La fe y las creencias, con ejemplos

Fe y creencias no comparten una relación de identidad. Se comprueba una y otra vez que  la fe es prácticamente lo contrario de las creencias, i.e.,  sistemas de referentes que surgen y se configuran espontáneamente en la sociedad y que se imponen por la fuerza y dinámica de las vigencias, articulando y fundamentando algunas de sus costumbres, por irracionales e inhumanas que puedan ser, mientras que la fe bíblica —que orienta escatológicamente al sujeto—  siempre ha implicado una ruptura con la opinión general  de una sociedad.  De ahí que en el periodo de la monarquía isrraelo-judía se  diera la tendencia constante a la recaída en el politeísmo, y la apostasía fácil en tiempos de la islamización en la España visigoda, con una finalidad meramente pragmática, pues así se podía seguir en posesión de las tierras, obtener exención de impuestos o acceder al poder.

Las principales familias visigodas de terratenientes o administradores de Al-Andalus, Emérita, Pax Augusta, Toledo, Murcia, Valencia y Aragón apostataron con facilidad para con ello conservar su estatus: así surgieron los Tudmir de Murcia tras el Pacto de Teodomiro, o la familia muladí de los Banu Qasi de Toledo o los Mahmud en Zaragoza. La trama social de la clase dominante de la Hispania musulmana jamás estuvo constituida por “árabes” como vulgarmente se dice —los invasores originarios fueron unos 4.000 árabes del entorno de Tárik y Muza, el resto fueron beréberes norteafricanos—, sino por las tradicionales familias hispanorromanas y visigodas de Al-Andalus, La Mancha, Extremadura y Levante, superficialmente islamizadas para  mantener sus ya seculares privilegios fiscales, políticos y económicos.

Los islámicos desembarcan en la península sesenta años después de la muerte del Profeta, el Corán aún no había sido redactado y aún no existían los grandes juristas de fines del siglo VIII que elaborarían la doctrina oficial ya sistematizada del Islam —que es, de suyo, principalmente un sistema de derecho canónico más que sistema teológico); ni siquiera el “arte árabe” se había acabado de formar.

Por eso es inexacto decir que el arte mozárabe hispánico es un impacto del arte “árabe” en la arquitectura española: el conjunto monástico de Santa María de Melque, en Toledo (que era la capital del reino visigodo), es ya mozárabe y se construyó en los últimos años de la monarquía visigoda y primeros años de la ocupación musulmana.

Evidentemente, el arte califal de Córdoba se fue desarrollando paralelamente al mozárabe. Y durante un siglo las tropas de ocupación acamparían sistemáticamente en las afueras de Córdoba, de Granada, de Jaén y de otras ciudades y para su culto compartirían una iglesia del casco de la población con los cristianos.

Aquellos ocupantes lo que de positivo ofrecían, ante la desorganización y la corrupción de la administración visigoda, era un sistema mucho más racional y práctico de organización de la vida civil y administrativa, y a fin  de cuentas eran monoteístas y de una religión todavía aún no bien cimentada y definida para los extranjeros; quizás sus contemporáneos de la península supondrían en un primer momento —cuando se islamizaron— que se trataba de una “herejía” más de tantas como pululaban en el oriente bizantino. Y esto en una España religiosamente dividida también por las “herejías”: el priscilianismo en el norte —condenadas como herejía en el Concilio de Braga y ya debatido en el previo Concilio de Toledo—, el arrianismo —ya considerado herético desde el Primer Concilio de Nicea— entre los visigodos, y los monofisitas centro/levante—heréticos desde el Concilio de Éfeso, más puede hablarse aún hoy día de un “criptomonofisismo” en la mentalidad cristiana del pueblo llano…— .

Y precisamente el cristianismo que había conocido Mahoma antes de arrancar  su doctrina era precisamente el monofisismo de Siria. En la incursiones en Septimania (Mediodía francés) ya no encontrarían los musulmanes una porosidad en el tejido mental religioso semejante, pues el cristianismo allí  era mucho más homogéneo.

La tolerancia que reinaba entre cristianos y musulmanes —que  étnicamente eran hispanorromanos— es patente por ejemplo en la serie de matrimonios mixtos cristiano-mulsulmanes que se contrajeron durante más de un siglo entre miembros de la familia cristiana de los Arista de Navarra (cuna de la monarquía castellana) y las de los Banu Qasi y Mahmud de Zaragoza. Y, ya en el Califato, la madre de Hisham II, sucesor de Al-Hakam II, era conocida en las crónicas cristianas como “Aurora la Vasca”, anteriormente una joven sayyida, “esclava”.

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