que el principio de Misericordia triunfará glorioso en el Reino de Dios, constituyendo así a la fe, fundamentada en la esperanza, como un criterio de discernimiento y, a pesar de lo que muchos puedan objetar, en una genuina forma de conocimiento. Así las cosas, a la luz de este conocimiento teologal que arroja la fe que nos proyecta en esperanza hacia un Reino de amor e igualdad se alza una exigencia ética: que el trabajo teológico y el diálogo ecuménico siga avanzando.

Lo que la Reforma luterana señala en el fondo es hacia una invitación constante a la continua Reforma de la Iglesia, para que pueda hacerse secular (etimológicamente lo que es relativo al “siglo” actual), permitiéndole transpirar al mundo la ternura de Dios. ¿No es esto a lo que san Agustín, Padre de lglesia, apuntaba cuando decía “Ecclesia reformata, semper reformanda secundum verbum Dei“?

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Un recordatorio pertinente para no hacer el gili por la vida

Ya lo dice el evangelio:

Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10,16).

El bien, tal y como yo lo entiendo, es lo que hay que hacer según nuestro sistema de referentes últimos y de nuestros horizontes de significancia, o por lo menos es evitar incidentes destructivos para con el mundo y las personas, y  el mal es lo que no hay que hacer según nuestro sistema de referentes último y horizontes de significancia, o al menos mal es la destrucción de bienes y de personas aunque parezca aparentemente la situación idónea en términos utilitaristas.

Hasta aquí bien, pero lo cierto es que a veces nos cuesta hacer el bien sin llegar a hacer el gili, así que aquí comparto un par de citas del libro Cómo no hacer el tonto por la vida. Puesta a punto práctica del altruísmo (Desclée De Brower, 2000) de Luis Cencillo, el último gran intelectual español, libro nada academicista y escrito para lectores profanos, aunque bien fundamentado psicológicamente. Podría decirse que la obra responde a experiencias personales del profesor, porque en muchas ocasiones Luis Cencillo se pone como ejemplo de cómo él mismo hizo el tonto, por hacer el bien. Gracias a Nosce por haberme compartido a esta leyenda intelectual: 

“Lo que acobarda y detiene, es el riesgo de ser manipulado y que con la mejor voluntad propia nos engañen y arrastren a hacer el tonto a fuer de buenos¿Cómo no hacer el tonto en estos casos? Es la última y decisiva cuestión. Para ello hay que poseer defensas, como el organismo las posee y si no, es que padece el SIDA; o la personalidad las posee y si no, es que se entrega ingenuamente al más listo, o al más enfermo que le contagia su perturbación o al sistema más opresivo que le aliena. Hay que imaginar la sociedad o el mundo como una jungla (y esto es ya tópico) donde todos van a cazarnos y a devorarnos -sin que caigamos en una paranoia persecutoria-, salvo gente extraordinariamente ética e incluso sublime (justos y santos)… Por lo tanto, hay que ir por la vida con las defensas perfectamente organizadas. Y aún así corremos siempre algún riesgo al confiarnos, pues hacer el bien tiene un coeficiente de confianza en el otro. Ni tampoco es vivible una vida sin confiar en nadie ni en nada… Hay que arriesgarse pues, pero hay que tomar todas las precauciones a mano…”.
“La vida inconsciente es sumamente activa y astuta (y por lo general perversa, pero muy certera) y si no actuase, las cosas irían en el mundo mucho mejor: los gobiernos, las instituciones, la educación, las familias, las parejas y los exámenes y oposiciones; eso sí, no habría poetas ni artistas y no se soñaría (…) ¿Por qué la polaridad Bien/Mal se halla doblada paralelamente por la de Verdad/Mentira, pero de modo que resultan más atractivos los segundos términos: mal mentira? ¿Por qué habrá llegado a ser en la historia de los últimos siglos más progresista y más presentable negar o disimular estas dos polaridades que afirmarlas para precaverse? ¿Por qué quien muestra bondad y deseo de bien excita la voracidad y la malicia de los más y ha de desarrollar mayores defensas que quien se hace odioso por el mal que hace y pretende seguir haciendo…?”
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Entos: el Reino de Dios en Lucas: ¿”dentro” o “entre” nosotros?

