Reflexiones sobre Mateo 1, 18-24 (4º Domingo de Adviento)

18 Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

19 Su esposo, José, que era hombre justo y no quería infamarla, decidió repudiarla en secreto. 20 Pero, apenas tomó esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que le dijo:

– José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

22 Esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: 23 Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emanuel (Is 7,14) (que significa «Dios con nosotros»).

24 Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor y se llevó a su mujer a su casa.

La expectativa de aquél espíritu navideño, que vislumbrábamos durante una buena parte del año, ya se ha teñido entre nuestras casas y ciudades: los regalos que pensamos hacer a las personas que queremos, las cenas entre amigos, las luces multicolor y el sonar de los villancicos, entre otros muchas posibilidades, van germinando sentimientos de obertura y afección en nuestros corazones. Y es que Navidad es sinónimo de amor, ternura, calor hogareño, nostalgia de los que ya no están y, especialmente, de decir que Dios se hace cercano para poder verle, tocarle y sentirle, y así, en la proximidad más íntima, sembrar esperanza y liberación. 

Es este el germen de este último domingo de Adviento, un último peldaño para la preparación de un espacio en nuestra interioridad más profunda para el Niño pobre de Belén que pronto nacerá. Así pues, meditemos con el Evangelio de hoy sobre las condiciones del nacimiento de Jesús y sobre cómo, aunque a veces la realidad descuartiza nuestra esperanza, Dios sigue pronunciando su sí a la humanidad apostando por nosotros y por la vida.

—El sí a la llamada que recibe una joven que será marginada: el sí de María a una llamada desde lo alto poco nos sorprende hoy día, a pesar de los peligros radicales que su vocación implicaba. María quedó embarazada sin estar casada con su marido;  estaban comprometidos pero nada más. Esta situación de embarazo estaba contra la ley, contra el status quo de su sociedad, lo que implicaba potencialmente el más cruento de los castigos. Empero, a pesar de las adversidades, María se aferra a su llamada, a ese fiat voluntad tua limpio y cristalino que le llena de fuerzas y la libera de todo miedo y apego, y que le permite no perder de vista aquél horizonte salvífico que se le había anunciado y que superaba su individualidad hacia un bien mayor.

—El sí de José, el hombre justo: en otra circunstancia y con otro marido, María habría sido repudiada y ajusticiada, pero José, que era justo y por lo tanto un mal judío a la vista de los demás— pues se revela contra el status quo imperante renegando de la Torá— decide repudiarla en secreto y cargar el solo con la pena de haber sido traicionado por la mujer que amaba. En el silencio e interioridad de su corazón abatido se hace oyente de la Palabra, de una revelación que hoy, 2000 años después, sigue siendo la razón de nuestra esperanza y el motivo de nuestra celebración:

  • El Niño que va a nacer es del Espíritu SantoDios salta al encuentro de una humanidad que clama liberación, un Dios que quiere hacerse presente para redimir la historia desde sus entrañas, encarnándose esperanzadamente entre los pobres, marginados, enfermos y oprimidos, sanando las heridas que ha causado la ruptura del proyecto de Dios; se nos hace cercano y vulnerable a través de una encarnación en la historia de la salvación. Ya no es un relación entre “un él y un ellos”, sino ” un tú y un nosotros”.
  • Este Dios hecho carne se llamará Jesús: y en él Dios Salvará al pueblo de sus pecados. El pacto de amor entre Dios y el pueblo, muchas veces roto por la infidelidad de nosotros los hombres, será restablecido por la fidelidad de este Niño que ahora nos preparamos a recibir. Su presencia en la historia erradicará el mundo del no y, con la vida que entregará en la cruz, será causa de salvación para todo el que le acoge. La muerte y el pecado ya no tienen la última palabra porque el Sí de Dios se ha hecho presente en Jesús, el Salvador.
  • Dios-con-nosotros:  la virgen dará a luz un niño y le pondrá por nombre Emmanuel, el Dios-con-nosotros porque el modo como Dios nos salva y nos libera del pecado no es a través de gestos grandiosos o maravillosos que rompen las leyes de la naturaleza suscitando en los destinatarios sumisión y pasiva admiración sino a través de una cercanía amorosa y solidaria con la historia de un pueblo que siente que, después de siglos de opresión, le ha llegado la hora de salir de las tinieblas para gozar de la luz.

El sí de Dios se concreta de modo admirable en el estar con-nosotros. El Dios que adoramos y esperamos anhelantes es un Dios solidario con el pueblo y con la historia. Atrás ha quedado la imagen del Dios lejano al que no se podía ver. Jesús, al contrario, nos revela la cercanía de Dios y nos invita a ser testigos de dicha cercanía.

Como asamblea de discípulos, convirtamos esta Navidad en la fiesta de la cercanía, de la acogida y de la inclusión. Seamos capaces de escuchar esa llamada de un Jesús que nace en nuestras entrañas y que nos llama a redimir todos los muros que nos separan y las barreras que crean división entre hermanos, que nos invita a ser co-autores de su praxis de liberación. El Niño que nace es el gran artesano de la paz, de la convivencia y de la reconciliación y es importante abrirle espacios para poder dar a luz  su presencia transformadora.

Meditemos sobre cómo queremos que sea ese pesebre donde nacerá este rostro de liberación. Me es inevitable pensar en las gentes de Alepo que este año no tendrán una Navidad, pero el mundo al completo está sembrado de pobreza, marginación y opresión. Dejémonos afectar por estas situaciones y por las personas, con nombre y apellido, que las sufren. Y no sólo dejémonos afectar por ellas, sino seamos conscientes de que estas situaciones de marginación y opresión son producto de unas estructuras humanas y que está en nuestra mano el cambiarlas. El mundo y nuestra más profunda interioridad es ese pesebre donde nacerá el Jesús pobre y para los pobres. Todos tenemos una serie de capacidades, talentos, inquietudes e intuiciones. Pongámoslos al servicio del hombre, para mayor gloria de Dios, y hagamos con ellos un pesebre digno de su nacimiento para que pueda irrumpir en el mundo con toda su plenitud.

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