Sobre los contenidos arcanos y esotéricos en el mensaje de Jesús

Recientemente un buen amigo me escribía para compartir diferentes reflexiones sobre un pasaje concreto de los evangelios. Me invitaba a extraer de él todas las relaciones esotéricas y arcanas que se me ocurriesen. Parte de mi respuesta es el mensaje que aquí publico, que creo es oportuno compartir pues es este un tema recurrente en muchas personas que desean acercarse al mensaje de Jesús desde diferentes y creativos enfoques apartados de las herramientas que ofrece la Iglesia y su tradición.

No cabe duda de que la Iglesia como organismo socio-jurídico ha cometido innumerables atrocidades; es innegable que a partir de Constantino el cristianismo “bajó de categoría”, y de que en la Edad Media se cayó víctima de mucha superstición. Esto nos despierta a muchos cierta sospecha hacia ella, y preferimos tomar las riendas del asunto en lo que respecta al mensaje de Jesús, pensando que nuestro juicio es más válido que el de esta matriz eclesial que ha hecho gala de tanto mal y perversión.Conocemos bien la historia, y creo que ningún cristiano con dos dedos de frente te negará esto; misa tras misa pedimos al Señor en el rito de Comunión que no tenga en cuenta nuestros pecados, sino la fe de su Iglesia, y esta conciencia, creo, la redime.

Empero, con todo, para quienes rechazan la figura canónica de la “definición dogmática” puede servir de reflexión la necesidad histórica (patente en las larguísimas crisis doctrinales de la Iglesia [monofisismo, arrianismo, ofitas, modalismo, docetismo…] con serios riesgos de tergiversar la figura y praxis de Cristo) de obtener un mínimo de certezas en materias tanto delicadas como complejas (ej: la interacción humana con la gracia). De no ser por la honda reflexión de los teólogos, articulada y refrendada por los concilios, lo que entenderíamos hoy como la base de la fe sería nada certero; incluso el perfil de la divinidad podría haberse trastocado, pues cada época habría dado lugar a pensadores demasiado originales que habrían aportado modificaciones tan sustanciales a la idea de Dios (como pasa en el hinduismo) que lo que tendríamos hoy sería una idea totalmente trastocada, o, como en el islam, el nivel de reflexión sobre lo divino no habría pasado del nivel de especulación filosófica (ya que lo vivo de Dios se revela en la fe, la razón tan sólo alcanza abstracciones de tipo “primer motor” aristotélico).

Es decir, que gracias a la Iglesia, construida sobre la sangre y huesos de los mártires y fundamentada sobre la reflexión teológica, es que hoy podemos conocer lo genuino de la fe y del mensaje original de Cristo, cuyas palabras y obras han tenido el resultado de consolidar en la historia una obra concreta y consistente (la Iglesia), unos criterios ciertos que, gústele a quien le guste, disgústele a quien le disguste, han resultado válidos para todos los tiempos en medio del continuo naufragio de las filosofías del hombre (¿qué fue de los ideales “libertarios” de los 60?) y un paradigma práctico capaz de orientar al viviente durante dos mil años, que se dice pronto. Y aunque no obedezca a las modas y vigencias posmodernas decir esto, se comprueba continuamente que quien se orienta por ellos construye, y quien se aleja de ellos destruye, como hacen patente los grupos de presión marxianos y liberales.

Yendo ya al grano de la cuestión. No existe la dicotonomía “exotérico vs esotérico” en el mensaje de Cristo. Insistiré mucho aquí porque es importante entender esto. El Dios neotestamentario que interpela no es un dios esotérico, escondido tras las nubes del Horeb, ni un numen henoteísta del clan que escoge a unos pocos adeptos “elegidos”, sino el Padre que interpela tanto a justos como pecadores con misericordia.

Incluso en la preparación veterotestamentaria, el Dios de los padres y el Yahvé mosaico poco tienen de especulación teogónica (y menos de especulación filosófico helenística, ni del hieratismo idealista y antinatural de los númenes mesopotámicos y egipcios, producto de teólogos, ni de la naturaleza mítica de los de Ugarit y Anatolia o la abstracción de un Ahura Mazda o de un [bien aristotélico] Allah): el Dios de Israel es dialogante, dinámico y activo. No parece un abstracto dios “pensado”, sino una entidad personal, viva y práctica que se vertebra revelándose en la historia del hombre y que está al tanto de la praxis y vigencias del momento.

Lo mismo con Jesucristo, cuyo discurso resulta de lo menos salvífico si se analiza desde las categorías helénicas  de “salvador” (soter , de ahí la palabra sotería y esoterismo), tan sólo hay que compararlo con los discurso del Poimandres o de Hermes Trimegisto. Hasta los discursos de los profetas son más narrativos, vivos y orgánicos. Los discursos presentes en oriente (aun helenísticos) incluso los de un Apolonio de Tiana prometen revelaciones arcanas, frecuentan categorías de “misterio” que jamás aparecen en los labios de Jesús (a lo sumo en Mc  4, 11 y tan sólo a nivel redaccional), tampoco aparece en las epístolas, salvando las que surgen en un contexto helenístico y arcano del NT fuera del Apocalipsis, como casos muy puntuales de Col, Cor, Rom y Tes.

Jesús el de Nazaret no dice nada que suene metafísico ni a iniciático (la metafísica es una invención natural del hombre para comprender planos inasequibles de realidad; no la crea Dios); y únicamente en dos pasajes ( Mc 13 y Mt 25) se tratan temas apocalípticos (y por eso está en discusión la autofanía de dichos paisajes), en todo caso estos discursos  apocalípticos hablan del presente del hombre (especialmente Mt 25 que acentúa las obras de misericordia) y en Mc 13 habla de la catástrofe ya demasiado inminente de la destrucción del templo y del reino judío que ocurrirá dentro de 40 años, y no de un “fin del mundo”, sino secundariamente.

La praxis de Jesús tiene como objeto las relaciones sociales y el hombre, o a sus discípulos en relación con los demás: “no juzguéis”,  ”perdonad”, “compartid”, “dad”, ”amad”, sin discriminación de clases o etnia alguna. Ni si quiera se puede hablar de un discurso moralizante, sino de un discurso moderno que invierte las vigencias sociales del momento y proclama la igualdad de todos los prójimos sin distinción de edad, sexo o rango, y pone especial acento en los pobres, los oprimidos, los perdidos, los enfermos,  los niños, etc., para quienes anuncia un perdón totalmente gratuito y absoluto: se trata de una amnistía al entrar al “Reino”.

