Reflexiones sobre el eschatón, el reino y el Apocalipsis

Tanto Juan el Bautista como Jesús consideraban que Israel estaba encaminado a una catastrófica destrucción  en un futuro próximo. Ambos enfocaron la situación de maneras opuestas: Juan de una manera pesimista, intentando avisar a quien estuviera dispuesto a escucharle y a salvar a algunos pocos antes de que aquel fin se realizase; Jesús, en cambio, optó por una respuesta positiva y esperanzada: aquél momento era el momento definitivo. Aquella amenaza próxima suponía la oportunidad para la venida del reino.

Ante la amenaza de aquél mensaje de destrucción total, Jesús, a la luz de lo signos de los tiempos, vio la oportunidad de invocar una transformación radical (“desde la raíz) e inmediata: “Si no cambiáis, todos seréis destruidos” (Lc 13, 3, 5). Pero si cambian (metanoia), si creen verdaderamente, no vendrá su destrucción sino el reino prometido. La crisis inminente, por tanto, daba la capacidad de enfocar la vida o bien hacia el reino o bien hacia la destrucción total, y este es el acento significativo en la parábola del administrador infiel que asegura su felicidad futura (Lc 16, 1-8), mientras que el rico neciamente construye graneros para la felicidad en este mundo (Lc 12, 16-20), y la paradoja está en que ganarse este mundo implica perder la auténtica vida, como leemos en Marcos 8, 36. Es decir, quien no prevea la crisis inminente y no actúe en consecuencia, quien demore y siga sirviendo a este mundo sin un horizonte de cambio radical, se terminará llevando una sorpresa. El horizonte del reino despliega la llamada (vocación) a decidirse, discernir y actuar, no sólo para evitar meras trifulcas y tribulaciones, sino por la potencial alternativa o eschatón que se vislumbra: un ágape, un banquete, un gran tesoro, todas adjetivaciones que apuntan al reino. El no actuar urgentemente acorde a esta oportunidad, acorde a este momento decisivo, puede implicar perder la posibilidad de una alternativa plenificante para siempre. La inminencia del reino no era una promesa o un pronóstico, era una oportunidad que debía ser tomada ahora o nunca. 

Lo que sí es cierto es que para Jesús esta realización inminente patentizaba una disyunción: o actúan acordes a la venida del reino o todo se perderá, no hay medias tintas en su anuncio, de ahí la insistencia de la imposibilidad de servir a dos señores (Mt 6, 24). Este horizonte del reino que despliega Jesús constituye una profecía no definitiva sino definitoria: sustancializa un tiempo de actuar ahora, no a modo de pronóstico cuantitativo sino de tiempo cualitativo, un kairós que calificaba a aquél momento como el idóneo para que viniese el reino. Jesús jamás dijo a los pobres y marginados que el reino estaría a la vuelta de la esquina; no, lo que él profetizaba era que, cuando el reino viniera, ellos iban a ser la opción preferente, los bienaventurados, sin ninguna garantía de prontitud. Lo que estaba pronto al caer era una catástrofe si no se reconocían los signos de los tiempos (Mc 13, 2-4, 30; Lc 13, 3 y 5). Lo que era inminente, en lineas generales, era la venida del Hijo del hombre (Mc 13, 26, pars.; 14, 62, pars.; Mt 10, 23; 19, 28; 24, 37-39, 44, par.; Lc 17, 24; 21, 36), que apunta directamente a la venida de un juez (Mc 8, 38, pars.; Mt 10, 32-33, pars.; 19, 28; 24, 37-39, par.), juez que ya mencionaba Juan el Bautista. En resumidas cuentas, lo que se quiere hacer ver es un juicio inminente nada “aliviante”. Las pocas veces que se describe a este reino como cercano (Mt 24, 37-39) se hace en forma de advertencia y de ahí que el acento de Jesús ante tal inminencia sea el de promulgar una alarma al decir: “Arrepentíos, porque el reino de Dios está cerca” (Mt 4, 17; confróntese con Mc 1, 15 y Mt 3, 2).

De ahí esa urgencia tan acentuada en los evangelios. De ahí que los apóstoles dejaran inmediatamente las redes, sus trabajos, sus familias y siguieran a Jesús (Mc 1, 20, par.; 10, 28, pars.). No hay tiempo para esperar la muerte del padre (Lc 9, 59-60, par.), ni de echar la mirada atrás al arado cuando se predique  (Lc 9, 62). No hay tiempo porque Israel se desmorona, su fin es inminente y la única manera de evitarlo era despertando radicalmente una respuesta compasiva que diese un “giro copernicano” a todo aquello.

