De la política, el éskhaton y la physis

El título de esta entrada puede necesitar de cierta exegesis. Aprovechando la entrada del verano me gustaría ofrecer una breve reflexión sobre la política actual. A mi juicio la escandalosa situación política, económica y social actuales, instaladas evidentemente en la crisis global, esconde una crisis moral (reflejada en la abundante corrupción) y una crisis escatológica. Los grandes relatos han quedado derrumbados en la postmodernidad produciendo un hombre desnortado, pues se han puesto en cuestión las tren grandes preguntas planteadas por Kant: la espistemológica —¿qué puedo conocer?—, la moral —¿qué debo hacer?—, y la escatologica —¿qué me cabe esperar?—.

Los movimientos altermundistas que proponen «otro mundo posible» sólo se hacen inteligibles en relación a un horizonte escatológico.

El cristianismo puede aportar tres elementos claves a una política desnortada, a saber: la hermenéutica de una lectura teologal de la realidad humana desde las víctimas de la historia, la compasión como imperativo ético[1], y la escatología como promesa de un mundo transformado (el judeo-cristianismo encarna, por excelencia, un espíritu escatológico).

Con todo, dividiré la entrada en tres partes: primero mostrando el debilitamiento escatológico de la actual política; en un segundo momento nos acercaremos a las enseñanzas políticas que posee la Biblia; en tercer lugar esbozaremos las notas de una filosofía que supere el substancialismo aristotélico en pos de una filosofía de la praxis histórica, abierta y dinámica a la luz de la propuesta zubiriana configurada por la reflexión de I. Ellacuría.

1. Escatología política

Lo terrible de la política actual no es su honda corrupción o su sometimiento al mercado global, sino su ausencia de sueños movilizadores (desesperanza).

Hoy día es indiferente al ciudadano medio votar a la izquierda que a la derech porque se percibe que ambas opciones ejercerán una política tecnocrática al servicio de intereses económicos. La ausencia de horizonte escatológico en la política afecta tanto a las propuestas igualitarias (de «izquierdas») como a las individualistas («de derecha»). Las primeras adolecen de una anorexia, pues la caída del muro de Berlín supuso simbólicamente el fracaso del «socialismo real», haciendo añiicos los sueños de igualdad, de economíaas que alimenten la justicia y la libertad, y la creación de un mundo solidario han quedado en un «purgatorio» a la espera de una nueva esperanza. Las segundas padecen de «bulimia», pues sufren de la obesidad de un capitalismo que solo pretende alimentar deseos individualistas (mientras que antañoo pretendía servir a los intereses colectivos), deseos per se incolmables (Lacan), revelándose así su engaño intrínseco.

La actual sociedad desnortada solo tiene un único horizonte escatológico al que adherirse (su «ultima esperanza»): un mercado fundamentalista revestido de características mesiánicas. Su aval escatológico es la «eficacia» de su consumismo: alimentar la codicia produce más riqueza que los modelos que prioritizan las necesidades colectivas a los deseos individuales. Y todo esto presentado como un «dogma» (leyes) irrefutable bajo evidencias «científicas»: fuera de la iglesia del mercado no hay salvación.

La posmodernidad ha deshilachado el saber y la identidad: en ella encontramos sobreabundancia tecnocráctica, fragmenos de ética, hebras de solidaridad y cuatro hilvanes de cultura. El mercado es la única «referencia» política, y en él sólo prima el consumo de bienes de consumo: el progreso científico, cultural y democrático sólo se valoran si aumentan el PIB; si no lo hacen resultan inútiles y estorbosos (como la filosofía en el bachillerato, ya casi extinta).

Esta nueva iglesia salvífica del mercado celebra la conversión de países como China, Brasil, India o Corea al «progreso consumista», sin cuestionar que mientras más progresan estas sociedades más aumentan la tasa de suicidios.

Una cultura sin humanidades tiene como efecto una cultura deshumanizada. Si se desvincula el progreso de la búsqueda de verdad, belleza, bien, igualdad y solidaridad, propia de los humanismos ilustrados, nos encontramos con una política sin horizonte de progreso y desestructurada, despojando a la política de su campo de acción de cambio eficaz: ha desaparecido la esperanza de un cambio de naturaleza política. La política actual puede resumirse por tanto como una divinización del mercado y una ausencia casi total de horizontes escatológicos.

