Ecclesia reformata, semper reformanda

Hace quinientos años Lutero clavó sus 95 tesis sobre las indulgencias en la puerta de la iglesia de Wittenberg,  dando inicio así a la Reforma protestante, cuyo horizonte de protesta hacia una Iglesia decadente pretendía recuperar el genuino mensaje de los evangelios. Pero, acaso por el apego libidinal que el hombre siempre ha tenido hacia los sistemas de referentes que le definen —y constriñen cuando pierden su razón de ser—, la originalidad (lo que está enraizado al “origen”) de Lutero se desvía haca un conflicto de ideologías que dividiría a la Iglesia.

A la luz de este choque de cinco siglos, no cabe duda de que la presencia del Papa Francisco en Suecia constituye un cambio de rumbo, quizás no definitivo, pero sí definitorio. Cambio de rumbo que pasa del conflicto al diálogo, de la oposición a la conjunción y a la relación, de un “ellos” a un “nosotros”. Es abandonar un juicio centrado en el yo para ubicarlo en un Tú, dejándolo en manos de Dios para que sea Él quien vertebre el rumbo de la historia y de su ekklesia (“asamblea”). Supone, en definitiva, re-ubicarnos en la historia de la salvación salvando a la historia de discrepancias ideológicas a la luz de la unidad en Cristo Jesús.  

Dice Francisco que la experiencia espiritual de Lutero nos interpela: él proclamó que solo la misericordia de Dios nos salva, que Cristo es el único mediador, que la Palabra de Dios ha de tener mayor realce en la Iglesia.

Es mayor lo que une a católicos y luteranos que lo que los diferencia, pues comparten un una fe y un bautismo que esbozan un horizonte de comunión que anuncia el Evangelio de un Reino (y por tanto de un tipo de polis, es decir, de política) cuyo rey supone un Dios que es misericordia y cuya realeza la conforma el servicio preferente hacia el débil, el pobre, el oprimido, el marginado y el enfermo, combatiendo y redimiendo los remaches oxidados que el hombre clava en el cuerpo de Cristo, que es la realidad (Col 2, 17). El horizonte de la fe en Dios supone sostener por verdadera la certeza de que al final, a pesar de las catástrofes y desgracias que puedan acontecer, el Bien es más poderoso que el mal, que el principio de Misericordia triunfará glorioso en el Reino de Dios, constituyendo así a la fe, fundamentada en la esperanza, como un criterio de discernimiento y, a pesar de lo que muchos puedan objetar, en una genuina forma de conocimiento. Así las cosas, a la luz de este conocimiento teologal que arroja la fe que nos proyecta en esperanza hacia un Reino de amor e igualdad se alza una exigencia ética: que el trabajo teológico y el diálogo ecuménico siga avanzando.

Lo que la Reforma luterana señala en el fondo es hacia una invitación constante a la continua Reforma de la Iglesia, para que pueda hacerse secular (etimológicamente lo que es relativo al “siglo” actual), permitiéndole transpirar al mundo la ternura de Dios. ¿No es esto a lo que san Agustín, Padre de lglesia, apuntaba cuando decía “Ecclesia reformata, semper reformanda secundum verbum Dei“?

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Blog, Teología. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s