Sobre los contenidos arcanos y esotéricos en el mensaje de Jesús

Recientemente un buen amigo me escribía para compartir diferentes reflexiones sobre un pasaje concreto de los evangelios. Me invitaba a extraer de él todas las relaciones  tanto exotéricas como esotéricas y arcanas que se me ocurriesen. Parte de mi respuesta es el mensaje que aquí publico, que creo es oportuno compartir pues es este un tema recurrente en muchas personas que desean acercarse al mensaje de Jesús desde diferentes y creativos enfoques apartados de las herramientas que ofrece la Iglesia y su tradición.

No cabe duda de que la Iglesia como organismo socio-jurídico ha cometido innumerables atrocidades; es innegable que a partir de Constantino el cristianismo “bajó de categoría”, y de que en la Edad Media se cayó víctima de mucha superstición. Esto nos despierta a muchos cierta sospecha hacia ella, y preferimos tomar las riendas del asunto en lo que respecta al mensaje de Jesús, pensando que nuestro juicio es más válido que el de esta matriz eclesial que ha hecho gala de tanto mal y perversión. Conocemos bien la historia, y creo que ningún cristiano con dos dedos de frente negará esto; misa tras misa pedimos al Señor en el rito de Comunión que no tenga en cuenta nuestros pecados, sino la fe de su Iglesia, y esta conciencia, creo, la redime.

Empero, con todo, para quienes rechazan la figura canónica de la “definición dogmática” puede servir de reflexión la necesidad histórica (patente en las larguísimas crisis doctrinales de la Iglesia [monofisismo, arrianismo, ofitas, modalismo, docetismo…] con serios riesgos de tergiversar la figura y praxis de Cristo) de obtener un mínimo de certezas en materias tanto delicadas como complejas (ej: la interacción humana con la gracia). De no ser por la honda reflexión de los teólogos, articulada y refrendada por los concilios, lo que entenderíamos hoy como la base de la fe sería nada certero; incluso el perfil de la divinidad podría haberse trastocado, pues cada época habría dado lugar a pensadores demasiado originales que habrían aportado modificaciones tan sustanciales a la idea de Dios (como pasa en el hinduismo) que lo que tendríamos hoy sería una idea totalmente trastocada, o, como en el islam, el nivel de reflexión sobre lo divino no habría pasado del nivel de especulación filosófica (ya que lo vivo de Dios se revela en la fe, la razón tan sólo alcanza abstracciones de tipo “primer motor” aristotélico).

Es decir, que gracias a la Iglesia, construida sobre la sangre y huesos de los mártires y fundamentada sobre la reflexión teológica, es que hoy podemos conocer lo genuino de la fe y del mensaje original de Cristo, cuyas palabras y obras han tenido el resultado de consolidar en la historia una obra concreta y consistente (la Iglesia), unos criterios ciertos que, gústele a quien le guste, disgústele a quien le disguste, han resultado válidos para todos los tiempos en medio del continuo naufragio de las filosofías del hombre (¿qué fue de los ideales “libertarios” de los 60?) y un paradigma práctico capaz de orientar al viviente durante dos mil años, que se dice pronto. Y aunque no obedezca a las modas y vigencias posmodernas decir esto, se comprueba continuamente que quien se orienta por ellos construye, y quien se aleja de ellos destruye, como hacen patente los grupos de presión marxianos y liberales.

Yendo ya al grano de la cuestión. No existe la dicotonomía “exotérico vs esotérico” en el mensaje de Cristo. Insistiré mucho aquí porque es importante entender esto. El Dios neotestamentario que interpela no es un dios esotérico, escondido tras las nubes del Horeb, ni un numen henoteísta del clan que escoge a unos pocos adeptos “elegidos”, sino el Padre que interpela tanto a justos como pecadores con misericordia.

Incluso en la preparación veterotestamentaria, el Dios de los padres y el Yahvé mosaico poco tienen de especulación teogónica (y menos de especulación filosófico helenística, ni del hieratismo idealista y antinatural de los númenes mesopotámicos y egipcios, producto de teólogos, ni de la naturaleza mítica de los de Ugarit y Anatolia o la abstracción de un Ahura Mazda o de un [bien aristotélico] Allah): el Dios de Israel es dialogante, dinámico y activo. No parece un abstracto dios “pensado”, sino una entidad personal, viva y práctica que se vertebra revelándose en la historia del hombre y que está al tanto de la praxis y vigencias del momento.

