Reflexiones sobre Mateo 3,13-17 (último día de Navidad)

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: – «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. » Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: – «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto»

Hoy se acaba el tiempo de Navidad, y mañana empieza lo que la Iglesia llama el tiempo ordinario: treinta y cuatro semanas siguiendo la vida, las palabras y los milagros de Jesús de Nazaret.

Este bautismo se nos muestra como otra epifanía, otra manifestación del Misterio de Dios que se revela en Jesús. Mateo utiliza todos los recursos literarios en las teofanías de los relatos que acompañan a la tradición profética para hablarnos de esta manifestación. No son meras palabra sino signos: se nos habla del cielo que se abre, de la bajada del Espíritu y de la voz que se oye desde lo alto. La fuerza del relato tiene unas palabra pronunciadas con fuerza y con solemnidad: tú eres mi hijo amad en quien me complazco. Y esa vida de Hijo está alentada por el Espíritu que desciende sobre el Ungido. Es la fuerza de Dios que anida de forma total y absoluta, transparentando al Dios de la vida en la historia concreta. Es la fuerza del Espíritu la que nos esculpe y  ese Espíritu es el que debe acoger el Pueblo de Dios para “hacer nuevas todas las cosas”, comprometiéndonos con nuestra historia y preocupándonos por los más marginados y oprimidos. Recuperar el bautismo es vivir profundamente religados a nuestro fundamento, Dios, desde la experiencia de la comunicación absoluta con Él recuperando la apertura del Espíritu, esa dinamo muchas veces olvidada por la Iglesia; aquél que alimenta nuestra vida y la vida del Pueblo de Dios. Recuperar el Espíritu que se nos da en el bautismo y en la confirmación es devolver al Pueblo de Dios su fuerza creativa, hacer patente el proyecto de Dios para este mundo, su Reino, en el que cada uno de nosotros entrega su vida.

¿No podríamos hablar de este hecho del nacimiento del verdadero Jesús, el Cristo, por obra del Espíritu? Aquí se recalca la importancia de nuestra iniciación, de nuestra incorporación como hijos de un Dios que se revela como Amor, y ante el cual nos posicionamos como representantes de su proyecto liberador y salvífico. Nacemos a la Vida por la fuerza del bautismo porque este patentiza el seguimiento de Jesús que ejemplifica precisamente que la Vida se gana dándola.  El bautismo no es un ritual supersticioso donde el niño o la niña queda protegido de todo mal. El bautismo es abrirse a esa iniciación en el espacio de Dios y de su sueño para con nosotros. Es el comienzo de un encarnar el proyecto de Dios en una persona, que le va a llamar Padre y a la cual se la educará para posibilitar que esa paternidad genere fraternidad.

Es necesario recuperar ese Espíritu del bautismo donde tomamos en serio eso de que Dios, nuestro fundamento, es tan cercano y esencialmente amoroso que nos ama en tanto que Padre y que desea que esta filiación se universalice en sus criaturas en un proyecto de fraternidad.

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