Reflexiones sobre Mateo 24, 37-44 (1er Domingo de Adviento)

adviento

La predicación de San Juan Bautista (1566), por Pieter Bruegel l’Ancien

Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado;dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.

Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre.

Es tiempo de que se inicie el Adviento y da comienzo ahora una época caracterizada por un abundante lenguaje publicitario y comercial, cuyo enfoque estratégico consiste en despertar anhelos, expectativas y deseos en la audiencia (clientes potenciales) para vender el producto de la campaña de moda, ya sea con el último Apple o con el “Black Friday” de turno.

Es tiempo de venir a Cristo Jesús, y para ello Él ha de advenir a nosotros, tal y como patentiza santa Teresa en sus coloquios con el Señor:

Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
No andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres,
a Mí buscarme has en ti

En tiempos de Jesús el Adviento estaba entretejido en un contexto de sufrimiento y desilusión por un pueblo oprimido y escindido, un pueblo que veía cómo su identidad y cultura, cómo su fundamento teologal eran pisoteados por el imperio dominante de turno. A la luz de este paisaje desolador, los profetas proliferaron en este tiempo para levantar la voz y anunciar la irrupción de un Mesías que cambiaría todo: declaraban una teofanía salvífica y liberadora.

Dicha expectativa esperanzante comienza a sembrar un horizonte de consolación, y aquél clima de desolación se ve con los ojos de la fe, es decir, con unos ojos atentos, preparados y vigilantes para que cuando venga el Mesías esté todo dispuesto para la llegada de un nuevo kairós plenificante. Al desplegarse el Adviento, el Evangelio nos enfoca hacia dos actitudes necesarias de cultivar.

Una de ellas es alimentar la esperanza necesaria en tiempos de crisis y desolación que nos hacen creer que todo está perdido, que ya no vale la pena luchar por nada. Más aún, si permitimos el despliegue del Espíritu de Jesús en cada uno —si permitimos su advenimiento—, podemos proyectar una lectura creyente del devenir en clave providencial, actuando así acorde a este conocimiento salvífico y esperanzador, no bajando la guardia, sino siendo signo (y no anti-signo) de la presencia real y liberadora de Jesús, encarnando su espíritu al comprometernos con las causas justas que son las que convierten al reinado de Dios en un agente eficiente de cambio, capaz de revelar nuestros más radicales vínculos de cooperación compasiva al recordarnos que estamos gestados todos en las entrañas del Eterno (Is 43, 1), al recordarnos que, como hijos de un mismo Dios que es amor (1 Jn 4, 16), pertenecemos a una idéntica categoría integral de filiación y fraternidad.  

Esperar ante y en el Dios que ya está entre nosotros es una actitud fundamental para que los anhelos por un futuro liberador y más digno se cultiven y nuestro kerigma apostólico se despliegue a sus anchas, para que nos reconozcamos como capax Dei. Y todo parece indicar que para muchos cristianos vivimos en tiempos donde se hace necesario encarnar una praxis misericordiosa traducida en realidades concretas y materiales, proponiendo modelos alternativos para la construcción de estructuras sociales más afines al reino de Dios. El cultivar este tiempo de misericordia nos ha permitido ver que sí es posible hacer un mundo diferente, más acogedor, compasivo y que respete la diversidad.

La segunda propuesta del Evangelio consiste en tener los ojos abiertos y dejarnos afectar por el Dios humanísimo que anuncia la Buena Nueva, reconociendo y discerniendo así el modo y código con el que ese Dios personal nos habla, inspira e irrumpe en nuestra propia y concretísima historia de la salvación. Es decir: es una invitación a ser “místicos de ojos abiertos”, capaces de leer los signos de los tiempos y actuar acorde a la voluntad divina vertebrando así nuestra vocación concreta, siendo agentes efectivos de transformación y conversión como miembros activos de una misma ekklesia (asamblea).  Esta mística de la atención exige una praxis sensible de discernimiento que nos permita ver y actuar “al estilo de Jesús, el Cristo”. Ser consciente de que somos amados por un Padre que es misericordia no puede hacernos caer en un quietismo esperando a que venga “la Parusía”. No. La espera es activa, pues la fe es es un constitutivo existencial del hombre —pues no hay hombre sin fe—, es obertura hacia lo que le trasciende, hacia el más allá, y por tanto es respuesta y praxis a una llamada de Dios que se lanza a un encuentro “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”, como nos recuerda san Agustín.  .

Así las cosas, en virtud de esta espera activa, de este dejar todo preparado para dar a luz al Logos hecho carne, el Evangelio termina diciendo que estemos preparados pues a la hora menos pensada viene el Hijo del hombre. En este prepararse de la Navidad sería fantástico que todos nos dejáramos afectar por este advenimiento de compasión y obertura. Que este advenimiento del Hijo del hombre nos pueda enfocar hacia una sociedad que ya no necesita palabras como exclusión, discriminación y pobreza, sino que sea una invitación a la justicia misericordiosa, a la filiación comprensiva y a la paz.  De seguro que si nuestra casa está dispuesta de está manera habrá un hueco para un niño pobre que nacerá en Belén.

Feliz Adviento.

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