Postal de Miércoles de Ceniza

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Cristo en el Desierto (1872), Ivan Kramskói

En 1872 Kramskói realiza la que quizá sea su pintura más célebre y que ocupa un lugar importantísimo en el arte ruso de la segunda mitad del siglo XIX : “Cristo en el desierto”. Continuando con la tradición humanística de Aleksandr Ivánov, Kramskói trata una escena bíblica (tema tradicional en el arte) dando al motivo una especial profundidad moral y filosófica. Sobre este lienzo Lev Tolstói dijo que era el mejor retrato de Cristo que nunca hubiera contemplado.

Con esta visceral pintura me gustaría invitarles a comenzar este tiempo de Cuaresma. Un tiempo serio, pero no en plan “valle de lágrimas” y con amarguras. ¡No! “Serio” por lo que nos trae entre manos, es decir, la salida de nuestro Egipto de esclavitudes y ataduras. Nos enfocamos hacia nuestro horizonte de Libertad Pascual. Nos enfocamos hacia nuestra plenificación en Cristo, no imitándole, sino identificándonos con Él. Es decir, el horizonte que nos da sentido es vivir una fe auténtica, y la sólida seguridad de la fe implica reconocerse radicalmente “pobre” y “desnudo” de todo bien real y caer en la cuenta de que se ha venido enfocando la vida en una orientación de “pecado”. Y pecado es juzgar duramente a los demás, no actuar desde el altruismo absoluto y por el bien objetivo, enfocarse por la apropiación egoísta de hacerse con el bien ajeno y de vivir privilegiadamente, incluso a costa del prójimo. El pecado básico que más aleja de la comunicación absoluta con Dios es vivir instalado en la mentira y el orgullo. Es bien triste haber atravesado la trayectoria vital y darse cuenta al final de que se ha vivido una mentira… ¡de esta mentira es de la que nos tenemos que liberar!

Parece que con frecuencia confundimos amargura con espiritualidad. Ayunar no consiste en poner cara de pocos amigos. Privarnos de un poco de comida no nos hace santos, ¿acaso está la santidad en el estómago? ¡Que no! ¡Que no hay que coger el rábano por las hojas! Liberarnos, el éxodo y el desembarazarnos de una vida fundamentada en la mentira  no es motivo de amargura, ¡sino de alegría! La alegría de vernos caminar hacia las alegrías de la Pascua. La alegría de ver nuestro corazón de piedra hecho carne, ¡y poder amar al prójimo de verdad… como si se nos “escapase”!

La Cuaresma implica compromiso, sin duda, pero también la alegría de un camino. No demos la impresión de estar siempre con dolor de estómago.

Si se ayuna, mejor no hacerlo en plan farisaico, mejor que no te vean. Mejor evitar golpecitos triunfalistas en el pecho. Y si se ayuna, que se ayune de verdad, que sea ayuno de Vida y Libertad; el genuino ayuno es hacer más felices a los otros, aunque tengamos que privarnos de algo nuestro. Tal y como lo entendía santa Teresa de Lisieux: “Mis mortificaciones consistían en romper mi voluntad, siempre dispuesta a imponerse; en no replicar; en hacer pequeños servicios sin darle importancia”. O bien: “Si me cogen una cosa de mi uso, no debo dar a entender que lo siento, sino, al contrario, mostrarme feliz de que me hayan desembarazado de ella”. Estos rasgos tan insignificantes nos revelan la delicadeza de su caridad y la esencia de toda verdadera mortificación. Y nos enseñan que esta virtud implica el olvido propio, que es lo que de ordinario nos falta y lo que no terminamos de entender con el “ayuno”. Aun en el deseo de practicar la caridad nos mueve a veces el secreto afán de parecer caritativos. Hay que aventurarse a elegir el bien altruista por amor al otro. Me gustaría invitarles a amar al prójimo desde las entrañas, desde el núcleo de nuestros ser. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 95). Esto os mando: que os améis unos a otros (Jn 15, 17). Mis mandamientos se reducen a uno: amaos los unos a los otros. Estos dos amores, amor de Dios y amor del prójimo, son inseparables.

Así lo vislumbró santa Teresa de Lisieux, que nos dice: “Procuraba ante todo amar a Dios, y amándole a El comprendí el deber de la caridad en toda su extensión”. “Cuando más unida estoy a Jesús, más amo a todas mis Hermanas”. Había comprendido a su Maestro. Jesús ama a Dios su Padre, y en virtud de ese amor ama también a los hombres, porque el Padre los ama, y se entrega por ellos. Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso (1 Jn. 4, 20). La razón es muy sencilla: ¿Pues quien no ama al prójimo a quien ve, cómo amará a Dios, a quien no ve?

¡Alegre Cuaresma!

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