Reflexiones sobre Juan 1, 29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.” Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.”

Entramos en el segundo domingo del tiempo ordinario con la lectura de este evangelio. Cuando Juan habla de “mundo” no está hablando de la tierra que amamos, ese gran obsequio de Dios. Ni habla tampoco de lo que puede resultar alegre, divertido. No tiene nada que ver con eso, comos si fuera algo malo y desagradable a Dios. El “mundo” para Juan va de otra cosa. Es este mundo tal cual nosotros los seres humanos lo hemos organizado. Donde unos pocos tienen mucho y la mayoría casi nada. Donde unos pueden vivir a todo tren, en países donde el bienestar y el confort son la prioridad, mientras otros gritan y se agarran desesperados a las alambradas de nuestras fronteras y contemplan cómo derrochamos, mientras ellos mueren como moscas de frío o se calientan al fuego que se mantiene a base de plásticos que intoxican. El “mundo” aquí es ese lugar donde la diversión y la comodidad de unos pocos se hacen a costa del hambre de muchos… No podemos olvidar nuestro grado de complicidad en todo eso. Ese es el mundo del que habla Juan.

El testimonio de Juan el Bautista tiene varios elementos a tener en cuenta. Ve en Jesús al Cordero de Dios, y esto no lo tenemos que entender desde la perspectiva expiacionista o retribucionista que paga un rescate por todos, ni el siervo sufriente y padeciente, o estas cosas tan piadosas. ¡Que no! Es el cordero pascual, símbolo clarísimo de la l i b e r a c i ó n, del éx-tais, de la salida de la esclavitud. Juan ve en Cristo la liberación más plena. Su propuesta de vida tiene, si la asumimos, la capacidad de cambiar el mundo. Porque sus valores tienen que ver con el amor, la solidaridad, la entrega, la generosidad, la deferencia hacia los demás. Sobre todo los más empobrecidos y marginados de la sociedad. Su propuesta va de amar al prójimo, que es bien difícil la mayoría de las veces, pero que cuando lo conseguimos, cuando finalmente logramos amar de verdad, nos purgamos y liberamos, y por algún misterio nos sentimos como más auténticos, como más h u m a n o s. Qué paradoja que algo “alienígena” como el mensaje de Jesús, que viene de fuera, nos humanice, nos haga capaces de preocuparnos más por el prójimo y nos invita a superar nuestras limitaciones y todo lo que nos ata. (No es coincidencia que los que más se han adecuado con el ideal humanista de super-hombre hayan sido precisamente las personas de fe).

Ahora sí que se entiende mejor eso de que “quita el pecado del mundo”. No habla de los pecados individuales. ¡Que no! Nos habla de un sistema de referentes individualista, de la cultura que se nos impregna deshumanizante, la cultura con los valores de este mundo. Jesús con su mensaje y su p r a x i s, y digo praxis porque no hay nada de metafísico, ni de gnóstico, ni de ascético en lo que dice Jesús, sino que es un mensaje totalmente vivencial que nos ofrece otra mentalidad con valores humanizantes. Nos invita a entrar en la dinámica del Reino, que no es otra cosa que ver el Amor eterno en lo temporal y finito (como cuando vemos las cosas con un trasfondo), y esta eternidad en lo temporal hace que nos salgamos de la cultura del pecado del mundo, como si desarrollásemos una actitud de “atención flotante” que nos hace ver las cosas “desde lo alto”.  Jesús es el hombre sobre el que se ha posado el Espíritu de Dios, el aliento de Dios que crea y da vida por amor. “Y todo era bueno”, nos dice el Génesis. Toda la fuerza de Dios en Jesús se convierte en principio transformador para esta tierra, donde el mundo de Juan es sustituido por el Reino de Dios. Es un nuevo relato de nacimiento que nos invita a hacer misión, que nos invita a vivirlo desde las entrañas

Y es el que bautiza con el Espíritu. Jesús nos transmite la Vida de Dios. Dios entra en la historia, en Jesús, porque somos importantes para Dios. Dios no se rebaja, Dios nos dignifica en Jesús de Nazaret, por medio de Jesús recibimos la vida divina. Dios se hace humanidad para que la humanidad viva la vida de Dios. Y el bautizador, Juan, testimonia a Jesús como el Hijo de Dios: aquél en quien se ve al rostro de la divinidad, como se nos había adelantado ya en el Prologo: “a Dios nadie lo ha visto jamás”. El Hijo único que es Dios, y que está en el seno del Pare nos lo ha dado a conocer.

Toda pregunta que nos hagamos sobre el Dios invisible encuentra su respuesta visible en Jesús. No tenemos que mirar al cielo donde la mirada se pierde en el infinito. Ni tenemos que preguntarle a los filósofos para que nos digan cómo y quién es Dios, ni enfrascarnos en prácticas ascéticas, ni si quiera hay que hacer teologías. ¡Qué no! Miramos a Jesús. El transparente rostro de Dios. Y por Él, con El y en Él, amamos a Dios, abbá, “papá”. Y esto es la fe. No es adherirse a unos dogmas y doctrinas, porque si así fuera no estaría al alcance de todos ni fuera atemporal. No: es jugársela y dejarse i n t e r p e  l a r por el mensaje de Jesús y llevarlo a la praxis. Y luego ya se verá qué pasa.

Y la clave sigue siendo el Espíritu, que es como una dinamo que nos insufla entusiasmo y nos invita a vivir la Vida de Dios, que es Amor, fortaleciéndonos contra la mentalidad del mundo, y en este “contraste” entre el trasfondo de Amor eterno y el individualismo contingente de un mundo sin Dios se genera el “discernimiento” y la “llamada” a hacer algo, y la certeza de que el Amor todo lo puede. Por eso hay que confirmarse, aferrarse al bien objetivo que es la liberación en Jesús. Y por eso hay que comulgar, para m e d i c a r n o s contra el mal de este mundo que nos hace perder el Amor por el prójimo y la Esperanza del Reino. Hay que amar al prójimo, pero de verdad, ¡a los que nos humillan e insultan también! Es la fuerza de Dios la que nos inspira (porque viene del Espíritu) en cada momento para ir escribiendo nuestro evangelio, para ir poniendo nuestros pequeños pies tras las huellas que el Hijo de Dios dejó, y que nosotros pisamos y caminamos en un paisaje distinto, en otros tiempos con otros sistemas de referentes donde el Reino de Dios, la buena noticia, tiene que hacerse carne, liberación, perdón y solidaridad. Necesitamos acercarnos al Espíritu de Dios, a ese personaje que anima la Vida de la Iglesia, y que tenemos un poco abandonado los cristianos.

Es tiempo del Espíritu. Hay que vivir en el Espíritu. Hoy más que nunca hay que hacerlo y tenemos que recuperar el sacramento de la Confirmación, recibir de forma consciente el Espíritu para que él nos transmita la vida de Cristo, y como Juan, dar testimonio de Él. Él es propuesta de liberación para los hombres y mujeres de hoy. Hay que ser luz y signo ante los valores y mentalidades deshumanizantes de este mundo, que los hay, que hay mucho mal objetivo, aunque muchos defiendan eso de que “vivimos en un mundo genial”.

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