Reflexión de Mateo 2,1-12: feliz επιφάνεια (epifanía) a todos

Vivimos en una época que habla del Dios lejano y silencioso, que aun en obras teológicas escritas por cristianos habla de la “muerte de Dios”, en una época de ateísmo, que no nace simplemente de un corazón perverso, impío y rebelde, sino que es la interpretación desacertada de una experiencia humana muy auténtica y difícil… Para tener el valor de aceptar esa manifestación silenciosa de Dios como el verdadero misterio de la propia existencia, se necesita evidentemente algo más que una toma de posición racional ante el problema teórico de Dios, y algo más que una aceptación puramente doctrinal de la doctrina cristiana. Se necesita una mistagogía o iniciación a la experiencia religiosa que muchos estiman no poder encontrar en sí mismos, una mistagogía de tal especie que uno mismo pueda llegar a ser su propio mistagogo. Mientras uno no haya captado la evidente indecibilidad de la referencia de su existencia, consciente e impuesta, al misterio absoluto que llamamos “Dios” y que se nos manifiesta, no ha comprendido todavía lo más elemental de esa mistagogía

Estas palabras de Karl Rahner cobran especial relevancia en nuestros tiempos, y es quizás hoy un día adecuado para reflexionar sobre ellas. Si nos conformamos con un mundo meramente material, con lo inmediatamente dado por los sentidos, con lo fáctico y lo inmanente, si no aceptamos que somos constitutivamente seres abiertos a la infinitud, si confiamos en nuestra propia autosuficiencia —por muy valeroso, honesto y loable que esto sea—, tarde o temprano habremos “tocado techo” como persona, agotando el mundo en que se ha de seguir viviendo, produciéndose así estados depresivos, y que enfrascados en lo inmanente, en lo dado, tratamos de superar insistiendo en triunfar y en hacernos con más cosas, “con más de lo mismo”. Todo el que tenga dos dedos de frente y capacidad de auto-observación se moverá por y enfrente de las cosas pronto superándolas y haciéndose inmune a sus cantos de sirena.

La radical y constitutiva tendencia del ser humano de tender al infinito —desbordando espíritu—, guiada por el “deseo incolmable” de Lacan, vas más allá del “mundo de las cosas”, lo tras-ciende,  y ningún saber, ni científico, ni filosófico, ni artístico pueden amueblar el mundo, hacerlo sabroso y vivible completamente. Las ciencias no, porque se ocupan de las “cosas dadas”, estudiando sólo la horizontalidad del ente, descartando su dimensión fondal: la deja sin resolver (nada de cuestionarse lo último). La filosofía, presenta problemas que mantiene irresolutos sistemáticamente en su status viatoris. El arte, que patentiza la necesidad de una vivencia más fuerte, más “lumínica”, nos la sugiere pero no nos lo da.

El hombre requiere otra vía mas directa, eficaz y especifica para poder superar el mundo de las cosas, algo que le dé efectivamente ese infinito que, sin conocerlo, añora, pues, en su devenir por el mundo lo solicita y se le escapa, se le insinúa y se le esconde, y le deja solamente con su vacío deseante de más y de “otra cosa”: de infinitud.

Y en esta insinuación se nos sugiere, se nos muestra un horizonte de infinitud que no terminamos de captar jamás: se nos desvela una epifanía. Como la montaña que necesita de un horizonte para dibujarse, horizonte que nunca terminamos de “captar”. Ese anhelo de infinito, ese comenzar a leer el mudo de las cosas desde un trasfondo de infinitud, ese horizonte de estrellas fue el acontecimiento religioso —pues religa (san Agustín, Zubiri) y hace re-leer (Cicerón)— que vivieron, vieron y celebraron los Sabios de Oriente, y es la invitación que hoy nos hace el Pueblo de Dios con la lectura del evangelio según san Mateo (2,1-12):

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Esta manifestación del niño de Dios no se agota en Israel: a este horizonte de liberación estamos llamados todos.

Dios se nos hace presente, y su aparición, su epifanía, no es nada llamativa: se muestra como indefenso y pobre recién nacido. Hoy es día de dejarnos sorprender por esa luz que nos sugiere la presencia de Dios. ¿En dónde reconocemos ese “rastro” de luz? Si somos capaces de rastrear estos “signos de Dios”,  mostremos deseo de adorar y de entregar lo mejor de nosotros para Él.

Hoy es el día de los que buscamos a Dios. De los que se ponen en camino sin mirar atrás. Los que abandonan seguridades. Y los que andan buscando siguen un rastro, una estrella. Es una actitud de peregrinaje,  de salir de lo habitual, de saltar. Que los magos nos regalen ese deseo de éx-tasis, de salir de nosotros mismos, de no acomodarnos, de descubrir la novedad. Dios se hace presente de un modo distinto, sacándonos y poniéndonos en la búsqueda.

Felices éxtasis en este día de presencias.

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