2. Política de la escatología

Lo propio de la tradición judeo-cristiana es la convicción de que Dios interviene y se vertebra vivamente en la historia (de ahí el carácter eminentemente narrativo de la revelación tanto en el Viejo como en el Nuevo Testamento.

La promesa veterotestamentaria de una tierra que «mana leche y miel» o el anuncio evangélico de un Reino donde pobres y oprimidos serán liberados y saciados, marca horizontes escatológicos trascendentes, al tiempo que dinamizan pr´acticas políticas concretas: así, Israel saldrá al desierto tras Moisés en búsqueda de la tierra prometida, o habrá un Jesús anunciando el Reino que ha de venir dando de comer a más de cinco mil personas (Mt 14, 21).

La escatología judeocristiana hace entrar en relación el más acá con el más allá: no existe en la mentalidad bíblica dicotonomía entre lo transmundano y la historia.

El Reino anunciado es una promesa futura y al mismo tiempo una realidad ya presente. El «ya pero todavía no» paulino expresa bien el leitmotiv político de la Biblia, convirtiendo al cristianismo en una praxis capaz de gestionar esperanza, y ha de poner este carácter escatológico al servicio de la sociedad desnortada. (No hablamos por supuesto de presentar al cristianismo como un recetario doctrinal de salvacón para una sociedad a la deriva, sino de destilar el contenido sapiencial político de éste).

Es menester aclarar que la Biblia no ofrece ninguna orientación práctica sobre qué sistema político es más acorde a la voluntad de Dios.

El pueblo de Israel irá adaptando sus modelos políticos a los usos de cada época sin idealizar ninguno de ellos. Los profetas se encargarán de denunciar las realidades indignas que se oponen a un Dios que siente preferencia por el débil, el hambriento y oprimido.

Tampoco en los evangelios Jesús ofrece un modelo político definido, sino que marca un horizonte: devolver la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos y anunciar el añoo de gracia del Señor (cf. Lc 4, 18-19). Jesús indica un como: si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros (cf. Jn 13, 13-14).

La hoja de ruta política de la biblia queda marcada por un Dios que relativiza cualquier forma de poder y muestra su preocupación por los más desfavorecidos.

La Biblia esboza una utopía paradisíaca busca expresar la esperanza. Los creyentes no se acercan a estos horizontes como quimeras imposibles, sino con la convicción de una fe en su cumplimiento. Será una cursilada, pero a mi juicio está escena de El Príncipe de Egipto capta de maravilla el espíritu de lo que quiero decir:

El cristiano confía en que el bien, tarde o temprano, redimirá todo mal.

Creyente o no, todo hombre es constitutivamente escatológico, pues, como nos recuerda Laín Entralgo, el hombre «no puede no esperar». Lo mismo ocurre con las sociedades, que necesitan realizarse en relación a un horizonte utópico.

Conviene a la lógica faraónica de toda época instalar a las sociedades en una mentalidad presentista, neutralizando todo horizonte de esperanza, pues saben que este es capaz de agrietar los muros del status quo y ofrecer un futuro allende voluptuosas pirámides, de aeropuertos inútiles y de burbujas inmobiliarias. Frente a la retórica neoliberal de la inevitabilidad, las propuestas altermundistas esbozan un horizonte de lo posible y deseable. El movimiento 15-M no fue sólo la expresión de una sociedad indignada, sino de una sociedad que decidió que el futuro era cambiable. La religión es muy consciente de la importancia de horizontes escatológicos, pues nos enseña que lo que no se anuncia está condenado a la inexistencia.

Se nos podrá decir llegados a este punto que estamos navegando terrenos demasiado ideológicos, pero ha de tenerse en mente que la abstracción de la expresión utópica corre el peligro de generalizarse. Es necesario tener los pies en la tierra. Tanto políticas de derecha como de izquierda pueden aparentar estar de acuerdo en lo genérico, confesando defender la justicia, la libertad y la solidaridad. Pero es sólo bajando al escalón de lo ideológico cuando descubrimos los lobos disfrazados de ovejas.

