Reflexiones sobre Lucas 17, 21: ¿”dentro” o “entre” nosotros?

En tiempos de Jesús, la buena noticia del Reino de Dios, el anuncio del Evangelio, era una noticia acerca de una futura situación en la tierra, cuando los pobres ya no fueran pobres, los hambrientos se viesen saciados y los oprimidos se alzaran libres. Así pues la exhortación “venga tu Reino” es sinónima de “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10).

Así las cosas, muchos cristianos durante siglos han confundido la naturaleza de este reino por causa de la traducción de Lucas 17, 21:  “El Reino de Dios está dentro de vosotros“. La mayoría de exegetas y biblistas hoy en día están de acuerdo en que la traducción de esta cita habría de ser: “El Reino de Dios está entre vosotros” o  “El Reino de Dios está en medio de vosotros“.

La confusión se debe a que la palabra griega entos puede significar “dentro de” o “entre”; pero en el contexto de la cita que nos ocupa, traducir entos como “dentro” significaría que Jesús estaría respondiéndole a los fariseos cuando le preguntan acerca de la llegada del Reino de Dios (Lc 17, 20) que este estaría dentro de ellos, lo cual es un escándalo e incongruencia si ponemos en contexto la naturaleza del Reino que Jesús menciona a lo largo de los evangelios y en especial en Lucas. El resto de referencias al Reino de Dios presuponen que este está aún por llegar, y en virtud de que las demás frases en este pasaje (17, 20-37) tienen el verbo en futuro, se infiere que el Reino de Dios se descubrirá repentinamente en medio de ellos.

Por otra parte, sería paradójico concebir un reino como algo “interior” a una persona. Las personas viven dentro de un reino y no al revés, y esto nos lo revelan las imágenes gráficas que Jesús esboza sobre este “Reino de Dios”: un reino en el cual se ha de entrar o no (Mc 9, 47; 10, 15, 23, 24, 25, par.; Mt 5, 20; 7, 21; 18, 3; 21, 31; 23, 13; Jn 3, 5); en donde se ha de sentarse en él y comer y beber en él (Mc 14, 25; Mt 8, 11-12, par.; Lc 22, 30); uno con una puerta o entrada (Mt 7, 7-8, par.; 25, 10-12); cuya  puerta tiene llaves (Mt 16, 19; Lc 11, 52); y que incluso ¡puede cerrarse! (Mt 23, 13; Lc 13, 25). La imagen gráfica que aquí se nos presenta es claramente la de una ciudad amurallada, la de un reino o una casa. Esta lectura queda confirmada si tenemos en cuenta que cuando se hace referencia al reino de Satanás, lo opuesto al Reino de Dios, se nos señala a una casa y a una ciudad:

¿Cómo es posible que Satanás eche a Satanás? Si un reino se divide, ese reino no puede mantenerse en pie; si una casa (familiar) se divide, esa casa no podrá mantenerse en pie (Mc 3, 23-25).

Nadie puede meterse en casa de un hombre fuerte y arramblar con sus pertenencias… (Mc 3, 27).

Todo reino dividido queda asolado, y ninguna ciudad o casa (familia) dividida podrá mantenerse en pie (Mt 12, 25).

Además de esto, es frecuente encontrar la figura de amo de la casa o de padre de familia (de un hogar) en diferentes parábolas. Por otra parte, podemos establecer también un paralelismo entre el Reino y el Templo. Se nos señala en el evangelio de Marcos que Jesús construirá un templo en tres días —siendo el tres un número que hace referencia a un tiempo cualitativo que indica brevedad—, un templo que no está hecho con manos humanas (Mc 14, 58), sino que constituye una nueva comunidad. Para más inri, el descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto nos hablan de que la comunidad de Qumrán se consideraba como un Templo, una nueva casa de Dios. No es difícil concluir que este nuevo Reino de Dios era la promesa profética de Jesús, un reino donde los pobres y oprimidos serían los preferentes. Es decir, el hecho de que se usen figuras como casa, ciudad o comunidad configuran un campo semántico que nos permite ver que lo que Jesús tenía en mente consistía en una sociedad de personas constituidas a la luz de un horizonte político aquí en la tierra.  El Reino de Dios es, de hecho, un ideal político.

Así las cosas, podemos inferir que el reino será una sociedad política con una estructura monárquica, es decir, regida por un rey. Es difícil concluir algo diferente de las palabras del Nazareno. Podría objetarse que el reino del que se habla no es un reino de “este mundo”, como leemos en Juan 18, 36:  “Mi reino no es de este mundo”. Sin embargo, este versículo no debe interpretarse como un reino allende lo terrenal, especialmente si tenemos en cuenta que proviene del evangelio de Juan con el uso característicamente simbólico y teológico que este apóstol hacía de las palabras. Cuando se nos dice en Juan 17, 11, 14-16 que Jesús y sus discípulos están en el mundo sin ser del mundo, el significado se deja traslucir con bastante transparencia: aunque viven en un mundo con valores y referentes determinados no se identifican con este. No debemos interpretar por tanto que el reino prometido exista en un mundo de ideales abstractos, sino que no se entremezcla con el sistema de referentes que el mundo de esa época poseía y que estaba regido por Satanás. El que el reino “no sea de este mundo” denota un acento de oposición al reino regido por el mal espíritu.

En la mentalidad de Jesús, Satanás era el monarca del mundo. Las generaciones de aquella época eran perversas y pecadoras, estaban corrompidas (Mc 8, 38 y 9, 19, par.; Mt 12, 39-45 y 23, 33-36; cf. Hech 2, 40). Esto lo hacía patente todo aquél sufrimiento de pobres y oprimidos, así como en la hipocresía, falsedad y falta de compasión que el mal espíritu ejercía sobre los privilegiados y dirigentes religiosos (escribas y fariseos). Este mal se extendía no sólo en el mundo judío sino también en el gentil. Todos habían sucumbido al poder de Satanás, al cual los humanos adoraban y obedecían a cambio de un poder ilusorio (Mt 4, 8-10).  César, Herodes, Caifás, el sanedrín, los escribas etc., eran todos marionetas del mal espíritu. A luz de esto Jesús condenó las estructuras políticas y sociales que regían su mundo. Todas, sin excepción, constituían el reino de Satanás. Cuando llegue el Reino prometido, Dios, su monarca, reemplazará a Satanás; el bien, pensaba Jesús, al final triunfaría sobre el mal, colmando así a todos sus miembros del Espíritu Santo.

Por tanto, podemos ver que en la praxis liberadora de Jesús de Nazaret se ejercía una lucha contra el poder del mal en todas sus expresiones. Su actividad liberadora y sanadora era una irrupción drástica en esta textura de corrupción y perversidad (Mc 3, 27, par.). En resumen, Jesús tenía el convencimiento de que el Reino de Dios justo y misericordioso triunfaría sobre el mal y reemplazaría al reino de Satanás aquí en la tierra, de que la llegada de este reino era inminente y que aparecería en medio de sus coetáneos.

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