Aperturas hacia Dios desde la posmodernidad: algunas notas

Me gustaría hacer una presentación sobre qué valores asociados a la cultura posmoderna pueden posibilitar un tipo nuevo de experiencia religiosa y qué valores pueden dificultarla.

Partimos con el presupuesto que en nuestra sociedad existe un cierto ethos explicito e implícito que fundamenta y vertebra determinados valores heterogéneos. Algunos  valores provienen de nuestra plataforma económica, fundamentado en una economía de mercado neo-liberalizada; otros de la modernidad sociopolítica; otros provienen de diferentes sistema éticos, sobre todo religiosos, y en nuestro caso particular del catolicismo; y otros provienen también de la denominada posmodernidad. Algunos de estos valores últimos pueden ser interpretados como reacción y decepción ante los valores de la modernidad, así como de su concreción.

Los valores proponen un sistema de referentes (“dan un norte” al hombre), son la plataforma desde donde se catapultan los elementos de nuestra cultura que orientan y motivan nuestras acciones, así como también nuestras relaciones con los demás y con la trascendencia. Esta última relación esta mediada por instituciones humanas que posibilitan esta experiencia en el aquí y en el ahora.

Con todo, es menester preguntarnos qué valores relacionados con la posmodernidad pueden favorecer una experiencia de Dios. Según lo entiendo, en el campo de la teología y de la pastoral, se entiende el ethos posmoderno como poco favorable para la experiencia religiosa, y sobre todo se entiende como obstáculo a la experiencia del Dios de Jesús. Ciertamente es razonable pensar así, pero a la vez debemos darnos cuenta que la teología y los medios de comunicación de la fe están embutidos en unas estructuras humanas que las contextualizan muy contagiadas por los valores modernos que en su momento fueron combatidas. Así las cosas, cabe preguntarse por qué la espiritualidad que ofrece la Iglesia, y en general buena parte del cristianismo, tiene poca recepción en el occidente posmoderno, especialmente en Europa. Es razonable pensar que la Iglesia podría adoptar el mismo enfoque que se proponía en el Conciliio Vaticano II refiriéndose al ateísmo, aunque en un contexto muy distinto el actual. Encontramos dos ideas claves en Gaudium et Spes donde se nos dice en primer lugar que,

“en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (19);

y el siguiente punto pide una actitud donde

“quiere, sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo examen” (21).

Es decir, la Iglesia juzga como motivo de serio y profundo examen el fundamento del ateísmo. Si tuvo esa actitud ante el ateísmo es razonable aplicar el mismo enfoque ante la posmodernidad

Adecuándonos a la realidad posmoderna  como propone el concilio, hay alguno elementos que posibilitan que el individuo marcado por el ethos posmoderno se deje “tocar” por la posibilidad de una experiencia de trascendencia. Algunos de ellos por supuesto pueden facilitar otras realidades más fáciles de tipo evasivo, pero mas bien estas solo satisfacen en el coto plazo, y dejan una insatisfacción profunda. Algunas de estas salidas escapatorias tienen poco que ver con la experiencia religiosa, como las adicciones a las drogas, al sexo y al consumo, pero otras en cambio tienen cierta relación, como puede ocurrir con el caso de las sectas. Ahora bien, todas ellas tienen algunas características comunes que cabe distinguir: poco compromiso social, alta dosis de emocionalidad, y a veces un rigorismo moral que da respuesta la búsqueda de seguridad de sus miembros.

Algunos de los elementos que pueden facilitar una apertura hacia lo trascendente serían, por ejemplo, una cierta decepción de la “poderosa razón” que ha “producido monstruos”, y un cierto retorno a la sentimentalidad, asociado a una decepción de la poderosa ciencia como relato salvador —pues no ha logrado ser aquella gnosis omniabarcante que pretendía— y a otros relatos salvadores cuajados en el desengaño de las ideologías que han generado los últimos siglos. También la fuerte individualización que ya empezó en la modernidad y se acentuó en la posmodernidad provoca una sed de necesidad social: el individuo se siente sólo, lo que conlleva a una búsqueda de elementos comunitarios que alivien esta soledad profunda.

Esta búsqueda abre la posibilidad de salir de si mismo —aunque provenga de una necesidad—, y así se buscan comunidades con un alto componente afectivo, citadas anteriormente. La persona en la sociedad donde las instituciones guías clásicas han perdido fuerza, se encuentra sometidas a una libertad excesiva que la agota y le produce cierta angustia: todo debe ser incorporado a su vida a través de (demasiadas) opciones: este hecho le hace al individuo creer que todo lo que le sucede “es culpa suya”, sin darse cuenta de que existen condicionantes sociales estructurales más allá de su control. Muy relacionado con esta pérdida de la fuerza de las instituciones guías, encontramos una educación desorientada; los que actualmente ejercen esta tarea fueron educados por la generación europea que sufrió cambios rápidos y volátiles en el tejido social y mental, sobre todo en el campo de los valores, y que ha generado individuos poco preparados para asumir los fracasos de la vida (y sin posibilidad de hacerse con sistemas de referentes que les orienten e integren). Esta angustia y esta vulnerabilidad les hace susceptibles, y por esta razón están en búsqueda de sentido de sus vidas (y todo esto siempre embutido bajo el ropaje de la “cultura de la sospecha”).

