Reflexiones sobre Juan 1, 1-18 (Solemnidad de Navidad)

navidad

Natividad, por William Blake

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.

Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo”. Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

Tras la nochebuena, ya habiendo agradecido la presencia real de Jesús, el Dios-con-nosotros, la Iglesia nos invita a reflectir y meditar, ya en calma, sobre ese misterio recién celebrado con el famoso prólogo del evangelio de Juan, acaso uno de los textos más teológicos de toda la Biblia. Resaltemos algunos puntos claves para, a modo de itinerario, meditar con el texto.

“En el principio”.  Juan utiliza esta expresión que aparece tanto en el prólogo de su evangelio como al comienzo de sus cartas para señalar, precisamente, que Dios no tiene principio porque es el principio del que eternamente mana la Vida; Dios no es un ente entre otros entes, no es un objeto más, sino que es el mismo fundamento de lo Real, por eso “a Dios nadie le ha visto jamás”. Así pues, se nos presenta como la causa (no en un sentido físico-temporal) de la creación con la que entra en relación constitutiva, se nos presenta como el Dios de los principios, de las cuatro mañanas del mundo: la mañana de la creación, la mañana de la encarnación, la mañana de la resurrección y la mañana de la segunda venida de Cristo-Jesús, principio de misericordia, Vida y mañana eternal.

Y antes de cualquier principio, nos dice Juan, “la Palabra estaba con Dios”. El joven apóstol nos ofrece la obertura que más tarde dará cuerpo al resto de la sinfonía que supone su evangelio: Dios no es un “ente” soltero, sino que es relación dinámica: es ese Yo que necesita de un Tú para “darse cuenta” de su mismidad en una agápica relación dialogal: el Tú constituye esa palabra del Silencio (Yo) que armoniza una relación de puro amor gratuito y libre, esbozándose así la común-unión trinitaria en el Nosotros: el Yo y el Tú se relacionan como dos momentos diferenciables pero indivisibles de un mismo acto amoroso del Espíritu: “y la Palabra era Dios”.  El cristiano reconoce en el Jesús histórico el rostro visible de esa Palabra supra-histórica (Cristo) que se lanza continuamente al encuentro de su creatura, y se identifica con este diciéndole: “Señor, ¡soy Tú-Yo!”. La Palabra, que se ha hecho carne en Jesús, “antes” del tiempo estaba junto a Dios Padre, viviendo la comunión plena, en complicidad amorosa para plenificar, salvar y reconstruir la creación y a sus creaturas, para hacer redención del género humano en las palabras de San Ignacio y, de manera admirable, para revelarnos y comunicarnos el misterio profundo de Dios: “El Hijo único, que es Dios, nos lo ha dado a conocer”,  palabras  adecuadas que nos revelan un Dios-Relación.

La segunda revelación se refiere a nosotros: “Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre”, pero ¿cómo podemos ser partícipes de Dios, cómo podemos ser sus hijos? Pues para darnos ese poder Dios hizo algo increíble, imposible de agotar en un concepto. Una revelación que deja perplejos a los creyentes de otras tradiciones religiosas y hace sonreír a los no creyentes: “La palabra se hizo carne”. Dios se ha hecho hombre, se identifica radicalmente con el hombre y con toda la realidad, abrazando todas sus dimensiones. El Verbo había estado siempre presente entre los hombres, “era su vida y su luz; estuvo en el mundo, pero el mundo no lo conoció”, y entonces el Padre, el Hijo y el Espíritu se nos desvelan radicalmente: el Tú del Padre, su Hijo, mostrándose plenamente en la realidad vive nuestra vida, haciéndose hombre como nosotros para invitarnos a ver en él al Padre: el rostro de Jesús es icono de ese Misterio de lo Real allende todo concepto.  “Quien me ve, ve al Padre”, es decir que quien sabe mirar y quien acepta el regalo de  Jesús, ve “la gloria que tiene de su Padre”.  En Cristo se nos muestra nuestro destino último, para qué hemos sido traídos a la existencia: para ser partícipes de esa misma plenitud (pleroma) que sobrepasa lo que podamos esperar. Como Pablo, deseamos estar arraigados y fundamentados en él y “llegar a conocer su amor que excede todo conocimiento y ser llenados de toda la plenitud de Dios” (Ef 3,19).

