Pienso, luego…

Para Descartes, el hecho mismo de que soy pensante —o de que puedo dudar de que estoy pensando— es prueba de mi existencia. Respondiendo a los escépticos de la época, Agustín de Hipona dirá, equivalentemente, “fallorsum” (“si me equivoco, soy”) (XI, 26).

El discípulo de La Féche buscaba de manera “clara y distinta” un primer principio para basar su filosofía —ya no de base ontológica, sino gnoseológica, patentizándose así un giro antropológico en la historia de la filosofía—, concluyendo que la proposición “pienso, luego existo” es claramente cierta. ¿Pero de dónde viene ese “yo” y a qué hace referencia? El pensar ciertamente ocurre, pero lo único que se prueba aquí es que el pensar existe.

El fundamento del pensamiento no es “yo soy” —resulta demasiado simple y específico concluir ésto—, sino que “algo es”, o que el “Ser es“. El Ser es aquello en lo cual no puede haber distinción entre lo que es y el hecho de que (realmente) sea lo que es; es decir, donde esencia y existencia coinciden, aquello cuya naturaleza es e x i s t i r. Todo lo demás (lo contingente) existe sobre ese trasfondo de n e c e s i d a d, principio que contiene ya toda posibilidad. Y el pensar humano esta enraizado en esta aprehensión intuitiva de participación en la luz increada del intelecto divino para con la esencia de la creación.  Es en virtud de este horizonte de nihilidad (donde hay algo en vez de nada) desde donde contemplamos la melodía de la naturaleza, la huella de Dios expresada en la creación, el Logos fundamentando la p r o g r a m a c i ó n  o idea (morfé) de la materia (hyle), es decir, la forma de ser de las cosas, su razón de ser que fundamenta el principio de no contradicción (donde el ente es lo que es y no es otra cosa).
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Con todo, ¿qué pasa con el “yo”? Mi “yo” depende para su existir de ese mismo ser (acto puro). Lo que es por sí mismo, el Ser, debe por tanto ser un “Yo”, un sujeto absoluto, dado que mi yo es un sujeto relativo en tanto que depende de (esta en relatividad con) otras cosas para poder ser, a saber: yo no me doy la existencia, la recibo. (Y más razón hay para considerar a este fundamento de mi yo como un sujeto si tenemos en cuenta que el efecto es expresión de su causa). El Ser es el “Yo” que subyace en las profundidades de mi yo. Es la presencia real que fundamenta nuestros sujetos. Cuando Dios muestra teofánicamente su nombre a Moisés como “Yo soy” (Éx 3, 13-15), se patentiza la identidad trascendental del ser como sujeto trascendente. El bache cartesiano que divide al “yo” y a la acción que manifiesta su existencia (en el pensamiento) queda trascendida. El primer acto del ser es también el fundamento del “Yo” real. Esta mordedura vertical de las cosas (porque atraviesa lo patente llegando a lo latente) desvelada en el sapiencial “Yo soy” veterotestamentario nos ofrece una clave para escapar del inmanentismo y de cualquier intento de agotar el Logos en la razón. Es la llave, además, para dialogar con la sabiduría perenne de oriente, donde el Atman se identifica con Brahman. (No entendido como que el yo humano es divino, sino que el Yo trascendente y realmente real, satyam, —Yo soy— es el único ser completo, acto puro independiente, que se refleja en todo lo demás que es por dependencia, mythia.  No es que seamos Dios, sino que Dios es el centro de todo, inclusive nuestro centro. Existo porque todo tiene un centro y nada existe independiente a éste; es éste y no otro el mensaje de la creatio ex nihilo del Génesis, que el mundo depende de Dios para existir, que recibe la existencia de un fundamento, no por necesidad sino por ek-sistencia de un ágape, y no una complejísima cosmología de categorías espacio-temporales helénicas totalmente ajenas al horizonte del hagiógrafo que  n a r r a  la creación como tan ha menudo se interpreta ineptamente).
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El pronombre “Yo” también implica relacionalidad. Un “Yo” sólo existe en relación con un no-yo. Mi propia noción de identidad se despierta y patentiza cuando otro me llama. Así, cuando un yo nace, también lo hace un tú, generándose una comunidad de personas en el nosotros. Por lo tanto el nombre divino “Yo soy” despierta un Tú idéntico, generándose una comunidad relacional donde Nosotros somos. Esta es la semilla que más tarde se revelará como la Trinidad en la Palabra encarnada.  Acaso sea ésta una de las claves para comprender el paso de la oración, motivada por nuestras propias fuerzas, a la contemplación, que es una gracia o regalo como explica Juan de la Cruz: el momento en el que dejamos de orar para ser oración es el momento donde nos descubrimos s i e n d o  orados como el “” de un intimísimo y simplísimo Yo soy.

Es la aprehensión del ser, la realidad, lo que fundamenta a la filosofía en vez del yo propuesto por Descartes, como dirá la Fides et Ratio de Juan Pablo II (VII, 76):

La filosofía moderna, dejando de orientar su investigación sobre el ser, ha concentrado la propia búsqueda sobre el conocimiento humano. En lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.

De manera menos técnica, podríamos decir que son la fascinación y la curiosidad ante la maravilla del mundo lo que nos hace cuestionarnos el porqué de las cosas, indagar sobre quiénes somos, pistoletazo de salida de toda religión y filosofía.

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