Historia de las primeras comunidades cristianas

Saludos, queridos compañeros. Hoy les traigo la continuación de nuestro pequeño taller sobre evangelios sinópticos y Hechos. Esta vez trataremos sobre la historia de las primeras comunidades en hechos. Veamos qué tal.

Siguiendo como criterios el contexto nacional de Palestina y el internacional del Imperio romano, podemos dividir el tiempo de la Iglesia primitiva en las siguientes etapas:

  • del año 30 al 40: anuncio del Evangelio entre los judíos.
  • del 40 al 70: expansión misionera de la Iglesia en el mundo griego.
  • del 70 al 100: organización y consolidación de las comunidades eclesiales.

Nosotros nos fijaremos más en la primera y segunda etapa.

1. Del 30 al 40: El anuncio del Evangelio entre los judíos

Comienza con Pentecostés y termina con la crisis causada por la política del emperador Calígula (años 37-41) y con la persecución de los cristianos por parte del “rey” Herodes Agripa I (años 41-44).

Disponemos de muy poca información del comienzo de las comunidades cristianas.

Veamos algunos aspectos de esta etapa.

Vivencias, tensiones y escritos de las comunidades en esta época

La mayoría de los cristianos en esta época eran casi todos judíos que habían aceptado a Jesús como el Mesías e Hijo de Dios. Inicialmente se los veía como uno de los movimientos de renovación en el interior del judaísmo. Formaban pequeñas comunidades entorno a las sinagogas, al margen del judaísmo oficial. Crecían en número y se iban expandiendo por Palestina y buscaron nuevas formas de organización con animadores y misioneros. En esta época sobresale la figura del diácono (Hch 6,2-6).

La primera evangelización corría a cargo no sólo de los doce sino también de los misioneros ambulantes. De ellos se nos habla en los evangelios, caracterizándoles la austeridad de vida y la confianza en la providencia y el tener el mismo poder de sanar que Jesús (cf. Mt 10,5-10; Lc, 10,2-9). Dicha evangelización se solía concentrar en el anuncio de la llegada del Reino de Dios y en la proclamación del llamado ‘kerigma’: proclamación de la muerte y resurrección de Jesucristo el Señor (cf. Hch 2,22-36; 3,14-15; 4,10-12; 10,38-43).

Todavía no existían escritos del Nuevo Testamento; tan sólo había aquellas tradiciones orales que corrían de boca en boca de los dichos del Señor y de testimonios oculares. La Biblia de los primeros cristianos, como era lógico, era la Sagrada Escritura de los Judíos (lo que llamamos nosotros el Antiguo Testamento). Ellos leían y releían las Escrituras para poder descubrir y comprender mejor el cumplimiento de las antiguas profecías en Jesucristo. Jesús resultaba para ellos la nueva y definitiva clave para comprender el proyecto salvador de Dios en la historia de la humanidad. También recordaban los gestos y palabras del Maestro que les servían de orientación y de animación en la marcha de las comunidades recién nacidas (cf. Hch 10,38; 11,16). El recuerdo y la transmisión tenían su fuerza en el testimonio de aquellos que habían sido testigos oculares y habían convivido con el Maestro, “desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado a los cielos” (Hch 1,21-22).

Ya en esta etapa aparecen divergencias en el seno de las comunidades que ya aparecían en el judaísmo y que con el tiempo se fueron acentuando.

  • Por un lado existía el grupo del diácono Esteban, vinculado a los judíos en la diáspora (vivían en comunidades fuera de Palestina). Eran más abiertos a la cultura griega y, por tanto, menos judaizantes. Con esta actitud hacían una lectura diferente de las Escrituras. Muestra de ello es el discurso de Esteban ante los judíos que causará su muerte (cf. Hch 7,1-53).
  • Por otro lado estaba el apóstol Santiago y los hermanos-parientes de Jesús. Estaban más ligados al modo de pensar de los judíos de Palestina. Defendían la fidelidad a la ley de Moisés y a la tradición de los antiguos (cf. Mc 7,5; Gal 1,14).

En la primera persecución contra los cristianos, el grupo de los de Esteban es el que más sufrió; a los demás, nadie les tocó. En las etapas posteriores, estas diferencias se fueron acentuando.