La ideología —palabra peyorativa hoy día— sirve para actualizar y encarnar una metafísica  utópica necesariamente abstracta. Es necesario el rearme ideológico de la política, pues sin ella no tenemos material para discernir y no podemos formular hacia dónde vamos.

Con todo, realidad y esperanza son sinónimos de haber y deber. La primera anota una realidad social donde existe una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres. La segunda insiste en el «deber» social de la igualdad de oportunidades, el fin de la hambruna o el derecho a una educación gratuita y universal para niños y niñas. Tal abismo lo que hay y lo que soñamos que haya exige la puesta en práctica de la fe, tanto antropológica como religiosa, de esperar contra toda esperanza. Estas dos realidades apuntan a dos dimensiones político-religiosas: gestión y utopía.

Muestra el relato del  Éxodo , cómo Jetró, el suegro de Moisés, pronto se dio cuenta de que aquél iba asumiendo el rol de gestor más preocupado por cuestiones organizativas que por mantener viva la promesa anunciada: «os estáis matando, tú y el pueblo que te acompaña; la tarea es demasiado gravosa y no puedes despacharla tú solo. Tú representas al pueblo ante Dios, y le presentas sus asuntos; inculcas al pueblo los mandatos y preceptos, le enseñas el camino que debe seguir y las acciones que debe realizar» (Ex 18,18- 20).

Jetró entonces aconseja a Moisés que permita al pueblo escoger a unos hombres temerosos de dios para gestionar los asuntos cotidianos: «nombra entre ellos jefes de mil, de cien, de cincuenta y de veinte. Si haces lo que te digo, podrás resistir, y el pueblo se volvera a casa en paz» (v. 21).

Esto nos enseña que una política hipergestionada y sin líderes mosaicos que mantengan viva la esperanza condena al pueblo a permanecer en Egipto.

Y es que existe desde un punto de vista bíblico existen diferencias entre los sueños humanos y la promesa divina, diferencia marcada por el sujeto que la pronuncia: la promesa siempre viene de Dios, los sueños pueden provenir también de las personas (por ejemplo, despojado de su halo romántico, el «sueño lunar» de Kennedy respondía a intereses estratégicos del periodo de la Guerra Fría relacionados con los equilibrios de poder entre Estados Unidos y Rusia).

La escatología no es ingenua. Situada en la escuela de la sospecha, la Biblia nos alerta sobre las agendas encubiertas de profetas y mesías que aprovechando el río revuelto de un mundo en crisis, proponen escatologías que inflan a sus cuentas corrientes. También Jesús nos alerta contra los falsos mesías.

Con todo, es menester preguntarse por una política que tenga como protragonista al hambriento, que opte por partir su pan con él. La persistencia del interés divino por las condiciones de los más desfavorecidos debería proyectarse en el ámbito de la política secular: ¿a qué sufrimiento responde el sueño de la globalización? ¿A qué hambrientos sacia nuestra política?

Toda propuesta que no ponga al pobre y al hambriento en el centro de su propuesta puede considerarse como antagónica a la voluntad de Dios.

Pues la promesa de dios siempre está referida a la liberación del sufrimiento concreto. Es una promesa situada. La escatología Bíblica no es genérica: llama bienaventurados a los que ahora sufren la pobreza, a los que ahora tienen hambre y a los que ahora lloran (cf. Lc 6,20-21).

Cuando la teología se aleja de los lugares de sufrimiento acaba deontologizando la esperanza, convirtiendo en código de conducta faraónica lo que se anunció como itinerario de liberación; y cuando la política se aleja de los contextos de exclusión elabora escatologías elitistas preocupadas por mantener el estado del bienestar de las minorías, generando más desigualdades y riesgos de exclusión social.

Todo ello pasa recordando que el pobre es un escándalo a nivel cósmico a ojos de Dios. El quehacer político ocupa también políticas militares, financieras, educativas, internacionales, etc. Hasta el sistema capitalista más feroz dispone de su ministerio de asuntos sociales desde el que gestiona las ayudas para los más desfavorecidos. La política secular puede convivir con el porcentaje «inevitable» de exclusión social que todo sistema genera, la bíblica no.