Lo mismo con Jesucristo, cuyo discurso resulta de lo menos salvífico si se analiza desde las categorías helénicas  de “salvador” (soter , de ahí la palabra sotería y esoterismo), tan sólo hay que compararlo con los discurso del Poimandres o de Hermes Trimegisto. Hasta los discursos de los profetas son más narrativos, vivos y orgánicos. Los discursos presentes en oriente (aun helenísticos) incluso los de un Apolonio de Tiana prometen revelaciones arcanas, frecuentan categorías de “misterio” que jamás aparecen en los labios de Jesús (a lo sumo en Mc  4, 11 y tan sólo a nivel redaccional), tampoco aparece en las epístolas, salvando las que surgen en un contexto helenístico y arcano del NT fuera del Apocalipsis, como casos muy puntuales de Col, Cor, Rom y Tes.

Jesús el de Nazaret no dice nada que suene metafísico ni a iniciático (la metafísica es una invención natural del hombre para comprender planos inasequibles de realidad; no la crea Dios); y únicamente en dos pasajes ( Mc 13 y Mt 25) se tratan temas apocalípticos (y por eso está en discusión la autofanía de dichos paisajes), en todo caso estos discursos  apocalípticos hablan del presente del hombre (especialmente Mt 25 que acentúa las obras de misericordia) y en Mc 13 habla de la catástrofe ya demasiado inminente de la destrucción del templo y del reino judío que ocurrirá dentro de 40 años, y no de un “fin del mundo”, sino secundariamente.

La praxis de Jesús tiene como objeto las relaciones sociales y el hombre, o a sus discípulos en relación con los demás: “no juzguéis”,  ”perdonad”, “compartid”, “dad”, ”amad”, sin discriminación de clases o etnia alguna. Ni si quiera se puede hablar de un discurso moralizante, sino de un discurso moderno que invierte las vigencias sociales del momento y proclama la igualdad de todos los prójimos sin distinción de edad, sexo o rango, y pone especial acento en los pobres, los oprimidos, los perdidos, los enfermos,  los niños, etc., para quienes anuncia un perdón totalmente gratuito y absoluto: se trata de una amnistía al entrar al “Reino”.

Y decir que es igual a un discurso ideológico moderno tipo marxiano es una retroproyección inverosímil: el de Jesús se diferencia de estos en que carece en absoluto de ideología. Va directo a rehabilitar al hombre, no a una escuela o filosofía. Otro elemento inimaginable más del discurso de un enviado divino (y menos de una persona divina): que enseña a liberarse del dolor y la esclavitud no por revolución y violencia sino asumiendo humanamente el sufrimiento del hombre: “yo os aliviaré… porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

Todavía hay quien defiende que unas supuestas experiencias teofánicas de tiempos remotos (hablamos del s. XVIII a.C) y casi legendarias no sirven de argumento para defender segura y verdaderamente la fe en el Dios de los padres, desde donde arranca la revelación bíblica. Pero se da la curiosidad con este Dios (nuevamente) de que no hay otros episodios en la historia que hayan conducido a una transformación tan radical de las relaciones humanas humanizadas sino estos, y los demás acontecimientos y discursos relacionados con ellos han seguido una línea absolutamente coherente a partir de estos a lo largo de los milenios, luego ha de concluirse (“Ockham en mano”) que estos episodios teofánicos, diesen como se diesen, fueron totalmente reales y supusieron una transformación de la historia real; acontecimientos totalmente atípicos a la época, pues no responden al politeísmo vigente del momento ni al trato deshumanizado en auge de aquellos tiempos. Nuevamente, tales mensajes difícilmente se le ocurrirían a alguien de su época.