El cambio de coyuntura

Un hecho imperial produjo un cambio coyuntural. El emperador Calígula, enfermo de megalomanía, decidió imponer el culto a su persona como si de un dios se tratara haciendo erigir una estatua suya en todos los templos romanos y de las demás religiones. En el año 39 dio la orden de introducirla en el templo de Jerusalén. Lo cual generó protestas y una fuerte revuelta entre los judíos. Con la intervención de Herodes Agripa fue retrasada dicha imposición, suspendiéndose definitivamente con el asesinato de Calígula en el año 41. Le sucede el emperador Claudio que nombrará rey de toda Palestina a Herodes Agripa. Éste, a su vez, procuró evitar todo brote de rebelión entre los judíos. Quizás éste fue el motivo por el que empezó a perseguir las comunidades cristianas. Queda recogido en Hch 12,1-3. Herodes morirá de un modo horrible en el año 44 (cf. Hch 12,23). Palestina pasará después a ser una provincia romana más gobernada por un procurador romano residente en Cesarea Marítima.

La influencia de dicha coyuntura sobre la vida de las comunidades cristianas

Estos hechos acontecidos desde el año 39 con el decreto de Calígula hasta la muerte de Herodes Agripa en el 44, afectaron y trajeron muchas causas al pueblo judío. Con el procurador romano en Cesarea Marítima sintieron el poder amenazante de Roma más cerca, generando mayor malestar. Propició un mayor sentimiento antirromano y facilitó el surgimiento de movimientos subversivos de corte nacionalista y apocalíptico (v.g. zelotas) y por tanto, aumentaron las divergencias dentro de los mismos judíos.

Todos estos hechos cambiaron el cuadro político, repercutiendo también en las comunidades cristianas. Política y religión se mezclan y dificulta la convivencia entre los cristianos.

  • Por un lado se acentúan las tendencias “conservadoras” del grupo de Santiago y los parientes del Señor con una mayor observancia de la ley de Moisés y tratan de evitar el contacto con extranjeros (Gal 2,11-13). Serán los que sufran ahora la persecución de Herodes Agripa (Hch 12,1-3).
  • Por otro lado, personas como Bernabé y Pablo, seguidores de la línea de Esteban, no se sienten bien en la comunidad de Jerusalén y salen hacia las comunidades judías de la diáspora, lejos de los tumultos y revueltas de Jerusalén.

La crisis provocada por este cambio de coyuntura favoreció la misión fuera de Palestina, impulsada por el Espíritu Santo. Comienza una nueva etapa.

2. Del año 40 al 70: La expansión misionera en el mundo de cultura griega

En poco tiempo, más o menos 30 años, el Evangelio se extiende por todo el Imperio Romano y penetra en casi todas las grandes ciudades, incluso en Roma. Esta etapa durará hasta el 70 en que, tras las guerras judías, será arrasada Jerusalén por los romanos y con ella su templo.

Veamos algunos aspectos de este periodo.

La transición

Esta será una época de una tremenda expansión misionera en todo el imperio romano imbuido de cultura griega. Pablo y sus compañeros llegarán a recorrer alrededor de 16.000 Km. en su anuncio del Evangelio. Se enfrentarán a muchas dificultades en sus viajes (2Cor 11,25-26) y por mantenerse fieles al mensaje.

Esta es una fase de lenta y difícil transición: de oriente a occidente; de Palestina hacia Asia Menor, Grecia e Italia; del mundo cultural judío al mundo cosmopolita de la cultura griega; del mundo rural al urbano; de comunidades que nacieron entorno a las sinagogas a comunidades más organizadas entorno a la ‘casa’ (oikós) en las periferias de las grandes ciudades.

Este paso está marcado por una fuerte tensión entre los judíos que abrazaron el cristianismo y los nuevos que procedían de otras etnias y culturas. Esto implicaba una profunda transformación, querida y prevista por Cristo, y que habría de ser impulsada por el Espíritu Santo.

En este periodo las comunidades toman conciencia de su propia identidad. Sin embargo, los primeros que notaron algo diferente no fueron los miembros de las comunidades, sino los otros. El pueblo de Antioquia fue el que percibió la diferencia entre los judíos y los que creían en Cristo. Fue el primer lugar en que empezó a usar el término ‘cristiano’ para distinguirles (Hch 11,26). A partir de entonces la comunidad empezó a tomar conciencia de esta identidad.