En la «política bíblica», la existencia de un solo pobre vendido a cambio de un par de sandalias (cf. Am 2,6) pone patas arriba toda la estructura imperial, es un cataclismo de niveles cósmicos que amenaza la estabilidad mundial.

La «política bíblica» toma partido por los últimos, no es imparcial; exige estructurar la organización de la convivencia social desde la atenci´on prioritaria a las necesidades y demandas de los más vulnerables.

Y ello nos sirve para recordar que el Dios bíblico es el Dios de la histria abierta: está actuando continuamente en la historia: el Dios bíblico es el Señor de la historia, y su intervención muestra que la historia es transformable, no está predeterminada.

Como afirma I. Ellacuria en Filosofía de la realidad histórica, (pp. 447-448), si no captáramos a Dios interviniendo en la historia

no lo captaríamos como el Dios pleno, rico y libre, misterioso y cercano, escandaloso y esperanzador; sería captado como el motor de los ciclos naturales, como paradigma de lo siempre igual, que puede tener un después, pero no un futuro abierto y en ese sentido como impulsador de y tal vez fin o meta de una evolución necesaria. Pero Moisés acude a Yahvé y a las acciones de Yahvé no para reiterar lo mismo, sino para romper con el proceso, y es por esta ruptura del proceso donde se hace presente en la historia algo que es m´as que la historia. [. . . ] la naturaleza puede ser escrutada cada vez más tanto en la lejanía del pasado originario como en la profundidad de sus elementos, pero esa naturaleza está ya dada e incluso su evolución está fundamentalmente fijada, mientras que la historia es el campo de la novedad, de la creatividad, pero un campo donde dios solo puede revelarse «más» si se hace efectivamente «más» historia, esto es una historia mayor y mejor que lo que ha sido hasta ese momento

Los milagros muestran precisamente una realidad abierta, malebale y no predeterminada.

Y con ello podemos hablar de una política bíblica definible como escatopraxis: los milagros anticipan en el aquí y ahora histórico una promesa divina que será realidad plena al final de los tiempos.

Los milagros anticipan y señalan como posibilidad plena la promesa del Reino. Pero no ha de intepretarse esta escatopraxis como un mero transplante del Reino de los cielos aquí en la tierra, sino como la creación de condiciones favorables para aceptar el don del Reino, de posibilidades que permitan el nacimiento de una realidad histórica nueva. Esta es una de las grandes notas que la religión aporta a una política que busca reforzarse escatológicamente: la política ha de planificar acciones que buscan «anticipar el futuro».

Llegado a este punto cabe preguntarnos cómo podemos anticipar el «otro mundo posible» anhelado: ¿cuánto da la realidad de sí misma? No caben respuestas apresuradas ante tal pregunta, ni valen recetillas revolucionarias superficiales.

A nuestro juicio, la edificación de una realidad alternativa pasa por la elaboración de un nuevo paradigma político que 1) reconstruya «el mito del progreso» más allá del concepto de modernización; y 2) que asuma críticamente el éskhaton de la globalización desde la atención a la multiculturalidad.

En la filosofía de la «realidad histórica» de Ignacio Ellacuría encontramos muchas posibilidades de formular un nuevo paradigma política que conjugue praxis y trascendencia y considero de especial relevancia para la situación actual de España. Para Ellacuría, la «realidad histórica» abarca todas las demás formas de realidad (material, biológica, personal y social) y es el ámbito donde todas esas realidades «dan más de sí».

En la realidad histórica se nos da no sólo la forma más alta de la realidad sino también el campo abierto de las máximas posibilidades de lo real.

3. Superando el paradigma sustancialista aristotélico-tomista: concebir una realidad que se va creando

La historia se cuenta en clave de progreso, seres humanos y sociedades evolucionan de forma ascendente hacia un futuro mejor para todos.

Una nueva concepción política del progreso pasa por renovar el discurso sobre el paradigma aristotélico del paso de la potencia al acto. Esta es la manera en la que, según Zubiri, la modernidad había pensado la historia: el desenvolvimiento de unas potencias que el género humano posee desde el comienzo de los tiempos. Es esta una concepción determinista, pues la historia queda prisionera de aquello que la naturaleza, la materia o el espíritu —según la filosofía utilizada— ya tenía en potencia al comienzo de los tiempos, y que simplemente se limitaría a pasar a acto durante los procesos históricos.