Y decir que es igual a un discurso ideológico moderno tipo marxiano es una retroproyección inverosímil: el de Jesús se diferencia de estos en que carece en absoluto de ideología. Va directo a rehabilitar al hombre, no a una escuela o filosofía. Otro elemento inimaginable más del discurso de un enviado divino (y menos de una persona divina): que enseña a liberarse del dolor y la esclavitud no por revolución y violencia sino asumiendo humanamente el sufrimiento del hombre: “yo os aliviaré… porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

Todavía hay quien defiende que unas supuestas experiencias teofánicas de tiempos remotos (hablamos del s. XVIII a.C) y casi legendarias no sirven de argumento para defender segura y verdaderamente la fe en el Dios de los padres, desde donde arranca la revelación bíblica. Pero se da la curiosidad con este Dios (nuevamente) de que no hay otros episodios en la historia que hayan conducido a una transformación tan radical de las relaciones humanas humanizadas sino estos, y los demás acontecimientos y discursos relacionados con ellos han seguido una línea absolutamente coherente a partir de estos a lo largo de los milenios, luego ha de concluirse (“Ockham en mano”) que estos episodios teofánicos, diesen como se diesen, fueron totalmente reales y supusieron una transformación de la historia real; acontecimientos totalmente atípicos a la época, pues no responden al politeísmo vigente del momento ni al trato deshumanizado en auge de aquellos tiempos. Nuevamente, tales mensajes difícilmente se le ocurrirían a alguien de su época.

Y en cuanto al caballo de batalla tan citado por lares anticristianos, a saber, la “represión sexual”, ha de tenerse en cuenta que ni la moral sexual aparece en el discurso de Yahvé ni en el de Jesús, sino esporádicamente en temas muy puntuales (como el adulterio, que es un problema más jurídico que psicológico), ni se trata de un tema fundamental en los tratos humanos (salvo cuando la persona humana es utilizada indignamente como un objeto). Que en lo sexual, como en todo, los comportamientos han de vehicularse y modularse, evidente, y sólo los utópicos de la promiscuidad pueden afirmar que todo está permitido, según nos plazca, y que sólo hay “tabúes”  y “mitos” arbitrarios en contra de esta promiscuidad. Se trata de una actitud obviamente infantil y marginal que no ha logrado quemar etapas que ya tocaban  (aunque bien profesada por muchos adultos), que a Jesús, y por ende a quien le sigue, ha de inspirarle más compasión que ira.

Por último, es menester decir que resulta lamentable estos temas inspirados por movimientos helenístico (stoa, gnosis…) y el maniqueísmo, hayan gozado de enorme difusión por la cuenca del Mediterráneo (hablamos del s. III) y esculpieran una buena parte de la mentalidad antropológica cristiana. Y también es de lamentar (obispillos carcas) que se frecuenten en la modernidad estos temas tan vehementemente y se obvien asuntos más centrales y urgentes, a saber, la justicia social, la dignidad el hombre y su libertad.

Todos estos datos tan sólo los arrojo porque invitan a la reflexión: todo apunta a que el mensaje del Mesías es un discurso único, que se revela con paradojas pues siempre escoge lo más discreto, lo más débil y lo más periférico para manifestarse, todo lo contrario de la naturaleza oral y devoradora humana, y es razonable pensar que efectivamente se trata de una revelación divina pues no se adecúa ni por asomo a la forma mentis  vigente de la época, como hemos visto.

Lo más sorprendente del mensaje de Jesús es que nunca obvia al hombre, a diferencia de los discursos de los místicos y demás fundadores de religiones. En ningún momento habla de metafísica  de la divinidad ni del culto que le sea debido (Moisés, Zaratustra, Confucio, Mahoma…), ni de ascéticas o eucologías como las del Buda (o Shánkara). Sólo el amor y la misericordia conjungan al hombre y al Padre.

Nada sabe a ideología en su mensaje, como ocurre con otros fundadores, ni siquiera se comporta como tal (y en todo caso lo que hace es aclarar la voluntad del Padre patente ya en la ley). Ni tampoco se deja encasillar en las vigencias categoriales del momento, como sí ocurre con todas las figuras religiosas. Se ubica “por encima” de las categorías limitadas humanas. Bien tuvo oportunidades de presentar cosmogonías complejas y jamás lo hizo. Ni tampoco enseñó su mensaje con mitos (y su consiguiente lenguaje simbólico), como sí lo hace Platón. Más bien su discurso resulta prosaico y siempre fundamentado en la cotidianidad humana.

En lugar de mitos y simbologías iniciáticas, Jesús se expresa con parábolas de escenas y situaciones totalmente cotidianas con el fin de interpelar a todos, de investir un cambio de actitud y de reenfocar al oyente hacia el proyecto del Reino y la consecuente relativización de las vigencias egoístas mundanas con respecto a este horizonte plenificante.

Por último, sin detenernos mucho aquí, además, sólo anotar que la mencionada dicotonomía “esotérica-exotérica” es producto de ciertas metafísicas que no son capaces de relacionar lo uno (presocráticos, Vedanta, etc.) y lo múltiple (dialécticos, etc.). El cripto-advaita metafísico de Guénon es un claro ejemplo de ello, y es normal que finalmente terminara por convertirse al mono-teísmo aristotélico del Islam. La dicha dicotonomía no es sólo una insuficiencia metafísica, comprende además una profunda incomprensión epistemológica sobre cómo interactuamos y conocemos, una incompletitud teológica y un obstáculo mistagógico; pero no me detendré aquí como dije.

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Amar desmesuradamente: reflexiones sobre Mateo 5, 38-48 (7º Domingo del Tiempo Ordinario)

“Oísteis que fue dicho: “Ojo por ojo y diente por diente”. Mas Yo os digo: no resistir al que es malo; antes bien, si alguien te abofeteare en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Y si alguno te quiere citar ante el juez para quitarte la túnica, abandónale también tu manto.  Y si alguno te quiere llevar por fuerza una milla, ve con él dos. Da a quien te pide, y no vuelvas la espalda a quien quiera tomar prestado de ti”.

“Oísteis que fue dicho: “Amarás a tu prójimo, y odiarás a tu enemigo”. Mas Yo os digo: “Amad a vuestros enemigos, y rogad por los que os persiguen, a fin de que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace levantar su sol sobre malos y buenos, y descender su lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿Los mismos publicanos no hacen otro tanto? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis vosotros de particular? ¿No hacen otro tanto los gentiles?

Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Nos propone hoy el evangelio dos antítesis,  “se les dijo pero yo les digo”, haciendo referencia a ley del talión, una forma de regular la venganza que se consideraba necesaria y que no debía pasar a una violencia aún mayor. De alguna forma no se quería que el más fuerte devolviera por el mal recibido más del que había sufrido, porque tuviera más fuerza o más poder. Y la última no sólo pasa por no devolver el mal sino por amar al que te lo hace.

Es una de las páginas más lapidarias del evangelio.  Para unos es una exageración, para otros un reto. Para muchos un motivo de burla (“sí, ponle la otra mejilla”). Para otros una actitud vital, con a que se ganaron batallas de dignidad, y son motivos de orgullo para la humanidad, (Gandhi, Luther King, etc.).

A veces pareciera que la verdadera dimensión cristiana está aún por estrenar. La cristiandad ha construido miles de templos, ha  llevado la cruz a todos los rincones del orbe, ha elaborado sumas teológicas como para hundir un barco. Ha creado leyes y costumbres oficialistas que regulan todas nuestras acciones, ha recorrido el mundo entero en busca de nuevos cristianos. Ha sido extremadamente exigente con relación a algunas normas y leyes, y resulta que el único principio esencialmente cristiano está completamente olvidado,  sin repercusión alguna en nuestras vidas. Pareciera que se nos ha colocado el listón tan alto que hemos optado por olvidarnos de él y pasar tranquilamente por debajo.