Y en cuanto al caballo de batalla tan citado por lares anticristianos, a saber, la “represión sexual”, ha de tenerse en cuenta que ni la moral sexual aparece en el discurso de Yahvé ni en el de Jesús, sino esporádicamente en temas muy puntuales (como el adulterio, que es un problema más jurídico que psicológico), ni se trata de un tema fundamental en los tratos humanos (salvo cuando la persona humana es utilizada indignamente como un objeto). Que en lo sexual, como en todo, los comportamientos han de vehicularse y modularse, evidente, y sólo los utópicos de la promiscuidad pueden afirmar que todo está permitido, según nos plazca, y que sólo hay “tabúes”  y “mitos” arbitrarios en contra de esta promiscuidad. Se trata de una actitud obviamente infantil y marginal que no ha logrado quemar etapas que ya tocaban  (aunque bien profesada por muchos adultos), que a Jesús, y por ende a quien le sigue, ha de inspirarle más compasión que ira.

Por último, es menester decir que resulta lamentable estos temas inspirados por movimientos helenístico (stoa, gnosis) y el maniqueísmo, hayan gozado de enorme difusión por la cuenca del Mediterráneo (hablamos del s. III) y esculpieran una buena parte de la mentalidad antropológica cristiana. Y también es de lamentar (obispillos carcas) que se frecuenten en la modernidad estos temas tan vehementemente y se obvien asuntos más centrales y urgentes, a saber, la justicia social, la dignidad el hombre y su libertad.

Todos estos datos tan sólo los arrojo porque invitan a la reflexión: todo apunta a que el mensaje del Mesías es un discurso único, que se revela con paradojas pues siempre escoge lo más discreto, lo más débil y lo más periférico para manifestarse, todo lo contrario de la naturaleza oral y devoradora humana, y es razonable pensar que efectivamente se trata de una revelación divina pues no se adecúa ni por asomo a la forma mentis  vigente de la época, como hemos visto.

Lo más sorprendente del mensaje de Jesús es que nunca obvia al hombre, a diferencia de los discursos de los místicos y demás fundadores de religiones. En ningún momento habla de metafísica  de la divinidad ni del culto que le sea debido (Moisés, Zaratustra, Confucio, Mahoma…), ni de ascéticas o eucologías como las del Buda (o Shánkara). Sólo el amor y la misericordia conjungan al hombre y al Padre.

Nada sabe a ideología en su mensaje, como ocurre con otros fundadores, ni siquiera se comporta como tal (y en todo caso lo que hace es aclarar la voluntad del Padre patente ya en la ley). Ni tampoco se deja encasillar en las vigencias categoriales del momento, como sí ocurre con todas las figuras religiosas. Se ubica “por encima” de las categorías limitadas humanas. Bien tuvo oportunidades de presentar cosmogonías complejas y jamás lo hizo. Ni tampoco enseñó su mensaje con mitos (y su consiguiente lenguaje simbólico), como sí lo hace Platón. Más bien su discurso resulta prosaico y siempre fundamentado en la cotidianidad humana.

En lugar de mitos y simbologías iniciáticas, Jesús se expresa con parábolas de escenas y situaciones totalmente cotidianas con el fin de interpelar a todos, de investir un cambio de actitud y de reenfocar al oyente hacia el proyecto del Reino y la consecuente relativización de las vigencias egoístas mundanas con respecto a este horizonte plenificante.

Por último, sin detenernos mucho aquí, además, sólo anotar que la mencionada dicotonomía “esotérica-exotérica” es producto de ciertas metafísicas que no son capaces de relacionar lo uno (presocráticos, Vedanta, etc.) y lo múltiple (dialécticos, etc.). El cripto-advaita metafísico de Guénon es un claro ejemplo de ello, y es normal que finalmente terminara por convertirse al mono-teísmo aristotélico del Islam. La dicha dicotonomía no es sólo una insuficiencia metafísica, comprende además una profunda incomprensión epistemológica sobre cómo interactuamos y conocemos, una incompletitud teológica y un obstáculo mistagógico; pero no me detendré aquí como dije.