En tiempos de Jesús, la buena noticia del Reino de Dios, el anuncio del Evangelio, era una noticia acerca de una futura situación en la tierra, cuando los pobres ya no fueran pobres, los hambrientos se viesen saciados y los oprimidos se alzaran libres. Así pues la exhortación “venga tu Reino” es sinónima de “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10).

Así las cosas, muchos cristianos durante siglos han confundido la naturaleza de este reino por causa de la traducción de Lucas 17, 21:  “El Reino de Dios está dentro de vosotros“. La mayoría de exegetas y biblistas hoy en día están de acuerdo en que la traducción de esta cita habría de ser: “El Reino de Dios está entre vosotros” o  “El Reino de Dios está en medio de vosotros“.

La confusión se debe a que la palabra griega entos puede significar “dentro de” o “entre”; pero en el contexto de la cita que nos ocupa, traducir entos como “dentro” significaría que Jesús estaría respondiéndole a los fariseos cuando le preguntan acerca de la llegada del Reino de Dios (Lc 17, 20) que este estaría dentro de ellos, lo cual es un escándalo e incongruencia si ponemos en contexto la naturaleza del Reino que Jesús menciona a lo largo de los evangelios y en especial en Lucas. El resto de referencias al Reino de Dios presuponen que este está aún por llegar, y en virtud de que las demás frases en este pasaje (17, 20-37) tienen el verbo en futuro, se infiere que el Reino de Dios se descubrirá repentinamente en medio de ellos.

Por otra parte, sería paradójico concebir un reino como algo “interior” a una persona. Las personas viven dentro de un reino y no al revés, y esto nos lo revelan las imágenes gráficas que Jesús esboza sobre este “Reino de Dios”: un reino en el cual se ha de entrar o no (Mc 9, 47; 10, 15, 23, 24, 25, par.; Mt 5, 20; 7, 21; 18, 3; 21, 31; 23, 13; Jn 3, 5); en donde se ha de sentarse en él y comer y beber en él (Mc 14, 25; Mt 8, 11-12, par.; Lc 22, 30); uno con una puerta o entrada (Mt 7, 7-8, par.; 25, 10-12); cuya  puerta tiene llaves (Mt 16, 19; Lc 11, 52); y que incluso ¡puede cerrarse! (Mt 23, 13; Lc 13, 25). La imagen gráfica que aquí se nos presenta es claramente la de una ciudad amurallada, la de un reino o una casa. Esta lectura queda confirmada si tenemos en cuenta que cuando se hace referencia al reino de Satanás, lo opuesto al Reino de Dios, se nos señala a una casa y a una ciudad:

¿Cómo es posible que Satanás eche a Satanás? Si un reino se divide, ese reino no puede mantenerse en pie; si una casa (familiar) se divide, esa casa no podrá mantenerse en pie (Mc 3, 23-25).

Nadie puede meterse en casa de un hombre fuerte y arramblar con sus pertenencias… (Mc 3, 27).

Todo reino dividido queda asolado, y ninguna ciudad o casa (familia) dividida podrá mantenerse en pie (Mt 12, 25).