El amor a los enemigo forma parte fundamental del seguimiento de Jesús, de la mística cristiana. Es una forma de instalarse en el mundo siendo capaces de tener un estilo característico, una forma de relacionarnos con los demás que genera una persona nueva y un mundo nuevo.

Es verdad que el perdón, el devolver bien por mal, el amor a los enemigos, es un listón alto, que sólo puede conseguirse si  nace de la unión con Dios que Jesús tenía. Cierto es que la relación con Dios nos ayuda a ir caminando hacia esas cotas de perfección cristiana a la que Jesús nos invita y a la que todos somos llamados. Es cierto que es difícil en nuestro día a día ponerlo en práctica, pero sólo desde la vida concreta es posible que genere cotas de humanización en nuestro pequeño mundo y en la aldea global.

El amor a los enemigos, querer a quienes nos hacen daño, rezar por aquellos que nos producen dolor y sufrimiento es el principio para hacer un mundo distinto. Es el entrenamiento para un cambio entre las relaciones entre las personas. Es la gran oportunidad para la paz.

Jesús es consciente  de la dificultad. Vivía en una sociedad donde la venganza era norma, era la defensa del honor y de la casta, por lo tanto no pecaba de ingenuidad cuando nos comunicaba este mensaje. Lanza la propuesta y nos invita a comenzar por aquellos que nos dañan. El proceso es lento. Pero el Padre que es amor nos enseña a hacerlo porque hace llover sobre todas y todos. El Padre Nuestro nos reta, ya que le pedimos que nos perdone como nosotros perdonamos. Quizás el camino nos resulte un poco más llano si colocamos nuestra cabeza en el corazón de Dios. Sólo de Él puede nacer esa fuente de paz.

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El Trino del Diablo, por Tartini

…o también Sonata para violín en sol menor, es una sonata para violín de Giuseppe Tartini, famosa por ser cuasi-imposible de tocar, aún hoy en día. Según los expertos, es el mejor tema de Tartini.

Una noche, en el año 1713 soñé que había hecho un pacto con el diablo a cambio de mi alma. Todo salió como yo deseaba: mi nuevo sirviente anticipó todos mis deseos. Entre otras cosas, le di mi violín para ver si podía tocar. ¡Cuán grande fue mi asombro al oír una sonata tan maravillosa y tan hermosa, interpretada con tanto arte e inteligencia, como nunca había pensado ni en mis más intrépidos sueños! Me sentí extasiado, transportado, encantado: mi respiración falló, y desperté. Inmediatamente tomé mi violín con el fin de retener, al menos una parte, la impresión de mi sueño. ¡En vano! La música que yo en ese momento compuse es sin duda la mejor que he escrito, y todavía la llamo el “Trino del Diablo”, pero la diferencia entre ella y aquella que me conmovió es tan grande que habría destruido mi instrumento y habría dicho adiós a la música para siempre si hubiera tenido que vivir sin el goce que me ofrece.

(Giuseppe Tartini, en Voyage d’un François en Italie)
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Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy, por Karl Rahner

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San Ignacio por Lau Feliu, basílica de Santa Maria del Mar

Una cosa, sin embargo, sigue siendo cierta: que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios. Y vuestra pastoral debería, siempre y en cualquier circunstancia, tener presente esta meta inexorable. Si llenáis los graneros de la conciencia de los hombres únicamente con vuestra teología erudita y modernizante, de tal modo que, a fin de cuentas, no haga sino provocar un espantoso torrente de palabras; si no hicierais más que adiestrar a los hombres en un eclesialismo que les convierta en súbditos incondicionales del «establishment» eclesial; si en la Iglesia no pretendierais más que reducir a los seres humanos al papel de súbditos obedientes de un Dios lejano, representado por una autoridad eclesiástica; si no ayudarais a los hombres, por encima de todo eso, a liberarse definitivamente de todas sus seguridades tangibles y de todos sus particulares conocimientos, para abandonarse confiados en aquella incomprensibilidad que carece de caminos prefijados de antemano; si no les ayudarais a hacer realidad esto en los momentos definitivos y terribles de «impasse» que se presentan en la vida y en los inefables instantes del amor y del gozo y, por último, de un modo radical y definitivo, en la muerte (en solidaridad con el Jesús agonizante y abandonado de Dios), entonces, a pesar de vuestra pretendida pastoral y de vuestra acción misionera, habríais olvidado o traicionado mi «espiritualidad».

Y como todos los hombres son pecadores y miopes, por eso mismo, pienso yo, vosotros, los jesuitas, habéis caído muchas veces en este olvido y en esta traición a lo largo de vuestra historia. En no pocas ocasiones habéis defendido a la Iglesia como si ésta fuera lo definitivo; como si la Iglesia, cuando es fiel a su propia esencia, no fuera, a fin de cuentas, el lugar en el que el hombre se entrega silenciosamente a Dios, sin preocuparse ya de lo que éste quiera hacer con él, porque Dios es precisamente el misterio incomprensible, y sólo así puede ser nuestra meta y nuestra felicidad. Debería deciros ahora expresamente a vosotros, secretos y reprimidos ateos de hoy, de qué manera puede el hombre encontrarse directamente con Dios hasta llegar, en esa experiencia, al punto en que Dios se hace accesible en todo momento (no sólo en ocasiones especiales de carácter «místico), y todas las cosas, sin necesidad de desvirtuarse, le transparentan. A decir verdad, debería hablar de cuáles son especialmente las circunstancias más adecuadas para dicha experiencia (si se desea que éstas resulten, ante todo, nítidas), circunstancias que en vuestra época no tienen por qué ser siempre las mismas que traté de establecer en las «Anotaciones» de mis Ejercicios, aun cuando también estoy convencido de que los Ejercicios, tomados casi al pie de la letra, podrían ser aún más eficaces que algunas de las «adaptaciones» que, aquí y allá, están hoy de moda entre vosotros.

Debería dejar bien claro que el provocar una experiencia divina de este tipo no consiste propiamente en indoctrinar sobre algo previamente inexistente en el ser humano, sino que consiste en tomar conciencia más explícitamente y en aceptar libremente un elemento constitutivo y propio del hombre, generalmente soterrado y reprimido, pero que es ineludible y recibe el nombre de «Gracia», y en el que Dios mismo se hace presente de modo inmediato. Quizá debería deciros (aunque pueda resultar cómico) que no tenéis motivos para correr como desesperados sedientos en pos de las fuentes orientales de la auto-concentración, como si ya no hubiera entre vosotros fuentes de agua viva; aunque tampoco tenéis derecho a afirmar altaneramente que de aquellas fuentes sólo puede manar una profunda sabiduría humana, pero no la auténtica gracia de Dios. En este momento, sin embargo, no puedo seguir hablando de estos temas. Vosotros mismos habréis de reflexionar sobre ellos, habréis de seguir buscando y experimentando. El verdadero precio que hay que pagar por la experiencia a la que me refiero es el precio del corazón que se entrega con creyente esperanza al amor al prójimo.