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4 respuestas a Sobre los contenidos arcanos y esotéricos en el mensaje de Jesús

  1. krypton dijo:

    Tiene sentido que el mensaje de Jesús nunca obvie al hombre. No por casualidad Jesús es mencionado en multitud de ocasiones en las Escrituras como “Hijo del Hombre” o “Hijo de hombre”. Él mismo se autoproclama así. Entiendo que dicha expresión hace referencia al que posee los atributos del Adán previo a la expulsión del Paraíso. Esto es, el Hombre completo, sin pecado e inmortal. Y que Jesús, adoptando este papel, se convierte en mediador en nuestro camino de regreso al Padre.

    Son sus seguidores los que le nombran Mesías, delegando en él y esperando, como esperaría un niño de sus superiores, que imponga su poder y realice sus expectativas y deseos transformadores. Pero él da un nuevo sentido a la palabra Mesías siguiendo el camino de la humildad, el sufrimiento y la renuncia con el fin de completar al ser humano. Un sentido nuevo que decepciona en ocasiones a sus discípulos porque implica un compromiso y una responsabilidad personales de tipo “adulto”; y es que Jesús en este contexto y en tanto que hombre encarnado, pide a sus seguidores lo mismo que da: renunciar a la vida para salvarla (Mc 8, 34-35):

    29.Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.»
    30.Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él.
    31.Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días.
    32.Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle.
    33.Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»
    34.Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
    35.Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

    Si tomamos como referencia la trayectoria evolutiva del ser humano como especie y equiparando el fin de la primera infancia con el momento de la expulsión del Paraíso (toma de conciencia del sí mismo y diferenciación de lo otro: dualidad), se me ocurre que la dicotomía exotérico/esotérico corresponde a la adolescencia y primera juventud de la humanidad.

    Hay tres conceptos cruciales a tener en cuenta en este devenir evolutivo: amor, conocimiento y, finalmente y en consecuencia, libertad. O, como diría San Agustín, “ser,conocer,querer”.

    La adolescencia es esa contradictoria etapa a caballo entre el misterio absoluto en el que vive el niño, cuyo papel es el de receptor vs la revelación constante del hombre “adulto” (ya redimido y liberado), cuya función es la de la entrega amorosa a semejanza del Padre.

    Una contradicción caracterizada por la tensión generada entre el deseo de saber y el orgullo intelectual del que, ignorando lo fundamental, cree saberlo todo; el deseo de amar y el malentendido amor egoísta orientado a la satisfacción de los deseos propios; la sed de autonomía y la también malentendida libertad del que quiere que otros (los padres) le den todo hecho creyéndose a la vez capaz de gestionar su vida sin ayuda y, por último, el deseo de ser único, exclusivo, especial y diferente, sin por ello dejar de pertenecer al grupo (de grupos “exclusivos” está el esoterismo lleno). Es decir, el conflicto permanente entre lo uno y lo múltiple como apuntas al final del post, y que el cristianismo resuelve por medio de la Trinidad, la cual nos sumerge de lleno en el apasionante concepto de “relación”.

    Podríamos entonces definir en este contexto a Cristo como Dios humillándose con el fin de predicar con el ejemplo, para lo cual ha de encarnarse como hijo de hombre sin dejar por ello de ser Dios. Desnudándose de sí mismo en una entrega total hasta la muerte.

    Tanto a lo uno como a lo múltiple por separado puede acceder el filósofo mediante la fuerza de su propio intelecto, pero no así a la paradoja de lo que es uno y trino simultáneamente. A este Dios revelado e incognoscible al mismo tiempo que nos toca vivir en esta transición de la que hablo, sólo se accede a través de la fe. Es aquí donde Cristo media mostrándonos a través del amor y la búsqueda de la verdad (la que nos hará libres) “lo vivo de Dios”.

    Dicho esto, Jesús, como mediador, no puede promulgar doctrina esotérica alguna, ya que el amor tiene poco o nada de esotérico, pues es radicalmente inclusivo y omniabarcante por definición, nunca reservado a unos pocos elegidos. Son de nuevo los otros lo que en su deseo aún sin redimir, necesitan en ciertos momentos aferrarse al intenso sentimiento que provoca el conflicto “entre lo visible que está oculto y lo visible que está presente”, tal y como dice René Magritte sobre su famoso autorretrato titulado, precisamente, El hijo del Hombre:

    “At least it hides the face partly well, so you have the apparent face, the apple, hiding the visible but hidden, the face of the person. It’s something that happens constantly. Everything we see hides another thing, we always want to see what is hidden by what we see. There is an interest in that which is hidden and which the visible does not show us. This interest can take the form of a quite intense feeling, a sort of conflict, one might say, between the visible that is hidden and the visible that is present.”