Misioneros y misioneras

La información que tenemos de esta época la obtenemos de Hch y de las cartas de San Pablo. Dicha información es buena pero limitada pues hablan fundamentalmente sólo de Pablo y de la expansión de las comunidades en Asia Menor y en Grecia. Informa muy poco de otros misioneros y misioneras y de otras comunidades florecientes del norte de África, de Italia y de otras regiones mencionadas por Lucas (Hch 2,9-10). Tampoco se informa suficientemente de las comunidades de Siria y Arabia, cuyo centro era Antioquia (comunidad que compitió en autoridad e influencia con la de Jerusalén).

Si Lucas habla únicamente de Pablo en la segunda parte de los Hch (Cap. 13—28) es porque se veía en Pablo como un símbolo y un modelo de todos los misioneros de esta época. Por otro lado, Lucas deja claro que Pablo recibe ayuda de muchos amigos, mujeres y hombres, y que también a veces Pablo continuaba la labor evangelizadora que otros habían iniciado antes. Tenemos varios ejemplos de esto: Priscila y Aquila iniciaron una comunidad en Corinto antes de la llegada de Pablo (Hch 18,1-4); también Apolo, procedente de Alejandría (en África), llegó a Éfeso y predicó allí antes que Pablo (Hch 18,24-28); y también en Roma había varias comunidades previas a su llegada (Hch 28,15; Rom 1,11-15; 16,1-16).

Por supuesto, estaban los demás apóstoles del Señor pero apenas sabemos de ellos. Hch nos habla en los primeros capítulos de las actividades iniciales de Pedro (Hch 9,32—12,17). Además surgieron los siete diáconos de los que habla Hch 6,5, de los que sólo conocemos algo de la actividad de dos de ellos: Esteban (Hch 6,8—8,2) y Felipe (Hch 8,5-8.26-40). Incluso había responsables, varones y mujeres, en algunas comunidades de otras regiones (Hch 14,23; 16,13-15). Finalmente habría que nombrar un número considerable de misioneros anónimos de toda edad y condición que anunciaban aquí y allá el Evangelio con su vida y su testimonio en todos los ámbitos de la sociedad y de la vida cotidiana.

La actuación de las mujeres

La presencia y actuación de las mujeres en esta etapa son fundamentales. Es cierto que el papel de la mujer en la sociedad de aquél momento era muy limitado. Se reducía al ámbito de la vida familiar y a la organización interna de la casa. No obstante hemos de recordar la importancia de las comunidades que surgieron en el corazón de la casa (‘oikía’). Era el lugar donde se reunían habitualmente, más que en lugares públicos. Hay varios ejemplos: la casa de Priscila y Aquila tanto en Roma (Rom 16,50) como en Éfeso (1Cor 16, 19); en casa de Filemón y Apia en Colosas (Flm 2); en casa de Lidia en Filipos (Hch 16,15); en casa de Ninfa en Laodicea (Col 4,15). La creación de las “iglesias domésticas” posibilitó una mayor influencia y participación de la mujer.

La carta a los romanos nos presenta un ejemplo interesante. Pablo recomienda a Febe, al servicio de la Iglesia en Cencreas (Rom 16,1s). También recuerda y agradece a otras mujeres que han colaborado tanto en la evangelización: María, Junias, Trifena y Trifosa, Pérsida, la madre de Rufo, Julia, etc. (Rom 16, 1-16).

Todos estos datos nos muestran el lugar que ocupaban las mujeres en funciones importantes dentro de la vida y organización de las primeras comunidades. El N. T. habla con naturalidad de mujeres que son discípulas (Hch 9, 36), diaconisas (Rom 16,1), colaboradoras en Cristo Jesús (Rom 16,3), compañeras o apóstoles (Rom 16,7) y que hacen favores a muchos (Rom 16,2.3.6.12).

La condición social de los primeros cristianos

En 1Cor 26 se nos habla de ello: no era gente rica, ni poderosa, ni muy culta. Posiblemente habría también gente más o menos rica o de clase media. En Corinto, la mayoría eran de la periferia de la ciudad. Entre ellos también había esclavos destinados a la servidumbre (1Cor 12,13; Ef 6,5; Col 3,22; Flm 10).

En la carta de Santiago se nos habla de la gran cantidad de pobres que había en la comunidad (Sant 2,2-9; 5,1-5).

También Pablo refleja un problema que surge en la celebración de la Cena del Señor donde los más pobres corren el peligro de ser marginados (1Cor 11, 20-22).