RAHNER, K., Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy, Sal Terrae, Col. Aquí y ahora, 1990, pp. 10-11

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Hacia una ecología integral, por Joan Carrera y Llorenç Puig

es202El último cuaderno de Cristianisme i Justícia ya está aquí, escritos por los jesuitas Joan Carrera, médico y téologo, y Llorenç Puir, físico y teólogo, dos tíos geniales a los cuales vale la pena conocer:

“No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental”. A partir de esta tesis central en la Laudato si’, el cuaderno nos presenta las ideas y valores nucleares de la encíclica y nos propone una superación del dilema justicia/medioambiente, lucha contra la pobreza/cuidado del planeta. El camino hacia una ética ecológica integral se convierte así en la única solución posible al callejón sin salida al cual nos ha llevado el actual sistema de producción y consumo.

¡No dejen de leerlo!

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Reflexiones sobre Mateo 5,13-16: “vosotros sois la luz del mundo” (Quinto domingo del tiempo ordinario)

Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Hoy da comienzo el quinto domingo del tiempo ordinario, y el evangelio nos trae dos parábolas que son un empujón a salir, a arriesgarnos a tener accidentes y ensuciarnos. Acaba el sermón del monte y Mateo continúa en este discurso de Jesús con dos parábolas sencillas pero hondas, que nos ubican en el corazón del mensaje cristiano. No podemos ser otra cosa que sal y luz. Vivir el Reino de Dios, seguir a Jesús, es ser sal y luz. La sal y la luz son dos cosas distintas pero tienen algo en común: no podemos entenderlas sin un contexto, sin estar en relación con otras cosas. La sal no se sala a sí misma. Ni la luz puede iluminar si no hay oscuridad o un cuerpo que se interponga ante ella; la luz ilumina por contraste. La sal da sabor si se disuelve en la comida y desaparece, y sólo cuando desaparece, cumple su función. En ese anonimato, ese disolverse en lo otro, la sal da la chispa a la comida. Y no se necesita mucha, su exceso rompe el sabor, y sola, por sí misma, la sal no se puede comer, es venenosa. La sal y la luz nos hablan de una forma de estar-en-el-mundo, una forma de estar siendo una chispa en esta sociedad cargada de oscuridad, tinieblas y sin sabor a verdadera Vida.

Dos cosas me sugieren estas parábolas. Por una parte parece que Jesús nos hace una petición bien concreta y particular. No nos dice que seamos como la luz o como la sal. Nos dice que somos la sal y que somos la luz. Nos invita a estar en la sociedad y ser un referente, a zambullirnos en sus oscuridades y sin-sabores del devenir de este mundo, y nos invita serlo en cada momento de la historia que nos ha tocado vivir. Ser capaces de aportar algo que la sociedad que en sí misma no tiene y que por sí misma no puede conseguir, y eso que se aporta es el mensaje de un Reino, que es un don, un regalo que relativiza las vigencias y las modas de este mundo al mostrar un futuro de liberación y plenitud que se vive aquí y ahora (se vivencia la eternidad en el tiempo), tal y como anunció Jesús.

En la luz está el trasfondo del profeta Isaías (58,7-10) que escuchamos en la lectura de hoy, donde “romperá tu luz como la aurora”. Ser luz es ser semilla de liberación, semilla de solidaridad, motivo de esperanza, de fe en que el bien y el amor triunfan en un final que paradójicamente se da ahora en la definitiva oferta que Dios nos ofrece (no imperativamente) al salir a nuestro encuentro por amor.

Por otra parte, vivimos una gran responsabilidad, el proyecto de Dios está en nuestras manos, somos las manos de Cristo, Jesús se hace prisma en Nosotros, su Espíritu, para presentar el Reino de Dios como sal y de luz. He dicho su Espíritu en el cual nos hemos bañado. ¿Hacemos creíble el reinado de Dios nosotros hoy? No basta sólo con imitar a Jesús. Eso es muy fácil. El reto es identificarse plenamente con el Cristo. Negarnos para ser Cristo. Ser luz y ser sal es hacer presentes, ahora, los planes de Dios para la humanidad. Ser luz y ser sal es traer el futuro para enseñarlo y hacerlo creíble. Vengan y vean, saborearlo. Ser luz y ser sal es convertirnos hoy en motivos de esperanza y hacer creíble el evangelio, anunciar que es posible vivir siendo hijos de Dios y siendo hermanos y hermanas en comunión de amor libre. Ese es el mensaje principal de fe-esperanza-caridad del cual optamos por ser signos.

Cada uno estamos llamados a ser un evangelio viviente. Tenemos esa vocación de plenificarnos amando a Cristo, amor que se realiza amando al prójimo; así es como se anuncia la Palabra, amando y siendo sabrosos a los demás prójimos. Con una vida santa demos sabor a los diversos panoramas, liberemos de la corrupción, como hace la sal, que purifica y conserva. Ganamos la Vida dándola al prójimo. Llevemos la luz de Cristo con el testimonio de una caridad genuina y desnuda. Con sencillez, vacíos pero plenos. Porque así empezó la Iglesia, como un grupo de trovadores que llevan por los pueblos la música y las fiestas.

Ser luz y sal con algo que se llama Evangelio, buena noticia, es también música y fiesta. Ese es el estilo de Jesús, el festejo y la alegría de saberse amado y no poder evitar ser transformado por este amor que nos sostiene.

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Pienso, luego…

Para Descartes, el hecho mismo de que soy pensante —o de que puedo dudar de que estoy pensando— es prueba de mi existencia. Respondiendo a los escépticos de la época, Agustín de Hipona dirá, equivalentemente, “fallorsum” (“si me equivoco, soy”) (XI, 26).

El discípulo de La Féche buscaba de manera “clara y distinta” un primer principio para basar su filosofía —ya no de base ontológica, sino gnoseológica, patentizándose así un giro antropológico en la historia de la filosofía—, concluyendo que la proposición “pienso, luego existo” es claramente cierta. ¿Pero de dónde viene ese “yo” y a qué hace referencia? El pensar ciertamente ocurre, pero lo único que se prueba aquí es que el pensar existe.