    Ren? Magritte, The Son of Man, 1964, Restored by Shimon D. Yanowitz, 2009  øðä îàâøéè, áðå ùì àãí, 1964, øñèåøöéä ò
    Saludos

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    • Jasso dijo:

      Dicho esto, Jesús, como mediador, no puede promulgar doctrina esotérica alguna, ya que el amor tiene poco o nada de esotérico, pues es radicalmente inclusivo y omniabarcante por definición, nunca reservado a unos pocos elegidos.

      Exactamente. Cualquier persona que se haya enamorado genuinamente entenderá a la perfección esto que dices. Nadie en su sano juicio consideraría el amor como algo relegable a un segundo plano, y cualquier persona que lo haya vivido no lo cambiaría por nada, más bien lo da todo por entregarse al otro sin reservas, teniendo la certeza absoluta de que una vida vivida desde el riesgo del amor fiel por el otro ha valido la pena. Esta es la diferencia esencial entre la “técnica espiritual”, el “conocimiento secreto” y los “esoterismos”, que comparados con la “llama de amor viva” del amad@ quedan reducidos a meros hobbies.

      Jugosísima reflexión. Gracias por compartirla.

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      • krypton dijo:

        Así es. Quiero aclarar que esto sirve tanto para la vía del amor como para la del conocimiento de las que hablé en el comentario. Lo que serían, extrapolándolo a las dos principales corrientes del Advaita, el bakti de Ramanuja vs el jnana de Shánkara y que el cristianismo sintetiza y resuelve con la relación trinitaria (Jesús como hombre y Dios a un tiempo), tal y como dije al hablar del conflicto entre lo uno y lo múltiple, puesto que el común denominador en ambas sería la *entrega* (por lo que volvemos al amor); una entrega que sólo es posible a través de la fe como herramienta fructificadora de la semilla que habita tanto en el corazón como en la mente de los hombres.

        Y es que sólo con voluntad de entrega absoluta puede uno confiar, creer y conocer lo que no ve. Es por tanto la fe, centrada en el cristianismo en la imitación del ejemplo de Jesús como objetivo, la virtud que transforma el amor en Amor y el mero conocimiento intelectual (de una materia “inerte”) en Conocimiento (de una esencia “viva”).

        Las doctrinas esotéricas, en cambio, se basan justo en lo contrario: en la *posesión* de ciertos “conocimientos ocultos” complejos y de difícil acceso sólo reservada a una élite estructurada en base a una jerarquía.

        Como decía Ramana Maharshi, la verdad es mucho más simple:

        M.: ¡La verdad última es muy simple! No es nada más que ser en el estado primordial. Esto es todo lo que se necesita decir.¡Sin embargo, es sorprendente que para enseñar esta simple Verdad, deban venir a la existencia tantas religiones, tantos credos, tantos métodos y discusiones entre ellos y demás! ¡Qué lástima! ¡Qué lástima!

        Mayor Chadwick: —Pero las gentes no estarán contentos con la simplicidad; quieren la complejidad.

        M.: Así es. Debido a que quieren algo elaborado, atractivo, y engorroso han venido a la existencia tantas religiones, y cada una de ellas es muy complicada, y cada credo de cada religión tiene sus propios adherentes y antagonistas. Por ejemplo, un cristiano corriente no estará satisfecho a menos que se le diga que Dios está en alguna parte de los Cielos remotísimos, y que sin ayuda no podemos alcanzarlo. Sólo Cristo Le conoció, y sólo Cristo puede guiarnos. ¡Adora a Cristo y sálvate! Si a un cristiano corriente se le dice esta simple verdad —«El Reino de los Cielos está dentro de ti»— no queda satisfecho y leerá significados complejos e inescrutables. En esta afirmación sólo las mentes maduras pueden aprehender la Verdad simple en toda su desnudez.

        Enhorabuena por el blog

        Le gusta a 1 persona

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