Frente a esta evolución determinista y acumulativa de la historia, I. Ellacuría propone una filosofía donde la verdad de la realidad no es lo ya hecho; eso sólo es una parte de la realidad. Hay que observar también lo que se está haciendo y tomar conciencia de lo que está por hacer para así comprender la praxis histórica, necesariamente compleja, en el proceso de transformación de la realidad.

La historia no hay que entenderla como un progreso continuo cuya meta final fuese un topos ideal, porque esto sería ver el sentido de la historia fuera de la propia historia.

La historia no se predice ni está determinada fatalísticamente hacia una determinada dirección: la historia se produce, se crea, mediante la actividad humana de transformación.Y por ello, Ellacuría, de la mano de Zubiri, critica las concepciones de la historia que la entienden como un proceso de maduració o «desvelación». Lo real no es idéntico a lo actual, en el futuro se pueden actualizar las posibilidades que aún no lo han hecho. Lo real abarca tanto lo actual como lo posible. La dinámica histórica es un proceso de posibilitación y capacitación en virtud del cual la realidad se va conformando y transformando.

La historia humana no es sino la creación sucesiva de nuevas posibilidades junto con la marginación de otras: hay un doble juego entre lo que las cosas pueden ofrecer desde ellas mismas al hombre y lo que el hombre puede hacer saltar de ellas como posibilidades.

Este juego es el juego de la historia: nunca se acaba de descubrir el conjunto sistematico de posibilidades que los hombres y las cosas son capaces de alumbrar, seg´un sean las situaciones en las cuales se relacionan cosas y hombres; solamente cuando lahistoria concluya, se habrán terminado las posibilidades reales y podrá saberse entonces lo que es de verdad la realidad humana. Y esto sólo, de hecho, porque en el camino de alumbramiento y realización de posibilidades pudiera suceder que se hubieran abandonado irremediablemente las mejores». La realidad histórica no se produce, se crea a partir de la actividad humana sobre la base del sistema de posibilidades ofrecido en cada situación y en cada momento del proceso histórico.

Mas cabe hacer una aclaración sobre la idea de una realidad abierta que se entienda como «progreso». Nadie parece dudar es que el futuro será «global» o no será. La globalización aparece así como un dogma incontestable y se persigue a los herejes que cuestionan sus bondades.

La escatología política de la que venimos hablando ha de ser capaz de discernir lo que hay de bueno y venenoso en este horizonte, distinguiendo entre  «globalización» y «globalitarismo».

La globalización es un dato, el globalitarismo una ideología. Que vivimos en un mercado global en el que las mercancías se mueven libremente de un extremo del planeta al otro es evidente, que la mundialización sea el éskhaton incuestionable al que toda la humanidad aspira es una escatología interesada de la cual se nutren políticas neoliberales y tecnocráticas como la española.

El uso ideológico del término globalización se asocia a la idea de salvación universal según la cual, un mundo globalizado es per se homogéneo, armónico, inclusivo e igualitario.

Lo que sugiere explícitamente por el término «globalización» es que vivimos en un mundo en camino hacia la perfección: la belleza de la redondez, y la equidad dentro del todo, la equidistancia entre todos los puntos de la superficie del globo y su centro; ese mundo globalizado es predicado como buena noticia escatológica, como lo esperado por todos, desde hace mucho tiempo, y ahora con mejores argumentos —y con mayores posibilidades— que los de Fukuyama con su «fin de la historia». No es necesario demonizar el fenómeno globalizador para ser consciente de sus ambigüedades, la escatología globalizadora se articula primariamente en torno a las notas que constituyen nuestro mercado, a saber, privatización, competitividad, concurrencia, desregulación y librecambio.

Los continuos llamamientos a «globalizar la solidaridad» pretenden reconducir un desarrollo que dejado a su libre albedrío no conduce al mejor de los mundos posibles…

Globalización, ecología, feminismo, terapias genéticas, brecha digital, bioenergías, pluralismo religioso, sociedad de la información, son solo algunas de las nuevas realidades y sensibilidades sociales que buscan nuevas prácticas políticas y nuevas retóricas escatológicas.