El fundamento del pensamiento no es “yo soy” —resulta demasiado simple y específico concluir ésto—, sino que “algo es”, o que el “Ser es“. El Ser es aquello en lo cual no puede haber distinción entre lo que es y el hecho de que (realmente) sea lo que es; es decir, donde esencia y existencia coinciden, aquello cuya naturaleza es e x i s t i r. Todo lo demás (lo contingente) existe sobre ese trasfondo de n e c e s i d a d, principio que contiene ya toda posibilidad. Y el pensar humano esta enraizado en esta aprehensión intuitiva de participación en la luz increada del intelecto divino para con la esencia de la creación.  Es en virtud de este horizonte de nihilidad (donde hay algo en vez de nada) desde donde contemplamos la melodía de la naturaleza, la huella de Dios expresada en la creación, el Logos fundamentando la p r o g r a m a c i ó n  o idea (morfé) de la materia (hyle), es decir, la forma de ser de las cosas, su razón de ser que fundamenta el principio de no contradicción (donde el ente es lo que es y no es otra cosa).
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Con todo, ¿qué pasa con el “yo”? Mi “yo” depende para su existir de ese mismo ser (acto puro). Lo que es por sí mismo, el Ser, debe por tanto ser un “Yo”, un sujeto absoluto, dado que mi yo es un sujeto relativo en tanto que depende de (esta en relatividad con) otras cosas para poder ser, a saber: yo no me doy la existencia, la recibo. (Y más razón hay para considerar a este fundamento de mi yo como un sujeto si tenemos en cuenta que el efecto es expresión de su causa). El Ser es el “Yo” que subyace en las profundidades de mi yo. Es la presencia real que fundamenta nuestros sujetos. Cuando Dios muestra teofánicamente su nombre a Moisés como “Yo soy” (Éx 3, 13-15), se patentiza la identidad trascendental del ser como sujeto trascendente. El bache cartesiano que divide al “yo” y a la acción que manifiesta su existencia (en el pensamiento) queda trascendida. El primer acto del ser es también el fundamento del “Yo” real. Esta mordedura vertical de las cosas (porque atraviesa lo patente llegando a lo latente) desvelada en el sapiencial “Yo soy” veterotestamentario nos ofrece una clave para escapar del inmanentismo y de cualquier intento de agotar el Logos en la razón. Es la llave, además, para dialogar con la sabiduría perenne de oriente, donde el Atman se identifica con Brahman. (No entendido como que el yo humano es divino, sino que el Yo trascendente y realmente real, satyam, —Yo soy— es el único ser completo, acto puro independiente, que se refleja en todo lo demás que es por dependencia, mythia.  No es que seamos Dios, sino que Dios es el centro de todo, inclusive nuestro centro. Existo porque todo tiene un centro y nada existe independiente a éste; es éste y no otro el mensaje de la creatio ex nihilo del Génesis, que el mundo depende de Dios para existir, que recibe la existencia de un fundamento, no por necesidad sino por ek-sistencia de un ágape, y no una complejísima cosmología de categorías espacio-temporales helénicas totalmente ajenas al horizonte del hagiógrafo que  n a r r a  la creación como tan ha menudo se interpreta ineptamente).
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El pronombre “Yo” también implica relacionalidad. Un “Yo” sólo existe en relación con un no-yo. Mi propia noción de identidad se despierta y patentiza cuando otro me llama. Así, cuando un yo nace, también lo hace un tú, generándose una comunidad de personas en el nosotros. Por lo tanto el nombre divino “Yo soy” despierta un Tú idéntico, generándose una comunidad relacional donde Nosotros somos. Esta es la semilla que más tarde se revelará como la Trinidad en la Palabra encarnada.  Acaso sea ésta una de las claves para comprender el paso de la oración, motivada por nuestras propias fuerzas, a la contemplación, que es una gracia o regalo como explica Juan de la Cruz: el momento en el que dejamos de orar para ser oración es el momento donde nos descubrimos s i e n d o  orados como el “” de un intimísimo y simplísimo Yo soy.

Es la aprehensión del ser, la realidad, lo que fundamenta a la filosofía en vez del yo propuesto por Descartes, como dirá la Fides et Ratio de Juan Pablo II (VII, 76):

La filosofía moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.

De manera menos técnica, podríamos decir que son la fascinación y la curiosidad ante la maravilla del mundo lo que nos hace cuestionarnos el porqué de las cosas, indagar sobre quiénes somos, pistoletazo de salida de toda religión y filosofía.

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L’experiència religiosa a la quotidianitat

Me ha parecido idóneo rescatar esta entrevista a Xavier Melloni SJ, teólogo, antropólogo y fenomenólogo de las religiones, donde nos comparte sus intuiciones sobre la espiritualidad vivida desde la cotidianidad y la sencillez, la diferencia entre espiritualidad y religión, la llamada universal del hombre a encontrar la plenitud de su ser en el monacato interior, el problema de agotar lo religioso con la adhesión a una ideología identitaria o creencia, la diferencia entre la vida religiosa reglada y no reglada, la diferencia entre ídolo e icono, la vida religiosa para una persona no religiosa o la diversidad religiosa del mundo contemporáneo entre otros muchos temas.

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Reflexiones sobre Mateo 4, 12-23

Al enterarse de que habían detenido a Juan, Jesús se retiró a Galilea. Dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: ¡País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos!. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombra de muerte una luz les brilló (Is 8,2)-Desde entonces empezó Jesús a proclamar:- Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios.

Caminando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos: a Simón, el llamado Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando una red de mano en el mar, pues eran pescadores. Les dijo:- Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Pasando adelante vio a otros dos hermanos: a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en la barca poniendo a punto las redes, con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús fue recorriendo Galilea entera, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la buena noticia del reino y curando todo achaque y enfermedad del pueblo.

Con este texto da comienzo el tercer domingo del tiempo ordinario. En él se tratan la misión en Galilea y varios temas a modo de índice que marcan las pautas del texto que hemos leído. Veámoslas:

  • El lugar: Jesús sale del desierto y se dirige a Cafarnaúm, una aldea modesta. Pero no es eso lo más significativo: es un lugar abierto al mar, fértil en vegetación, puerto de multiculturalidad y pluralismo en contraste con la Galilea de los gentiles. Se demarca una distancia con respecto a Juan, un hombre del desierto. En Jesús se descubre un nuevo horizonte, como una luz liberadora de las tinieblas. Mateo demarca intencionalmente estas diferencias espacio-temporales significativas.
  • Su predicación: la conversión, el cambio, la metanoia, ya que el Reino de Dios está cerca, y en aquellas circunstancias se daba una oportunidad de oro para encarnarlo, por eso dejan las redes, porque no hay tiempo que perder: el momento ha llegado. El Reino no es un asunto individual ni reducido a un único pueblo. El Reino es libertad en comunión y esperanza en relación. El escenario que se escoge para comenzar esta predicación hace referencia a esta universalidad. El Pueblo de Dios lo constituyen todos, no unos pocos elegidos, y  el cambio de horizonte anunciado por Jesús señala a un Dios cercano que quiere ser buena noticia para todo el mundo.
  • La invitación al seguimiento: Jesús crea grupo, crea comunidad para caminar juntos, para hacer buena noticia entre todos, para ser referente de esperanza en compañía de él: no estamos sólos. El Reino de Dios es un  p r o y e c t o   c o l e c t i v o  pues nos habla de un Dios padre y de una filiación en fraternidad universal fundamentada en el Amor. Y en este amor existe una clara opción preferencial hacia los que no pueden y no cuentan. Y esta invitación al seguimiento supone una praxis de liberación, de sanar heridas, de inyectar amor por doquier. Así termina el texto elegido por la Iglesia para orar en comunidad este domingo: un itinerario que resume la praxis del Mesías.