El prólogo de Juan nos muestra una luz acaso muy esplendorosa, y es fácil cegarnos ante su revelación:  Dios es relación, es Trinidad, y quiere gratuitamente hacer de nosotros hijos suyos y, para divinizarnos (theosis), para ser plenamente hombres hasta la médula, él mismo se hizo uno de nosotros. Jesús no es “medio hombre y medio Dios”: es cien por cien hombre y cien por cien Dios. Necesitamos todo el evangelio y numerosas meditaciones para que se nos impregne finalmente la verdad radical a la que apunta este símbolo de la fe. Lo que vemos e identificamos en Jesús está llamado a ser vivido por todos nosotros. Quien opera esta transformación es el Espíritu Santo, que se derramó en Jesús, el Cristo —el “Ungido”—, desde su concepción y que está latente en cada persona desde el instante mismo de su aparición por el mero hecho de existir. Cuando nos abrimos a esta unción, nos vamos cristificando, trasformándonos en alter Christus.

Resulta una invitación difícil de aceptar para muchos el hecho de que en Jesús se vea la plena unificación y relación dinámica de lo trascendente, el hombre y el mundo mismo: en él se ve a Dios. Un Dios totalmente encarnado, un Dios que aceptó nuestra carne, nuestra lenta formación, nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestra muerte. No por nada en el prólogo las tinieblas luchan contra la luz combativamente: “y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”. Los que hemos aceptado la invitación de la Palabra debemos ser signos de la misma a los ojos de  nuestros prójimos: debemos ser iconos de este Misterio salvífico. No tanto mediante discusiones teológicas  y filosóficas, sino mediante el testimonio de lo que vivimos en el Padre, mediante el Hijo y con el Espíritu. No consiste en demostrar a  Cristo, sino en mostrarle convincentemente. Ser creyentes hoy en Jesucristo, Dios y hombre, es tener en él una confianza inagotable y un profundo deseo de amar al hombre como él lo hizo, que los que traten con nosotros acaben sintiéndose intrigados y quizás atraídos a ser sus discípulos. Y que sepa todo aquél que desee ardientemente ser su discípulo, todo el que tenga la honesta intención de comenzar una comunicación con el Dios del Amor, que tenga por absolutamente certero que Él se le lanzará inmediatamente a su encuentro tal y como lo prometió: tan sólo ha de aceptarse el regalo de ser hijo de un Dios que le ama con locura y dar por hecho de que tal encuentro se le desvelará en su debido momento, configurándose así providencialmente una relación vivificante que alcanzará definitoriamente un punto de no retorno, pues se le imprimirá tanto amor, tanta belleza y tanta verdad que no le quedará más remedio que compartirlo y dar testimonio de éstas.

Por último, me gustaría reflexionar sobre una último versículo del prólogo:  “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros”. Aceptar esta invitación implica reconocer a un Dios que se hace cercanía y complicidad con la humanidad a través de la fragilidad de un niño y de una familia pobre de una de las periferias de Palestina. Este encuentro cercano y frágil está lejos de muchas personas que viven el fragor de la guerra, la persecución, la migración forzada, el hambre, la soledad, la opresión, el abandono o la desnudez.

Para redimir la dinámica perversa que deja a tantos prójimos fuera de la cercanía de la buena noticia y para vivir la Navidad originalmente, me gustaría invitarles a que, entre todos, ejercitemos la compasión hasta donde podamos y encarnemos este amor en gestos concretos de solidaridad, comunión y fraternidad hacia todos esos que no cuentan, que no valen, que no pueden, para que todos los despreciados por las estructuras humanas gocen de esta invitación de amor y ternura que supone la buena noticia de un Dios hecho hombre y que sigue apostando por ellos y por su dignidad de hijos queridos. Recordemos que la realidad no está acabada, que ésta es abierta y dinámica, que somos nosotros los que debemos hacernos cargo de ella continuamente teniendo la capacidad de esculpirla y moldearla según nuestra voluntad y libre albedrío. Esculpamos pues una realidad de belleza, amor y bien.

¡Feliz Navidad a todos!

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