También la posmodernidad representa un cierto retorno a la importancia de la corporalidad, asociada a cierta obsesión por la salud: se recupera el cuerpo aunque en formas extremas, en contraste con la modernidad —una sociedad más racional— donde el cuerpo era más bien minusvalorado, y con el cristianismo que lo concebía como un cierto obstáculo espiritual (ya desde sus inicias por influencia sobre todo neoplatónica). La obsesión por la salud puede responder a la fata de respuesta antitánatica de la cultura posmoderna: la muerte y el envejecimiento se han de esconder. Para el posmoderno, el cuerpo debe esta sano, físicamente bien, y por esta razón encontramos un aumento de la cirugía estética, de la gimnasia, etc. Notas todas que constituyen un evidente miedo a la muerte, evadiendo la pregunta por el sentido de esta (recordemos el papel de las religiones como dadoras de sentido a la muerte).

También la sociedad actual, denominada por algunos la “sociedad del auto-rendimiento” fruto del ethos que genera el actual sistema económico, engendra individuos agotados, imposibilitado para la colaboración colectiva. Este agotamiento genera una necesidad de pausa, y esta podría posibilitar un primer momento de contemplación, de imaginar que las cosas podrían ser de otro modo. También puede favorece un salir de uno mismo. Por otra parte, es menester tener en cuenta que el agotamiento puede conducir a la evasión y a las adicciones, empeorando aún más la situación (por supuesto hay otros tipos de cansancio y agotamientos que no mencionaremos). Todo estos elementos ligados a valores generan un individuo frágil, aunque no lo reconozca, que tiende a la evasión, al disfrute del momento presente (el “carpe diem” queda elevado a ideal sapiencial), pero con una insatisfacción latente y que le hace más vulnerable: se abre en esta dimensión una ventana donde puede tener cabida la experiencia de Dios, una experiencia que en un primer momento puede estar motivada por mera curiosidad, o por probar una novedad exótica, pero con el tiempo puede ser elaborada, purgada, dejando su matiz egocéntrico. Sin excluir “toques” inmediatos que rompan el nivel entre sagrado y profano, cabe preguntarnos qué tipo de mediaciones, es decir, religio —entendida como agente religador, esto es, relacional, puede facilitar este primer contacto. El individuo ha dejado el materialismo de la modernidad, y se encuentra en una fase pos-materialista, donde surge una  sed salvaje de Dios que se canaliza de muchas formas, algunas de ellas nada tienen que ver con la experiencia del Dios cristiano, sino que apuntan a la génesis de nuevos ídolos, pero existe esta sed de insatisfacción (deseo incolmable de Lacan), y como hemos expresado es una ventana que se abre muy diferente al ateo moderno.

Intentaré ahora dilucidar qué características de las religiones tradicionales se valoran más en la posmodernidad, esbozo harto complicado dadas las variables volátiles de la situación posmoderna.  Estos acentos deben ser entendidos como reacción a la manera de entender la religión en la modernidad. Algunas de estas características tienen raíces históricas anteriores, así, por ejemplo, es propio en la posmodernidad la búsqueda de la armonía, la paz interior, frente al ascetismo y la exaltación del dolor (se huye del malestar, lo que genera individuos frágiles incapaces de tolerar la frustración), así mismo resaltará el elogio del momento presente, frente al voluntarismo ético (voz profética) y la proyección hacia al futuro (escatología). También tendería a acoger y abrirse a otras tradiciones religiosas, integrándolas en un proceso personal frente a dogmatismos excluyentes. Finalmente intentaría la búsqueda de maestros espirituales que ayuden a la introducción del misterio frente a la instancias intermediadoras. Se trata por tanto de invitar a una religio más centrada en el pequeño relato, más narrativa en el sentido autobiográfico, desde la sencillez evangélica, no desde el gran relato salvador omniabarcante; un proyecto más humilde que no lo intenta explicar todo, consciente, como decía Gaudium et Spes“que no tiene a mano todas las respuestas” (16; una religio que deje un espacio al misterio, que deje de imitar a la ciencia positiva (como acomplejada por las ciencias positivas), que “todo lo explica y todo lo sabe”. Una religio que se manifiesta no en grandes estructuras, sino en comunidades fraternas con elementos más simbólicos celebrativos y menos racionales y barrocos en sus expresiones oficialistas (se ha de buscar lo sobrio y cercano: piénsese en el mood que despierta el taller de un artista o un estudio algo desordenado). Una religio no de grandes principios, sino basada en las vidas ejemplares de sus miembros (los santos son los que encarnan los valores en las vidas concretas y efectivas). Una comunidad donde la justicia no sea un principio abstracto, sino fruto de la compasión de ver el rostro sufriente del prójimo Una religio que sea lugar de silencio contemplativo, de escucha, una comunidad que acompañe los fracasos de sus miembros y que les alimente la esperanza. Una religio así pareciera que conecta más con el ethos posmoderno, y a la vez, por paradójico que parezca, es más fiel a las primeras comunidades cristianas fraternas. Si no hay esa conexión, la sed de trascendencia de salir del materialismo imperante, del individualismo extremo, encuentra una salida en las formas extremas comunitarias, evasivas e integristas, que suplen la inseguridad de las personas, pero que no resuelven nada, y donde se sacrifica la libertad de sus miembros generando individuos incapaces para la acción transformadora y de concretar el amor más allá de su pequeña comunidad y de la pequeña parcela de su nueva ideología sectaria.

El hombre y la mujer posmoderna necesita ídolos donde agarrarse; no es una acción racional, sino un sentimiento de trascendencia. El cristianismo como mensaje, como evangelio, puede conectar con el hombre actual si entra en esta longitud de onda y se desembaraza de ciertos lenguajes y formalizaciones institucionales, más ligadas al ethos moderno. Si conectó con las ideologías de la praxis aportando lo que les faltaba, ¿por qué no iba a poder conectar con  la posmodernidad?

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