Jesús es lo mejor que tenemos en la Iglesia. Es luz que guía. Con él somos comunidad, en él tenemos la confianza absoluta de que el Reino esta en medio de nosotros, porque el Reino es r e l a c  i o n a l Por él somos elegidos, por él sanamos enfermedades, luchamos por quitar las dolencias de nuestro pueblo, entre él somos bueno noticia. Somos catalizadores de su mensaje de liberación

Es innegable que existe una crisis de identidad que genera una crisis religiosa. No sabemos quiénes somos. Y en esta crisis resulta escandaloso —e incluso indecoroso—  p o s i c  i o n a r s e  sin ambigüedades como creyentes (lo que no implica intolerancia hacia la ambigüedad), pues se sospecha de este mensaje de esperanza salvífica, como si adoptarlo supusiera un lavado de cerebro a una ideología más. Y en esta crisis podemos, o bien desarrollar un síndrome de víctimas perseguidas, hacernos los incomprendidos,  o bien  d e t e r m i  n a r n o s  a ser hombres y mujeres que expresan con su fe en un mensaje liberador de Jesús el modo de una praxis que proponga libertad y humanidad, una praxis que invista de sentido y horizonte a aquellas personas que hoy viven perdidas por confundir el ser con el tener, o que viven incluso a la sombra de la muerte, una praxis de consecuencias no definitivas pero sí definitorias para la historia

Pero para esto hay que perfumarse continuamente con el “bálsamo” de Jesús. Embutirse lo suficiente en su mensaje para convertirnos en signos de liberación y llenar de entusiasmo a quienes nos rodean.  Y este “contagio” no se consigue precisamente promulgando el rezo del rosario en familia —como si tal cosa supusiera una mediación ex opere operato— ni enfatizando apariciones marianas. Es necesario que se creen comunidades, grupos y propuestas que sepan dar respuestas concretas a los signos de los tiempos actuales, y para ello no queda otra que ser místicos de ojos abiertos que, a la luz del mensaje de Jesús, disciernan aquellas realidades y estructuras socio-económicas que no contribuyen a la venida del Reino.

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Reflexiones sobre Juan 1, 29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.” Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.”

Entramos en el segundo domingo del tiempo ordinario con la lectura de este evangelio. Cuando Juan habla de “mundo” no está hablando de la tierra que amamos, ese gran obsequio de Dios. Ni habla tampoco de lo que puede resultar alegre, divertido. No tiene nada que ver con eso, comos si fuera algo malo y desagradable a Dios. El “mundo” para Juan va de otra cosa. Es este mundo tal cual nosotros los seres humanos lo hemos organizado. Donde unos pocos tienen mucho y la mayoría casi nada. Donde unos pueden vivir a todo tren, en países donde el bienestar y el confort son la prioridad, mientras otros gritan y se agarran desesperados a las alambradas de nuestras fronteras y contemplan cómo derrochamos, mientras ellos mueren como moscas de frío o se calientan al fuego que se mantiene a base de plásticos que intoxican. El “mundo” aquí es ese lugar donde la diversión y la comodidad de unos pocos se hacen a costa del hambre de muchos… No podemos olvidar nuestro grado de complicidad en todo eso. Ese es el mundo del que habla Juan.

El testimonio de Juan el Bautista tiene varios elementos a tener en cuenta. Ve en Jesús al Cordero de Dios, y esto no lo tenemos que entender desde la perspectiva expiacionista o retribucionista que paga un rescate por todos, ni el siervo sufriente y padeciente, o estas cosas tan piadosas. ¡Que no! Es el cordero pascual, símbolo clarísimo de la l i b e r a c i ó n, del éx-tais, de la salida de la esclavitud. Juan ve en Cristo la liberación más plena. Su propuesta de vida tiene, si la asumimos, la capacidad de cambiar el mundo. Porque sus valores tienen que ver con el amor, la solidaridad, la entrega, la generosidad, la deferencia hacia los demás. Sobre todo los más empobrecidos y marginados de la sociedad. Su propuesta va de amar al prójimo, que es bien difícil la mayoría de las veces, pero que cuando lo conseguimos, cuando finalmente logramos amar de verdad, nos purgamos y liberamos, y por algún misterio nos sentimos como más auténticos, como más h u m a n o s. Qué paradoja que algo “alienígena” como el mensaje de Jesús, que viene de fuera, nos humanice, nos haga capaces de preocuparnos más por el prójimo y nos invita a superar nuestras limitaciones y todo lo que nos ata. (No es coincidencia que los que más se han adecuado con el ideal humanista de super-hombre hayan sido precisamente las personas de fe).

Ahora sí que se entiende mejor eso de que “quita el pecado del mundo”. No habla de los pecados individuales. ¡Que no! Nos habla de un sistema de referentes individualista, de la cultura que se nos impregna deshumanizante, la cultura con los valores de este mundo. Jesús con su mensaje y su p r a x i s, y digo praxis porque no hay nada de metafísico, ni de gnóstico, ni de ascético en lo que dice Jesús, sino que es un mensaje totalmente vivencial que nos ofrece otra mentalidad con valores humanizantes. Nos invita a entrar en la dinámica del Reino, que no es otra cosa que ver el Amor eterno en lo temporal y finito (como cuando vemos las cosas con un trasfondo), y esta eternidad en lo temporal hace que nos salgamos de la cultura del pecado del mundo, como si desarrollásemos una actitud de “atención flotante” que nos hace ver las cosas “desde lo alto”.  Jesús es el hombre sobre el que se ha posado el Espíritu de Dios, el aliento de Dios que crea y da vida por amor. “Y todo era bueno”, nos dice el Génesis. Toda la fuerza de Dios en Jesús se convierte en principio transformador para esta tierra, donde el mundo de Juan es sustituido por el Reino de Dios. Es un nuevo relato de nacimiento que nos invita a hacer misión, que nos invita a vivirlo desde las entrañas

Y es el que bautiza con el Espíritu. Jesús nos transmite la Vida de Dios. Dios entra en la historia, en Jesús, porque somos importantes para Dios. Dios no se rebaja, Dios nos dignifica en Jesús de Nazaret, por medio de Jesús recibimos la vida divina. Dios se hace humanidad para que la humanidad viva la vida de Dios. Y el bautizador, Juan, testimonia a Jesús como el Hijo de Dios: aquél en quien se ve al rostro de la divinidad, como se nos había adelantado ya en el Prologo: “a Dios nadie lo ha visto jamás”. El Hijo único que es Dios, y que está en el seno del Pare nos lo ha dado a conocer.

Toda pregunta que nos hagamos sobre el Dios invisible encuentra su respuesta visible en Jesús. No tenemos que mirar al cielo donde la mirada se pierde en el infinito. Ni tenemos que preguntarle a los filósofos para que nos digan cómo y quién es Dios, ni enfrascarnos en prácticas ascéticas, ni si quiera hay que hacer teologías. ¡Qué no! Miramos a Jesús. El transparente rostro de Dios. Y por Él, con El y en Él, amamos a Dios, abbá, “papá”. Y esto es la fe. No es adherirse a unos dogmas y doctrinas, porque si así fuera no estaría al alcance de todos ni fuera atemporal. No: es jugársela y dejarse i n t e r p e  l a r por el mensaje de Jesús y llevarlo a la praxis. Y luego ya se verá qué pasa.