Además de esto, es frecuente encontrar la figura de amo de la casa o de padre de familia (de un hogar) en diferentes parábolas. Por otra parte, podemos establecer también un paralelismo entre el Reino y el Templo. Se nos señala en el evangelio de Marcos que Jesús construirá un templo en tres días —siendo el tres un número que hace referencia a un tiempo cualitativo que indica brevedad—, un templo que no está hecho con manos humanas (Mc 14, 58), sino que constituye una nueva comunidad. Para más inri, el descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto nos hablan de que la comunidad de Qumrán se consideraba como un Templo, una nueva casa de Dios. No es difícil concluir que este nuevo Reino de Dios era la promesa profética de Jesús, un reino donde los pobres y oprimidos serían los preferentes. Es decir, el hecho de que se usen figuras como casa, ciudad o comunidad configuran un campo semántico que nos permite ver que lo que Jesús tenía en mente consistía en una sociedad de personas constituidas a la luz de un horizonte político aquí en la tierra.  El Reino de Dios es, de hecho, un ideal político.

Así las cosas, podemos inferir que el reino será una sociedad política con una estructura monárquica, es decir, regida por un rey. Es difícil concluir algo diferente de las palabras del Nazareno. Podría objetarse que el reino del que se habla no es un reino de “este mundo”, como leemos en Juan 18, 36:  “Mi reino no es de este mundo”. Sin embargo, este versículo no debe interpretarse como un reino allende lo terrenal, especialmente si tenemos en cuenta que proviene del evangelio de Juan con el uso característicamente simbólico y teológico que este apóstol hacía de las palabras. Cuando se nos dice en Juan 17, 11, 14-16 que Jesús y sus discípulos están en el mundo sin ser del mundo, el significado se deja traslucir con bastante transparencia: aunque viven en un mundo con valores y referentes determinados no se identifican con este. No debemos interpretar por tanto que el reino prometido exista en un mundo de ideales abstractos, sino que no se entremezcla con el sistema de referentes que el mundo de esa época poseía y que estaba regido por Satanás. El que el reino “no sea de este mundo” denota un acento de oposición al reino regido por el mal espíritu.

En la mentalidad de Jesús, Satanás era el monarca del mundo. Las generaciones de aquella época eran perversas y pecadoras, estaban corrompidas (Mc 8, 38 y 9, 19, par.; Mt 12, 39-45 y 23, 33-36; cf. Hech 2, 40). Esto lo hacía patente todo aquél sufrimiento de pobres y oprimidos, así como en la hipocresía, falsedad y falta de compasión que el mal espíritu ejercía sobre los privilegiados y dirigentes religiosos (escribas y fariseos). Este mal se extendía no sólo en el mundo judío sino también en el gentil. Todos habían sucumbido al poder de Satanás, al cual los humanos adoraban y obedecían a cambio de un poder ilusorio (Mt 4, 8-10).  César, Herodes, Caifás, el sanedrín, los escribas etc., eran todos marionetas del mal espíritu. A luz de esto Jesús condenó las estructuras políticas y sociales que regían su mundo. Todas, sin excepción, constituían el reino de Satanás. Cuando llegue el Reino prometido, Dios, su monarca, reemplazará a Satanás; el bien, pensaba Jesús, al final triunfaría sobre el mal, colmando así a todos sus miembros del Espíritu Santo.

Por tanto, podemos ver que en la praxis liberadora de Jesús de Nazaret se ejercía una lucha contra el poder del mal en todas sus expresiones. Su actividad liberadora y sanadora era una irrupción drástica en esta textura de corrupción y perversidad (Mc 3, 27, par.). En resumen, Jesús tenía el convencimiento de que el Reino de Dios justo y misericordioso triunfaría sobre el mal y reemplazaría al reino de Satanás aquí en la tierra, de que la llegada de este reino era inminente y que aparecería en medio de sus coetáneos.

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Habemus nuevo general

Recibo con agradecimiento e ilusión el nombramiento del venezolano Arturo Sosa como nuevo Superior General de la Compañía de Jesús. Desde el más profundo cariño y afecto le deseo al Padre Arturo lo mejor para este servicio que le pide la Iglesia y la Compañía, uniéndome a la oración por él.

El venezolano Arturo Marcelino Sosa Abascal fue nombrado como el nuevo S...