En la primera carta de Pedro se ve cómo la comunidad estaba formada por inmigrantes y extranjeros (1Pe 1,1; 2,11).

Lectura, relectura y escritos en las comunidades

Es en este periodo cuando surge la mayoría de los escritos que nosotros llamamos Nuevo Testamento. Las Escrituras del A. T. ya no bastaban para iluminar las nuevas situaciones de las comunidades. Se hace, pues, un esfuerzo para poner por escrito la Buena Noticia de Jesús, la nueva experiencia de los cristianos y las soluciones a los nuevos problemas coyunturales.

Pablo escribirá varias cartas en esta época para animar a las comunidades. También de este tiempo es la carta de Santiago. Los nuevos escritos eran guardados, añadidos a la lista de los libros sagrados de la Escritura y leídos en la asamblea. Empezaron a ser considerados también Palabra de Dios. Esto nace de la conciencia que tenía las comunidades de creyentes de tener un nuevo acceso a Dios a través de Jesucristo.

A la vez, continúa el esfuerzo por recoger las palabras y obras de Jesús. En torno al año 45, surge la colección de “Los Dichos de Jesús”, que más tarde fue utilizada para elaborar los evangelios. Al final de este periodo, en torno al año 70, se concluye la redacción del evangelio de Marcos.

Cambio de coyuntura por causa del Imperio Romano

En el año 68, a consecuencia de la política del emperador Nerón, el imperio se desmorona con guerras civiles y revueltas. Surgen varios pretendientes como emperadores y se suceden con breves tiempos. Al final vence Vespasiano.

En este tiempo, varios acontecimientos provocan una fuerte crisis en la vida de las comunidades:

  • la persecución de Nerón en Roma en el año 64;
  • el levantamiento de los judíos en varias partes del imperio sobre todo en Egipto en el año 66;
  • la revolución judía en Palestina (las guerras judías) en el año 68, que provocó la destrucción de Jerusalén y del templo por el general Tito, hijo de Vespasiano, en el año 70;
  • en cuanto a la vida interna de las comunidades, se sufre la muerte y martirio de los apóstoles y de los testigos de la primera generación (testigos oculares de Jesús).

Debido a estos factores de coyuntura internacional, judíos y cristianos pierden los privilegios que los judíos habían ganado ante el imperio en los siglos anteriores. Especialmente los cristianos se convierten en objetivo de persecuciones. No se trata de una persecución general sino más bien son de índole local. Las instituciones del Imperio son movilizadas contra los cristianos por los ciudadanos romanos que se sienten perjudicados en sus intereses por causa del mensaje cristiano (Hch 13,50; 14,5.19; 16,19-24; 17,5-8; 19,23-40). Mientras tanto, los cristianos viven una situación de minoría sin ninguna influencia política. Son gente sin poder.

Ante estos acontecimientos, surge una gran inseguridad entre los cristianos y algunos padecen una fuerte crisis de identidad. Esto hace que las comunidades se replieguen sobre sí mismas para poder sobrevivir. Comienza la tercera etapa.

3. Del año 70 al 100: Organización y consolidación de las comunidades

Es un periodo difícil marcado por graves conflictos y problemas. Continúa y se profundiza la lenta transición del judaísmo al mundo griego. La destrucción del templo de Jerusalén en el 70 aumenta la trágica separación entre judíos y cristianos. Se convierten en dos religiones distintas y enemigas, compartiendo escenario con otras doctrinas y religiones que invaden el Imperio romano. Todo esto es signo de la gran crisis espiritual que se vivía en la época. Esta situación afecta también en las comunidades cristianas penetrando en ellas conflictos y problemas.

Por otro lado, los cristianos, aunque continúan en crecimiento de adeptos a la fe, siguen siendo objeto de persecuciones por parte del Imperio. Al final del siglo I, el emperador Domiciano declarará “religión ilícita” al cristianismo junto con otras religiones mistéricas. La nueva situación obligó a los cristianos a revisar muchas cosas.

De este periodo son las llamadas “Cartas Católicas” (de Juan, Pedro y Judas), el Apocalipsis, las llamadas “cartas pastorales” (Timoteo y Tito) y, probablemente, las cartas de Efesios y Colosenses. En esta época se hace la redacción final de los evangelios de Mateo, Lucas y Juan, de los Hechos de los Apóstoles y Apocalipsis.

 

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