La genialidad clarioscura: un (roñoso) tributo al genio de Caravaggio (I)

caravaggio-wc-9237777-2-402Me ha dado por escribir una serie de entradas sobre Caravaggio, uno de mis pintores favoritos, al cual considero un genio. Ni soy historiador del arte ni un especialista en la materia. Sencillamente me apetece rememorarle de la mejor manera que puedo: escribiendo sobre él. Pido disculpas de antemano por las potenciales ineptitudes que pueda cometer al hacer un repaso sobre su obra (estaré encantado de que se me corrija). Ofreceré al final una escueta reflexión teológica sobre la praxis de este artista que puede ser de interés para algunos.

Introducción

Caravaggio sólo firmó un cuadro, el de un condenado de cuya garganta fluye la sangre. Nos legó tres autorretratos que reflejan el vitalismo dramático que invadía su psiquismo: uno de ellos cuando era un joven pálido y demacrado, acaso consumido por la malaria tan común en su época. Otro a los treinta años de edad, pintándose como el testigo de un asesinato. El tercero lo produjo en los últimos años de su corta y tormentosa vida, donde se representa como un joven Goliat, gigantesco, espantado y decapitado.

El itinerario de su vida va desde Milán a Roma, de Génova a Nápoles, de Sicilia a Malta. El joven artista frecuentó los salones de los palacios más principescos y ostentosos, así como las cárceles más decadentes, episodios éstos de una vida de aventura que finalizó en drama. Pero, por encima de todo, en las dos décadas anteriores y posteriores al 1600, pintó una serie de obras maestras que cambiarían la historia del arte definitoriamente: con Caravaggio ya no somos espectadores, sino testigos oculares de una acción vital y enérgica que nos convierten en cómplices directos.

En las siguientes entradas me propongo explorar su itinerario artístico, analizando brevemente las obras más representativas que enhebran las diferentes etapas de este volátil genio.

Además de este análisis, esbozaremos la siguiente hipótesis, a saber: la praxis realista de Caravaggio, aunado a su biografía siempre trenzada con lo marginal, telúrico, pobre y periférico de la sociedad, encarna el arquetipo por excelencia de Juan el Bautista, símbolo del encuentro de lo divino en medio de lo salvaje y periférico. Acaso la psique del autor, en virtud de una vida repleta de marginación y pobreza, se identificó con este arquetipo para justificar su vivencia y praxis antagónicas. Al ocurrir esta identificación, la praxis artística de Caravaggio adquiriría un status de “cristiano anónimo”, término por el cual el teólogo jesuita Karl Rahner utiliza para designar a todos aquellos hombres que participan de la mediación salvífica de Cristo implícita o anónimamente.

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