Como vio lúcidamente el historiador de la ciencia Thomas Khun, un cambio de paradigma científico obliga a reconstruir el discurso epistemol´ogico para explicar las «anomalías» que el modelo anterior ya no es capaz de justificar. Estamos inmersos en un cambio de época en el que un nuevo paradigma aún en construcción obliga a replantear políticas y escatologías. Las ideologías «derechas» e «izquierda», que aún configuran el bipartidismo a nivel español, ya no sirven para dar respuestas satisfactorias a las nuevas «anomalías» sociales que van surgiendo.

Política y Teología tienen que asumir el reto de repensarse desde el nuevo paradigma emergente si no quieren quedar relegadas a discursos arqueológicos. No se trata sólo de realizar el esfuerzo hermenéutico de intentar explicarnos lo que está aconteciendo, sino del reto escatopráxico de construir lo que queremos que acontezca.

Que la historia avanza es una evidencia. Que progrese a favor de los últimos depende, entre otras cosas, de nuestras políticas y nuestras escatologías.


[1] Con la ética parecen complicarse las cosas. No porque sin Dios no pueda afirmarse una moral: el hombre es un ser con una autonomía suficiente para que su recta conciencia y el recto uso de la razón le declaren lo que es moral, sin necesidad de que alguien se lo dicte desde fuera. Se podrá objetar que los hombres raras veces usamos nuestra razón y nuestra conciencia con la debida rectitud sino que con frecuencia las ponemos al servicio de nuestras pulsiones. Incluso, aunque usáramos la conciencia rectamente, el carácter incondicional de los imperativos morales no lo podemos fundamentar sin recurrir a un Absoluto: la razón y la conciencia nos pueden decir lo que está bien y lo que está mal, pero no nos dan una razón de por qué hay que hacer el bien y no el mal. Aunque eso no impida que los hombres podamos experimentar esos valores morales.

Y aquí comienzan a complicarse las cosas: la pretendida absolutez de los valores morales parece contradicha cuando experimentamos que, en la mayoría de las ocasiones, las cosas les van mejor a quienes no obedecen a esos imperativos. Este fue el drama de la afirmación judía de Dios que, desde sus orígenes, tenía una profunda impostación ética. El salmista todavía rezaba: «apártate del mal, obra el bien y siempre tendrás una casa» (36,27). Pero, en plan de aguafuerte a lo Goya, se le puede retorcer diciendo: apártate del mal, obra el bien… y nunca tendrás una casa. Esa prosperidad de los malos resulta seductora y amenaza con pervertir todo el obrar humano. Así se vuelve imposible la convivencia, y la sociedad se convierte en una guerra de todos contra todos donde el hombre no es más que un lobo para el hombre.

Por eso, por más que sostengamos que el hombre puede saber bien lo que es bueno y lo que es malo, nadie se ha atrevido hasta ahora a montar, ni siquiera a soñar, una sociedad sin «guardianes del orden»: sin policías, ni jueces, ni premios ni castigos; por eso se discute tanto la afirmación de Dostoievski: «si Dios no existe todo está permitido». Ateos como Nietzsche o el primer Sartre la suscriben. Otros la niegan desde la propia experiencia del imperativo ético. Y nuestra cultura neoliberal y postmoderna parece haberse quedado con la versión de que si Dios no existe todo está permitido para mí, pero no todo le está permitido a mi vecino…

Este callejón sin salida llevó a Kant a afirmar la existencia de Dios, no como conclusión de una demostración sino como «postulado de la razón práctica»: para salvar no exactamente la moral, pero sí «la moralidad». Es lo que se ha llamado «el teísmo moral» de Kant, 8 que no está muy lejos de la defensa que hace de los justos el libro bíblico de la Sabiduría (capítulos 4-5). En ambos casos no se afirma sólo la existencia de un Ser supremo sino, al menos, una clara relación de ese Ser con nosotros: la de ser aquello que el catecismo definía ingenuamente como «premiador de buenos y castigador de malos».

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Blog, Cristianismo, Evangelios, Filosofía, Posmodernidad, Teología de la Liberación y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s