El P. Arturo Sosa nació en Caracas (Venezuela) el 12 de noviembre de 1948. Es delegado para la Curia y las casas y obras interprovinciales de la Compañía de Jesús en Roma, y es Consejero del Padre General. Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Andrés Bello (1972) y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela. El P. Sosa habla español, italiano e inglés, y entiende el francés.

En la Congregación General 35, celebrada en 2008, fue elegido por el Padre General Adolfo Nicolás como Consejero General. En 2014 se incorporó a la Curia de la Compañía de Jesús en Roma como delegado para la Curia y las casas y obras interprovinciales de la Compañía de Jesús en Roma. Se trata de instituciones que dependen directamente del Padre General de los Jesuitas y para las que nombra a un delegado. Entre ellas se encuentran, además de la Curia General, la Pontificia Universidad Gregoriana, el Pontificio Instituto Bíblico, el Pontificio Instituto Oriental, el Observatorio Vaticano, así como diversos Colegios Internacionales y Residencias.

Entre 1996 y 2004 fue Superior Provincial de los Jesuitas en Venezuela. Anteriormente había sido coordinador del apostolado social en este país y director del Centro Gumilla, un centro de investigación y acción social de los jesuitas en Venezuela.

El P. Arturo Sosa cuenta con una larga trayectoria de dedicación a la docencia y la investigación. Ha desempeñado diversos cargos y funciones en el ámbito universitario. Ha sido profesor y miembro del Consejo Fundacional de la Universidad Católica Andrés Bello y Rector de la Universidad Católica del Táchira durante 10 años. Especialmente ha ejercido la investigación y la docencia en el campo de las ciencias políticas, en diferentes centros e instituciones, como la Cátedra de Teoría Política Contemporánea y la Cátedra de Cambio Social en Venezuela en la Escuela de Ciencias Sociales. Ha sido investigador en el Instituto de Estudios Políticos de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela y, en la misma universidad, profesor de la Escuela de Estudios Políticos en la Cátedra de Historia de las ideas Políticas de Venezuela. En 2004 fue profesor invitado por el Centro para Estudios de América Latina de Georgetown University, en Estados Unidos y fue profesor de la Cátedra de Pensamiento Político Venezolano de la Universidad Católica del Táchira. Ha publicado diferentes obras, especialmente sobre historia y política venezolana.

La elección del Padre Sosa como Superior General era una de las principales tareas de la Congregación, no obstante, el trabajo aún no ha terminado. Ahora los delegados se centrarán en asuntos relacionados con la misión, el gobierno y el estado de la Compañía de Jesús. En las próximas semanas se trabajarán distintos temas que van desde el cambio demográfico, los retos en los ministerios globales, la ecología, el reto de la pobreza o la violencia.

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Sí, sí, Bob, el Grande, lo ha ganado

Resulta que en tiempos de Unamuno, Valle o Galdós, le dieron el Nobel a Echegaray y a Jacinto Benavente. Y un tal Sully Prudhomme le ganó el premio al mismísimo Tolstói, que escribió una tal Guerra y paz y Anna Karenina. Y vamos, a mi me parece que entonces, ante tales casos mortíferos, no hubo un degollamiento público tan cruento como el actual. Me resulta vomitivo lo que he oído en la radio desde ayer, y lo que he leído en muros y en Twitter. Es una vergüenza y una estupidez de calibre. Veréis, Dylan es tan bestialmente grande que le ha hecho un favor al Nobel, sin mencionar que ya antes ganó el Pulitzer, el Príncipe de Asturias y el Grammy. Es un mito viviente allende toda esta mediocridad e idiotez. De veras, he leído críticas a Dylan proponiendo autores cuyas obras enteras no valen lo que una línea de Like a rolling stones Blowind in the wind ¿A qué viene tanta indignación? ¿De verdad me vais a decir que Dylan estaba compitiendo con Borges, Kafka, Joyce, Proust, Rilke, etc.? 

El caso es que le han dado un más que merecido Nobel, por leyenda. Joderos.

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