Y la clave sigue siendo el Espíritu, que es como una dinamo que nos insufla entusiasmo y nos invita a vivir la Vida de Dios, que es Amor, fortaleciéndonos contra la mentalidad del mundo, y en este “contraste” entre el trasfondo de Amor eterno y el individualismo contingente de un mundo sin Dios se genera el “discernimiento” y la “llamada” a hacer algo, y la certeza de que el Amor todo lo puede. Por eso hay que confirmarse, aferrarse al bien objetivo que es la liberación en Jesús. Y por eso hay que comulgar, para m e d i c a r n o s contra el mal de este mundo que nos hace perder el Amor por el prójimo y la Esperanza del Reino. Hay que amar al prójimo, pero de verdad, ¡a los que nos humillan e insultan también! Es la fuerza de Dios la que nos inspira (porque viene del Espíritu) en cada momento para ir escribiendo nuestro evangelio, para ir poniendo nuestros pequeños pies tras las huellas que el Hijo de Dios dejó, y que nosotros pisamos y caminamos en un paisaje distinto, en otros tiempos con otros sistemas de referentes donde el Reino de Dios, la buena noticia, tiene que hacerse carne, liberación, perdón y solidaridad. Necesitamos acercarnos al Espíritu de Dios, a ese personaje que anima la Vida de la Iglesia, y que tenemos un poco abandonado los cristianos.

Es tiempo del Espíritu. Hay que vivir en el Espíritu. Hoy más que nunca hay que hacerlo y tenemos que recuperar el sacramento de la Confirmación, recibir de forma consciente el Espíritu para que él nos transmita la vida de Cristo, y como Juan, dar testimonio de Él. Él es propuesta de liberación para los hombres y mujeres de hoy. Hay que ser luz y signo ante los valores y mentalidades deshumanizantes de este mundo, que los hay, que hay mucho mal objetivo, aunque muchos defiendan eso de que “vivimos en un mundo genial”.

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Falleció el pasado 10 de enero Gonzalo Puente Ojea. D.E.P

gonzalo puente ojea

Falleció a los 92 años. Imagino que a la mayoría de españoles les dará igual porque ni sabrán quién este señor. Total, ¿para qué vamos a conocer a nuestros intelectuales? Hace unos meses le mencionábamos de pasada por aquí. Puente Ojea fue un laicista radical y militante. Fue un diplomático de la Santa Sede, a lo mejor acabó allí porque Felipe González quería tener vigilada a la Iglesia, quién sabe.

Por supuesto que estoy en una longitud de onda totalmente alejada de la de este señor, pero ello no implica que admire su obra —la cual no conozco en profundidad— desde la más genuina honestidad intelectual (por lo menos conoce mejor la Biblia que muchísimos cristianos).  Como el profesor Piñero, que publicó una sustancial noticia sobre su muerte en su blog. 

En fin, que descanse en paz este señor. Rezaré por él, y no para chincharle, claro, sino por amor.

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Sueños, de Akira Kurosawa

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Sueños (1990) es un film de Akira Kurosawa compuesto por ocho sublimes cortometrajes  —de veinte minutos de duración cada uno— basados en los propios sueños del cineasta. Las historias reflejan la relación del hombre con el mundo a través de episodios sobre la infancia, el arte, la muerte, la espiritualidad, el colapso de la civilización y la ecología. El film está constituido por ensoñaciones dispersas y fragmentadas, independientes, pero hiladas entre sí por un anhelo existencial (angustias y añoranzas), además de ser reflejo de los cambios experimentados en Japón a lo largo del siglo XX. Sin duda alguna es una obra maestra de este genio del cine.

Uno de los cortos posee un especial interés mitológico y folclórico: La luz del sol a través de la lluvia.  Este corto esboza una vieja leyenda en Japón, en la que cuando el sol brilla a través de la lluvia, los zorros celebran sus bodas. En este primer sueño, se nos muestra a un niño que desafía el deseo de una mujer —quizás se trate de su madre— de quedarse en casa durante un día lluvioso como estos. Escondido tras  un gran árbol en el bosque cercano, el niño atestigua de la procesión lenta del kitsune —palabra japonesa para zorro—, siendo éste un tipo de yokai o “espíritu” o “demonio” propio de la mitología y folclore animista de Japón . Para su desgracia, es descubierto por los zorros y escapa. Cuando trata de regresar a casa, la misma mujer le dice que un zorro había venido a la casa, dejando una pequeña espada. Agrega que esto significa que el niño debe suicidarse porque los zorros están enfadados con este observador no deseado. La mujer pide al niño que vaya y pida el perdón de los zorros, aunque sabe que son implacables. Así que el niño se pone en camino en las montañas, bajo un arco iris, hacia el sitio donde está la casa del kitsune. Este es un fragmento de dicho corto donde se muestra a estos yokai en acción.

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Reflexiones sobre Mateo 3,13-17 (último día de Navidad)

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: – «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. » Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: – «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto»

Hoy se acaba el tiempo de Navidad, y mañana empieza lo que la Iglesia llama el tiempo ordinario: treinta y cuatro semanas siguiendo la vida, las palabras y los milagros de Jesús de Nazaret.

Este bautismo se nos muestra como otra epifanía, otra manifestación del Misterio de Dios que se revela en Jesús. Mateo utiliza todos los recursos literarios en las teofanías de los relatos que acompañan a la tradición profética para hablarnos de esta manifestación. No son meras palabra sino signos: se nos habla del cielo que se abre, de la bajada del Espíritu y de la voz que se oye desde lo alto. La fuerza del relato tiene unas palabra pronunciadas con fuerza y con solemnidad: tú eres mi hijo amad en quien me complazco. Y esa vida de Hijo está alentada por el Espíritu que desciende sobre el Ungido. Es la fuerza de Dios que anida de forma total y absoluta, transparentando al Dios de la vida en la historia concreta. Es la fuerza del Espíritu la que nos esculpe y  ese Espíritu es el que debe acoger el Pueblo de Dios para “hacer nuevas todas las cosas”, comprometiéndonos con nuestra historia y preocupándonos por los más marginados y oprimidos. Recuperar el bautismo es vivir profundamente religados a nuestro fundamento, Dios, desde la experiencia de la comunicación absoluta con Él recuperando la apertura del Espíritu, esa dinamo muchas veces olvidada por la Iglesia; aquél que alimenta nuestra vida y la vida del Pueblo de Dios. Recuperar el Espíritu que se nos da en el bautismo y en la confirmación es devolver al Pueblo de Dios su fuerza creativa, hacer patente el proyecto de Dios para este mundo, su Reino, en el que cada uno de nosotros entrega su vida.