Por otra parte, es cierto que si hubiera venido el reino en vez del final drástico de Israel, quienes no pertenecían a éste hubiesen vivenciado una aniquilación de lo que sustentaba su razón de ser, sucumbiendo así a una destrucción individual y personal envueltos en tinieblas exteriores (Mt 8, 12; 22, 13; 25, 30). El sujeto que hubiese fundamentado su felicidad y su razón última de ser en el dinero, el prestigio, en una casta social de poder, no tendría su sitio en el reino anunciado. En virtud de su autodeterminación, ellos mismos se excluirían del reino pues en éste no hay lugar para estas preferencias egológicas. Esta pérdida de su individualidad hubiese significado, a la luz de aquella época, la peor de las catástrofes y es descrita como un arrojarse a los fuegos de la Gehenna —en hebreo: Gai Ben Hinnom (“valle de Hinón”)—, el infierno o purgatorio judío, que era el nombre del valle hallado en la periferia de Jerusalén. La puerta del sudoeste de Jerusalén, abierta hacia el valle, vino a ser conocida como “valle del hijo de Hinom” (Jer 7, 31 pars. 19, 2-6 y 32, 35); el libro de Jeremías menciona a los residentes israelitas que adoraban a Moloch, profetizando la destrucción de Jerusalén (Jer 32, 35). En épocas antiguas los cananeos sacrificaban a niños al dios Moloch, quemándolos vivos; una práctica que fue proscrita por el rey Josías (2 Re, 23, 10). Al desaparecer por tanto esta práctica, se convirtió en el vertedero de Jerusalén donde se incineraba la basura, animales y los cadáveres de los criminales, así como los sacrificios a Yahveh que constituían la lógica retributiva del A.T. para Israel; era por tanto un lugar pútrido, impío y con fuego perpetuo. La Gehenna es el icono de la aniquilación más absoluta, y cuando Jesús recurre a éste, cuando por ejemplo reclama en Mateo 23, 33: “Vosotros, serpientes, generación de víboras, ¿cómo podréis escapar al castigo del Gehena?”, lo hace teniendo esta imaginería en mente: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehenna” (Mt 10, 28). Este infierno de la periferia es por tanto sinónimo de aniquilación de la entera personalidad, de todo lo que constituye la antropología del hombre: es lo que se considera como “segunda muerte” en el Apocalipsis (2, 11; 20, 6 y 14; 21, 8). En este sentido, algunas personas ya están muertas: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8, 22, par.). Y muy pocos son los que encuentran el camino a la vida, los que logran atravesar “la puerta estrecha”(Mt 7, 13-14).

La asimilación del pensamiento dualista griego por parte del cristianismo hace que se transplante la noción corpórea del hombre como unidad propia del pensamiento israelita a la idea de un ente constituido de forma y materia (hilemorfismo), patentizándose así la noción de un alma inmortal. Así pues, la Gehenna se reinterpretará a posteriori por la tradición cristiana como el infierno, un lugar padecimientos interminables para un alma indestructible e inmaterial. Pero esta noción era ajena al pensamiento de Jesús: la catástrofe aquí no es un destino terrible de ultratumba sino la urgente necesidad de responder a la inminente catástrofe socio-política que se avecinaba y que iba a arrastrar a culpables e inocentes sin distinción. Ni los inocentes podrían librarse de éste desastre (Mc 13, 14-20). Tal es así que Jesús les recomienda escapar a los montes (Mc 13, 14-16). Era urgente enfocar a los israelitas al reino y hacerles conscientes de los signos de los tiempos.

Pero, como sabemos, hicieron oídos sordos al aviso y Jerusalén y el Templo fueron destruidos sin piedad por el imperio romano en el 70 d.C. En el 135 se termina de expulsar a los judíos de Palestina y no quedaría rastro de Israel. Jesús acertó al leer los signos e Israel hizo caso omiso. Su profecía no era un pronóstico sino una advertencia que proyectaba un horizonte salvífico.  Y aunque se perdió aquella oportunidad de traer al reino no se perdería aquél horizonte liberador. Las profecías no son predicciones sino proyecciones que califican el tiempo en función de los signos de los tiempos particulares de cada periodo. Los primeros cristianos releyeron el mensaje de Jesús en relación a otras coordenadas espacio-temporales, trascendiendo los límites de Palestina con sus peculiaridades sociales y políticas. El mensaje por tanto se universalizaría —se haría “católico”— a cualquier situación, y para ello se le daría una dimensión apocalíptica. Esta tendencia ya se puede rastrear antes de la caída de los judíos de Palestina, como se nos muestra en Marcos: “Lo que a vosotros digo, a todos lo digo” (13, 37). Con esta universalización mediante la agencia apocalíptica, el eschaton se convierte en un acontecimiento que trasciende la historia concreta, en este caso la catastrófica situación sociopolítica palestina. En virtud de ésto el Apocalipsis pondrá el acento en el individuo concreto y no en lo social, y para ello hará uso de un horizonte moralizante. Mateo estira in extremis este recurso subrayando la idea de un juicio final con recompensas y castigos “per capita“. Pero Jesús no tenía en mente un horizonte apocalíptico sino profético, y para poder “rastrear” este mensaje sólo debemos traspasar el elemento apocalíptico de los evangelios para llegar a su núcleo profetizante.

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