¿No podríamos hablar de este hecho del nacimiento del verdadero Jesús, el Cristo, por obra del Espíritu? Aquí se recalca la importancia de nuestra iniciación, de nuestra incorporación como hijos de un Dios que se revela como Amor, y ante el cual nos posicionamos como representantes de su proyecto liberador y salvífico. Nacemos a la Vida por la fuerza del bautismo porque este patentiza el seguimiento de Jesús que ejemplifica precisamente que la Vida se gana dándola.  El bautismo no es un ritual supersticioso donde el niño o la niña queda protegido de todo mal. El bautismo es abrirse a esa iniciación en el espacio de Dios y de su sueño para con nosotros. Es el comienzo de un encarnar el proyecto de Dios en una persona, que le va a llamar Padre y a la cual se la educará para posibilitar que esa paternidad genere fraternidad.

Es necesario recuperar ese Espíritu del bautismo donde tomamos en serio eso de que Dios, nuestro fundamento, es tan cercano y esencialmente amoroso que nos ama en tanto que Padre y que desea que esta filiación se universalice en sus criaturas en un proyecto de fraternidad.

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Juan Martín Velasco, filósofo. La puerta abierta de la mística

Juan Martín Velasco —autor del cual ya hemos hablado en otro momento— se ha dedicado a la enseñanza de la fenomenología de la religión durante varias décadas. Es además sacerdote y doctor en filosofía y considerado por muchos un experto en mística.

Rescato esta entrevista sobre mística y espiritualidad que le hicieron en abril del año pasado y que destaca por su tono divulgativo y sencillo. Esta cita de su libro El encuentro con Dios (p. 8) quizás resuma muy bien los contenidos de ésta:

La relación teologal cristiana (o la confianza absoluta), la fidelidad a la alianza judía, la sumisión incondicional (Islam) musulmana, la “realización” de la identificación Atman-Brahman en el Vedanta advaita, la bhakti de las corrientes hindúes más “personalistas”, el nirvana o extinción del sujeto en el budismo theravada y la sabiduría contenida en el taoísmo chino, es decir, las grandes formas de realización de la relación religiosa me parecen coincidir en un doble movimiento de transcendimiento de sí mismo, de descentramiento radical del sujeto, que le otorga el recentramiento (la salvación) en el más allá absoluto de sí mismo para el que el hombre está hecho, por el que siente una nostalgia y un anhelo irreprimible, pero con el que no puede coincidir por su propio esfuerzo y al que lo mejor de sí mismo le invita a consentir.

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Reflexión de Mateo 2,1-12: feliz επιφάνεια (epifanía) a todos

Vivimos en una época que habla del Dios lejano y silencioso, que aun en obras teológicas escritas por cristianos habla de la “muerte de Dios”, en una época de ateísmo, que no nace simplemente de un corazón perverso, impío y rebelde, sino que es la interpretación desacertada de una experiencia humana muy auténtica y difícil… Para tener el valor de aceptar esa manifestación silenciosa de Dios como el verdadero misterio de la propia existencia, se necesita evidentemente algo más que una toma de posición racional ante el problema teórico de Dios, y algo más que una aceptación puramente doctrinal de la doctrina cristiana. Se necesita una mistagogía o iniciación a la experiencia religiosa que muchos estiman no poder encontrar en sí mismos, una mistagogía de tal especie que uno mismo pueda llegar a ser su propio mistagogo. Mientras uno no haya captado la evidente indecibilidad de la referencia de su existencia, consciente e impuesta, al misterio absoluto que llamamos “Dios” y que se nos manifiesta, no ha comprendido todavía lo más elemental de esa mistagogía

Estas palabras de Karl Rahner cobran especial relevancia en nuestros tiempos, y es quizás hoy un día adecuado para reflexionar sobre ellas. Si nos conformamos con un mundo meramente material, con lo inmediatamente dado por los sentidos, con lo fáctico y lo inmanente, si no aceptamos que somos constitutivamente seres abiertos a la infinitud, si confiamos en nuestra propia autosuficiencia —por muy valeroso, honesto y loable que esto sea—, tarde o temprano habremos “tocado techo” como persona, agotando el mundo en que se ha de seguir viviendo, produciéndose así estados depresivos, y que enfrascados en lo inmanente, en lo dado, tratamos de superar insistiendo en triunfar y en hacernos con más cosas, “con más de lo mismo”. Todo el que tenga dos dedos de frente y capacidad de auto-observación se moverá por y enfrente de las cosas pronto superándolas y haciéndose inmune a sus cantos de sirena.

La radical y constitutiva tendencia del ser humano de tender al infinito —desbordando espíritu—, guiada por el “deseo incolmable” de Lacan, vas más allá del “mundo de las cosas”, lo tras-ciende,  y ningún saber, ni científico, ni filosófico, ni artístico pueden amueblar el mundo, hacerlo sabroso y vivible completamente. Las ciencias no, porque se ocupan de las “cosas dadas”, estudiando sólo la horizontalidad del ente, descartando su dimensión fondal: la deja sin resolver (nada de cuestionarse lo último). La filosofía, presenta problemas que mantiene irresolutos sistemáticamente en su status viatoris. El arte, que patentiza la necesidad de una vivencia más fuerte, más “lumínica”, nos la sugiere pero no nos lo da.

El hombre requiere otra vía mas directa, eficaz y especifica para poder superar el mundo de las cosas, algo que le dé efectivamente ese infinito que, sin conocerlo, añora, pues, en su devenir por el mundo lo solicita y se le escapa, se le insinúa y se le esconde, y le deja solamente con su vacío deseante de más y de “otra cosa”: de infinitud.

Y en esta insinuación se nos sugiere, se nos muestra un horizonte de infinitud que no terminamos de captar jamás: se nos desvela una epifanía. Como la montaña que necesita de un horizonte para dibujarse, horizonte que nunca terminamos de “captar”. Ese anhelo de infinito, ese comenzar a leer el mudo de las cosas desde un trasfondo de infinitud, ese horizonte de estrellas fue el acontecimiento religioso —pues religa (san Agustín, Zubiri) y hace re-leer (Cicerón)— que vivieron, vieron y celebraron los Sabios de Oriente, y es la invitación que hoy nos hace el Pueblo de Dios con la lectura del evangelio según san Mateo (2,1-12):

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Esta manifestación del niño de Dios no se agota en Israel: a este horizonte de liberación estamos llamados todos.

Dios se nos hace presente, y su aparición, su epifanía, no es nada llamativa: se muestra como indefenso y pobre recién nacido. Hoy es día de dejarnos sorprender por esa luz que nos sugiere la presencia de Dios. ¿En dónde reconocemos ese “rastro” de luz? Si somos capaces de rastrear estos “signos de Dios”,  mostremos deseo de adorar y de entregar lo mejor de nosotros para Él.

Hoy es el día de los que buscamos a Dios. De los que se ponen en camino sin mirar atrás. Los que abandonan seguridades. Y los que andan buscando siguen un rastro, una estrella. Es una actitud de peregrinaje,  de salir de lo habitual, de saltar. Que los magos nos regalen ese deseo de éx-tasis, de salir de nosotros mismos, de no acomodarnos, de descubrir la novedad. Dios se hace presente de un modo distinto, sacándonos y poniéndonos en la búsqueda.

Felices éxtasis en este día de presencias.

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